Por qué no es inmoral que te alimentes de animales: una historia cultural

A vueltas con el debate sobre el veganismo y la supuesta inmoralidad del consumo de carne, se repasan aquí algunos argumentos históricos, biológicos y culturales

Foto: Varias personas esperan su turno en la carnicería de un mercado de abastos del centro de la capital.
Varias personas esperan su turno en la carnicería de un mercado de abastos del centro de la capital.

Uno de los grandes debates éticos de nuestro tiempo es el que se refiere a los derechos de los animales, y en concreto, a si está justificada moralmente su explotación y consumo por parte de nosotros, los humanos. De ser en los siglos pasados una postura más o menos excéntrica, asociada a escuelas filosóficas, sectas religiosas o simples individuos extravagantes y minoritarios, el veganismo y el animalismo han pasado a ser, en estas primeras décadas del siglo XXI, corrientes de pensamiento, y aún más bien actitudes vitales, que, aunque muy lejos de ser mayoritarias, sí que van englobando a cantidades no despreciables de seguidores y de “influencers”. La difusión de argumentos filosóficos, literarios y periodísticos a través de libros como el pionero 'Liberación animal' de Peter Singer en los años 70, o, más recientemente, 'Comer animales', de Jonathan Safran Foer, han contribuido no solo a la popularidad de esta corriente, sino también a su respetabilidad intelectual.

Tanto es así, que, en el plano filosófico, casi podríamos decir que hoy somos los defensores del consumo de productos de origen animal (y de la utilización de animales en otros ámbitos de la sociedad) quienes estamos “a la defensiva”, argumentativamente hablando, o así al menos se percibe nuestra tesitura en el marco de la opinión pública. “Causar sufrimiento es inmoral; los animales sufren cuando los criamos y sacrificamos para consumirlos; por lo tanto, el consumo de animales es inmoral”: este silogismo (al que podemos llamar “el dogma animalista”) parece tan impecable, que a muchos les llama la atención que haya tardado tantos milenios en ser aceptado..., o que haya todavía tantos millones de personas que no nos dejemos persuadir por él.

Mi objetivo en este artículo es, precisamente, proporcionar algunos argumentos con los que resistirse a la supuesta obviedad del dogma animalista. Mis argumentos no serán, ni mucho menos, las única razones con la que demostrar que el consumo y empleo de animales es moralmente justificable: otros razonamientos, quizá más sólidos aún desde el punto de vista filosófico, se referirían a la imposibilidad de aplicar a los animales de manera plena conceptos fundamentales para el juicio moral, como son los de autonomía, libertad, sentido o dignidad (lo que hace que una vida humana sea, como dirían los antiguos griegos, bíos –algo “biografiable”–, y no sólo zoé); pero esos argumentos tendrán que esperar a otra ocasión. Ahora voy a limitarme a analizar de manera sucinta la cuestión de si los veganos son, en el fondo, sustancialmente más respetuosos hacia la vida de los animales que nosotros, los omnívoros.

Biología trivial

Para empezar, un par de hechos biológicos triviales: primero, en la mayoría de especies de vertebrados, cada hembra puede llegar a tener entre unas decenas y unos cuantos centenares de crías; segundo, en una situación de equilibrio ecológico, el número de ejemplares de una especie se mantiene constante. Ambos hechos implican necesariamente que, por término medio, todas esas decenas o centenares de crías (salvo un par de ellas) morirán antes de llegar a reproducirse, y lo más habitual es que mueran devoradas o por falta de alimento. Tener un depredador más o menos, u otro competidor que se adelante a consumir aquellos recursos que podrían haberlos mantenido con vida, suele ser bastante irrelevante para todos esos animales que, inevitablemente, van a morir devorados o hambrientos (y, a menudo, devorados y hambrientos). No pretendo argumentar algo así como que “si se los va a terminar comiendo algún depredador, no pasa nada porque el depredador sea yo” (que no es de por sí un argumento tan ingenuo como parece), sino que enfocaré la reflexión hacia un dato que no suele traerse a colación lo bastante a menudo: el hecho de que, incluso si toda la humanidad decidiera de repente hacerse vegana, alimentar a 7.000 millones de personas durante una vida media de 70 u 80 años, implicará de forma inevitable que varios billones de vertebrados tendrán que morir, ya sea pisoteados por nuestros tractores, o, más habitualmente, por no haber podido ser ellos, en lugar de nosotros, los que se dieran un festín con nuestras peras y garbanzos. Es decir, cada vida humana, incluso la de alguien que solamente ingiriese vegetales, le cuesta a la naturaleza al menos varios miles de otras vidas sintientes.

Todo vegano debería poner inmediatamente fin a su vida, por no hablar de abstenerse de traer hijos al mundo

Esto nos lleva a la conclusión de que todo aquel vegano que decida no poner inmediatamente fin a su vida, por no hablar de los que no se abstienen de traer hijos al mundo, está revelando implícitamente que, para él o para ella, la vida de un animal tiene menos de una milésima parte del valor de la vida de un ser humano. Algo semejante pone de manifiesto quien no ve nada inmoral en dejar que un predador capture una presa, pero en cambio consideraría un crimen abominable el no esforzarse por evitarlo cuando la presa resulta ser una criatura de nuestra propia especie. Por supuesto, ya sabemos de algo llamado “Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria”, popular entre ciertos círculos intelectuales y conectado con el “antinatalismo” (como el defendido por el filósofo David Benatar en su libro 'Mejor no haber nacido), pero incluso estos no parecen tomarse sus principios tan en serio como para intentar acelerar lo máximo posible dicha extinción (total, ¿a la naturaleza qué más le daría' que desapareciéramos de forma voluntaria o involuntaria?). La inmensísima mayoría de las personas somos, en cambio, básicamente igual de morales o inmorales que el vegano medio: ambos asumimos sin aspavientos, como un hecho sin la menor significación ética, que la vida de cada uno de nosotros implicará de modo inevitable la muerte y grandes sufrimientos a miles de vertebrados, solo que el omnívoro no exagera la importancia de que, en vez de ser, pongamos, diez mil animales los que hayan de morir por su causa, sean treinta mil, con unos cuantos centenares de ellos dedicados directamente a formar parte de sus platos, en vez de eliminados de modo más indirecto e invisible. Al fin y al cabo, si causar la muerte de diez mil vertebrados no es suficiente para hacer de ti un asesino en masa, difícilmente lo hará el multiplicar esa cifra por unos pocos dígitos.

Granjas

Para acabar, mencionaré brevemente otros temas que suelen asociarse a la posible inmoralidad del consumo de carne. En primer lugar, con respecto a la cuestión de las condiciones de vida a las que sometemos a los animales de granja, en este asunto es razonable aspirar, faltaría más, a una legislación que haga que dichos seres tengan una vida y una muerte que no implique para ellos significativamente más sufrimientos que los que habrían padecido en estado salvaje (estado en el que, por cierto, casi ninguno de ellos llegaría a vivir mucho). Es más, si consiguiéramos que el nivel de bienestar en las granjas fuese para ellos mayor (tanto mientras viven como cuando son sacrificados) que el que podrían esperar en la naturaleza, quienes ahora defienden que la razón por la que es moralmente condenable alimentarse de animales es que los obligamos a vivir en peores condiciones que “en libertad” tendrían que aceptar, por ese mismo motivo, que haríamos un bien a esos animales criándolos y consumiéndolos.

Ganaderos y matarifes no son individuos más violentos hacia otras personas que el resto de la población

En segundo lugar, a veces se argumenta que tratar y matar a los animales de la forma como se hace con ellos en el proceso de producción de carne nos convierte en seres inmorales (Gandhi, por ejemplo, dijo algo así como que “el progreso moral de una nación se mide por cómo trata a sus animales”, y Foer se regodea, en el libro citado al principio, al describir minuciosamente la perversidad de algunos trabajadores de las granjas), pero este argumento se desmonta tan fácilmente como constatando que los ganaderos y matarifes no son individuos más violentos hacia otras personas que el resto de la población, ni cuyo trato personal nos haga sentir que estamos interactuando con un psicópata, o algo así.

Por último, existen también aquellos argumentos, que no voy a poner en duda, según los cuales sería bueno desde el punto de vista medioambiental y sanitario reducir nuestro consumo de carne. Estos motivos son razonables, pero aquí no estamos ante argumentos de carácter moral, sino sencillamente de conveniencia. Podríamos, por ejemplo, elegir una vida un poco menos saludable, si aquello a lo que la alternativa nos obligase a renunciar fuese también, por otros motivos, algo valioso para nosotros, igual que podríamos mejorar nuestra salud haciendo otras cosas en lugar de eliminando la carne de nuestra dieta. O podríamos elegir entre muchas combinaciones de estrategias medioambientales, todas ellas más o menos razonables, entre las que la estrategia favorita de los ecologistas y animalistas más radicales sería solo una de las posibles (y seguramente no de las más factibles); por ejemplo, podríamos reducir solo ligeramente nuestra ingesta de carne, y exigir a cambio que la reducción de las emisiones causantes del calentamiento global se lleve acabo mediante, digamos, la sustitución de centrales térmicas por nucleares (las más eficientes, con muchísima diferencia, en ese aspecto).

En definitiva, alimentarte de animales no hace de ti necesariamente un monstruo moral, y quienes intentan convencerte de lo contrario enarbolando el “dogma animalista” lo hacen desde unos planteamientos éticos que son tan solo una opción más, y no necesariamente la más admirable, en el heterogéneo supermercado cultural de la sociedad contemporánea.

Tribuna
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