El atroz peligro de un país sin librerías

Una barrera natural entre la democracia y la barbarie que debemos defender este 23 de abril

Foto: La librería 'Los editores' de Madrid ha cerrado por la crisis del coronavirus
La librería 'Los editores' de Madrid ha cerrado por la crisis del coronavirus

El gremio de los libreros está ofreciendo al Estado sus cifras de negocio para pedir ayudas. No es mala estrategia. Le hablan a la administración en el único lenguaje que conoce, el del dinero. Pero reducir la defensa del libro a los puestos de trabajo que genera o a su volumen de negocio es confundir el valor con el precio. Puede servir de coartada, pero no es el motivo por el que el Estado debería ayudar a este sector.

Claro, antes habrá que comprar mascarillas si es que alguien las vende, y respiradores, y habrá que garantizar plazas de UCI, y la limpieza y el personal en los hospitales, y sufragar a las familias sin recursos. La cola no es pequeña y el libro tendrá que tirar de su paciencia, pero anoto que los motivos para salvar al sector no responden al utilitarismo. Sostener librerías es un imperativo moral para un país.

Una librería es una barrera natural entre la democracia y la barbarie. No es un local donde venden libros como podrían vender sillas, sino el punto de contacto de la sociedad con sus libreros. Si el librero hace bien su trabajo -y hay miles muy entregados- servirá a la expansión de los buenos libros con más fortuna que los suplementos culturales y los planes de fomento de la lectura. La librería podrá ser pequeña o grande, bonita o cutre, pero su valor siempre se cifrará en la categoría de su librero.

Este lector, en Amazon, estaría a los pies de los caballos, pero la intervención del buen librero arregla las cosas

Ellos detectan personas con una inquietud y se la solucionan. Un lector desorientado es la cosa más boba del mundo. Mirad a ese, vagando por la librería, pululando. Cree que sabe lo que le gustaría leer pero solo encuentra cosas que le disgustan. Parece que se desmonta, mira las cubiertas, lee las solapas, hojea y ojea, nada le satisface. Este lector, en Amazon, estaría a los pies de los caballos, pero la intervención del buen librero arregla las cosas. Miradlo otra vez: se marcha de la librería con el libro que quería.

No sé cuántos de los libros que me han cambiado la vida fueron recomendaciones de libreros. Recuerdo pensar que estaban locos, comprar aquello por compromiso, llevarlo a casa, almacenarlo, olvidarlo y terminar leyéndolo mucho tiempo después, sin saber de dónde lo había sacado. Así es como descubrí a algunos de los autores más importantes de mi vida. Ningún algoritmo conocerá tanto de tus inquietudes como un librero atento después de cuatro preguntas simples.

Pues bien: tanto el librero como la librería están hoy en un peligro atroz. El día de libro, Sant Jordi, era el primer oasis en la travesía por el desierto, pero esta vez las palmeras y la charca se han desfigurado como un espejismo. Con el país paralizado, los libreros tendrán que continuar sin beber agua hasta no se sabe cuándo. Es difícil saber cuántos morirán por el camino, pero cuando voy de mi casa al súper evito pasar por delante de la librería por miedo a encontrarme un cartel de "se traspasa".

A falta de ayudas públicas, por todas partes han surgido iniciativas destinadas que los lectores hagan de respiradores para estos negocios agonizantes. Son creativas y originales, pero lo más práctico es comprar en libelista.com o todostuslibros.com, o escribir a tu librería habitual para hacer un pedido que te entregarán cuando puedan abrir las puertas.

Es importante hacerlo si no queremos salir a la calle, dentro de no se sabe cuándo, a un país sin librerías en el que ni los analfabetos querrían vivir.

Tribuna
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