La pandemia y la imagen de la ciencia

La ciencia no está hecha por robots, sino por seres humanos y se trata de una ciencia basada en el modo en que funciona la razón humana

Foto: Una muestra de la vacuna para la covid19 en el Centro Médico Judío de Long Island, en Queens, Nueva York. (EFE)
Una muestra de la vacuna para la covid19 en el Centro Médico Judío de Long Island, en Queens, Nueva York. (EFE)

Hace unas semanas, el periodista y divulgador científico Matt Ridley publicaba en el Wall Street Journal un enjundioso artículo titulado '¿Qué es lo que la pandemia nos ha enseñado sobre la ciencia?, y en el subtítulo nos daba ya resumida su respuesta: "El método científico sigue siendo el mejor modo de resolver muchos problemas, pero los prejuicios, el exceso de confianza y la política pueden a veces extraviar a los científicos". En general, el artículo contenía datos y apreciaciones interesantes, pero dejaba la impresión en el lector de que lo que sucede es que factores perturbadores externos o intereses espurios de los propios científicos hacen que la ciencia se desvíe del recto camino de la verdad, que es el que debería tomar si se la dejara transcurrir en condiciones ideales.

Según esto, las disputas científicas de estos días acerca del origen y propagación del coronavirus y de las formas más adecuadas de tratar la pandemia habrían sido el resultado de malas prácticas, de exceso de confianza en los modelos, de prejuicios de confirmación, de aceptación acrítica de las hipótesis favoritas, del descuido en la recolección y procesamiento de los datos, causado todo ello por estos factores personales, sociales o políticos, ajenos a la propia racionalidad científica.

Esta idea de que la ciencia solo se desvía de lo esperable racionalmente debido a la acción negativa de factores sociales es una vieja tesis que los filósofos de la ciencia han discutido durante décadas y que parecía ya descartada. La ciencia no está hecha por robots, sino por seres humanos. No sabemos cómo sería una ciencia perfectamente racional, hecha por máquinas superinteligentes, como la que nos anuncian algunos, pero la que hacen los humanos, que ha tenido por cierto un éxito nada despreciable, es una ciencia basada en el modo en que funciona la razón humana, que no es el de la pura lógica ni el del pleno rigor demostrativo, y en el que las emociones y las cuestiones valorativas juegan un papel esencial. Los que algunos siguen considerando como factores externos perturbadores son en realidad elementos que forman parte del modo en que la ciencia se hace, tanto como la lógica, la argumentación sobre ideas o la atención a la evidencia empírica.

La ciencia no es el logro acumulativo de verdades firmemente establecidas que despiertan, una vez halladas, el consenso de todos, como nos decía la tradición positivista. No seré yo quien niegue que en la ciencia hay algunas verdades que nadie discute. El segundo principio de la termodinámica es un buen ejemplo. Puede decirse que mientras que no haya una gran revolución en una disciplina, todo lo que se recoge de ella en un manual es el conocimiento que obtiene el acuerdo de la comunidad científica implicada. La mera posibilidad de ese consenso, tan extraordinario y tan alejado de lo que vemos en otras actividades humanas, tiene detrás todo un edificio de logros epistémicos e institucionales conseguidos trabajosamente a lo largo de los últimos tres siglos. La educación de los científicos, como subrayó Thomas Kuhn, está enfocada precisamente al entrenamiento en el manejo de las herramientas necesarias para lograrlo con rapidez, empezando por la admisión de un paradigma científico vigente que, al menos durante el tiempo que siga mostrando su potencial explicativo y predictivo, se considera incuestionable, y que incluye entre sus componentes no solo principios teóricos, sino también preceptos metodológicos y axiológicos.

En la ciencia hay también disenso y las ideas en competición son moneda corriente

Pero tiende a olvidarse que en la ciencia existe también el disenso, y que las ideas en competición, apoyadas por equipos rivales, son moneda corriente. Ese contraste es necesario para el progreso científico. Si hay algo parecido al famoso 'método científico' es precisamente la confrontación de ideas, de hipótesis y de propuestas explicativas, y la crítica rigurosa y sin cuartel de todas ellas, incluyendo, cuando sea oportuno, el cuestionamiento de los propios datos experimentales. Las mismas herramientas que sirven al científico para alcanzar consensos se basan en la importancia de la crítica racional de las ideas y de los datos, y, por tanto, en el disenso. Todo consenso en la ciencia es en principio revisable y el progreso se produce en ocasiones gracias a que se facilita la revisión radical de los consensos previos.

Para esta revisión crítica es importante disponer de perspectivas diferentes. Es cierto que sin el consenso no hay ciencia sobre la que fundamentar los avances ulteriores, pero sin el pluralismo de ideas y la confrontación de perspectivas contrarias no existiría el avance rápido en los conocimientos científicos. Por eso, donde encontramos esas discrepancias es sobre todo en las zonas de vanguardia de la investigación, allí donde los problemas acaban de aparecer. Zonas en las que incluso los mismos datos pueden ser interpretados de forma diferente o pueden recibir un peso diferente a la hora de evaluar las hipótesis en liza.

Estos días se han dado por buenos artículos científicos sin revisar por pares

Claro que en esa pluralidad de enfoques no todo tiene igual valor. No cualquier perspectiva crítica es valiosa sin más. También en la crítica deben asumirse unos estándares metodológicos de rigor y fundamentación, aun a riesgo de dejar a veces fuera alguna idea interesante. Y esos niveles de rigor no siempre se cumplen. Lo hemos visto estos días, en que se daban por buenas ideas salidas de artículos científicos divulgados en internet que aún no habían pasado por la preceptiva revisión por pares. Un error que cometieron incluso revistas de prestigio, que luego se vieron obligadas a retirar algunos de ellos. Esto fomentó la confusión entre muchos, pero no hizo más que exponer a la luz pública los entresijos del sistema que, con todos sus defectos, consigue casi siempre que las mejores ideas salgan adelante.

Por todo ello, sorprenderse o escandalizarse por la falta de unanimidad entre los expertos, como se ha hecho desde diversas tribunas, o perder confianza en la ciencia por la divergencia de opiniones, es no entender cómo funciona esta. Se dirá, sin embargo, que los gobernantes necesitan basar sus decisiones sobre la pandemia en el mejor conocimiento posible y para ello es condición previa que los científicos se hayan puesto de acuerdo acerca de cuál es ese mejor conocimiento. Se dirá que en cuestiones de salud pública es arriesgado actuar con la sola base de teorías inseguras o en discusión. Muy razonables objeciones, pero nos guste o no, ese es un riesgo que deben asumir los políticos. Es su trabajo. Los expertos tienen planteamientos discrepantes sobre muchas cuestiones, incluidas algunas de las relativas a la pandemia, y también intereses diversos; legítimos, por qué no. La ciencia no está tan libre de valores como se cree, y menos cuando las repercusiones sociales de sus análisis y resultados son enormes, como en este caso.

La gestión de la pandemia y, en general, la gobernanza de la salud pública constituye inevitablemente un híbrido en el que ciencia y política van unidas. Ninguna decisión será nunca clara e indiscutiblemente la mejor de todas las posibles, ni la más científica, ni la más objetiva. El margen de incertidumbre y de apuesta por el mal menor es grande en estos casos. Es más, incluso aunque hubiera unanimidad acerca de cuál sería la respuesta más científica, ni siquiera entonces tendría esta por qué prevalecer sobre otras, puesto que hay más cuestiones en juego, como el modo de vida de las personas, la preservación de los puestos de trabajo o la supervivencia de los negocios. Un asunto político donde los haya, como bien puede verse.

Tribuna