No, un pantallazo no es prueba: un escritor explica cómo investiga la policía hoy
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Manuel Ríos San Martín

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No, un pantallazo no es prueba: un escritor explica cómo investiga la policía hoy

¿Se pueden seguir escribiendo thrillers y policiales en un mundo en el que internet y las redes sociales parecen poner las pruebas al alcance de todos?

Foto: Uno de los miembros de la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional. (EFE)
Uno de los miembros de la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional. (EFE)

"—Qué suerte tenéis ahora los policías —añadió el Fitnessmanager cambiando de tema y poniendo una mirada que pretendía ser profunda—, el trabajo os lo dan hecho con tanta cámara y tanto móvil. ¡El mérito era descubrir un crimen en la Edad Media, sin ADN ni nada!" (De la novela 'Donde haya tinieblas', Planeta)

Hace días, una guionista amiga ponía un tuit en el que se quejaba de que ya no se iban a poder escribir thrillers debido a las nuevas tecnologías. Le contesté que al contrario, ya no teníamos excusa para seguir repitiendo conceptos antiguos. Ahora podíamos innovar. Porque si la investigación criminal cambió completamente con el descubrimiento del ADN, los móviles y las redes sociales han terminado por revolucionar el panorama.

He hecho diversos cursos con el Instituto de Probática e Investigación Criminal (IPIC) presidido por Ángel Galán, Comisario Principal Honorario del Cuerpo Nacional de Policía, en el que participan policías en activo, psicólogos, expertos informáticos, personal de ciberseguridad. La mayoría de los alumnos son detectives privados, salvo… algún guionista. En estos cursos se da una visión actual de cómo investiga la policía gracias a la aparición de Internet y de las redes sociales y cómo puede hacerlo un detective que no tiene las mismas herramientas jurídicas a su alcance.

¡Es muy útil conocer la realidad antes de sentarse a inventar!

Redes sociales

Han revolucionado nuestra vida en todos los sentidos. España es el 5º país del mundo en uso de redes sociales. Tenemos 20 millones de usuarios de Instagram y Facebook y más de 4 millones de cuentas de Twitter en las que compartimos multitud de datos y nos exponemos demasiado. Más aún, en el caso de las personas famosas que muestran dónde están de vacaciones o a qué restaurantes y gimnasios les gusta ir. Esto puede ser un peligro en la vida real y es una oportunidad interesante para una novela negra como ‘Donde haya tinieblas’, en la que una joven modelo con miles de seguidores desaparece en Madrid y los policías encuentran que ha estado recibiendo amenazas en sus redes. Se abre una oscura trama de ficción poco explorada hasta ahora en otras novelas.

Y es que entramos en un mundo complejo en el que identificar a los acosadores no es tarea sencilla. ¿Qué hacer ante una amenaza en la vida real? ¿Y qué hacer en una historia de ficción?

El pantallazo sirve de poco como prueba y mandar un tuit con copia a la policía suele tener como consecuencia que el hater borre el comentario.

¿Qué otras opciones tenemos?

Acudir a un notario a que levante acta del tuit parece un poco exagerado. Existen algunas webs que dan fe de lo que aparece publicado en redes, como Egarante, útil para denunciar amenazas o injurias en Internet. Proporciona una prueba del contenido publicado en un determinado momento. Pero suponiendo que todo esto llegue a un juez, la imputación del acosador sigue sin ser sencilla. Para que un magistrado tome cartas en el asunto deberá tratarse de delitos graves, como ocurre en mi novela con el secuestro de la modelo. En ese caso sí, el juez pedirá a la central en Estados Unidos de la red social en cuestión que identifique al usuario que hay detrás de las amenazas. Se entra en un enrevesado proceso en el que hay que compartir muchos datos de la investigación en curso y en el que también podría tener que intervenir un juez americano.

"—¿Qué has visto en Twitter? —peguntó a Bigdata".

"—Hay dos cuentas que me han resultado sospechosas, dos perfiles de haters que mezclan las amenazas políticas con asuntos sexuales. Muy morbosos. Hemos cursado ya la petición al juez para que solicite quién está detrás de cada una de ellas".

"—Buen trabajo, Castejón —dije recuperando la dignidad—. Aunque a los jueces no les hacen ninguna gracia estos trámites".

(De la novela ‘Donde haya tinieblas’)

Otras fuentes

Como alternativa, la policía maneja un segundo proceso a través de fuentes abiertas de Internet y búsquedas en Google. Ahí, tus personajes se podrían encontrar con sorpresas agradables durante su investigación; rastreando un perfil oculto puede resultar que está vinculado a otro en una red social diferente en la que viene un teléfono o una fotografía e, incluso, en ocasiones, un nombre real. Tirando de ese hilo se descubren muchas identidades aparentemente ocultas.

En la ficción, la casuística la decides tú intentando que sea verosímil; puedes manejar los datos como te conviene mientras no pierdas credibilidad frente al lector. Hay que ir graduando la información que obtienen los policías poco a poco y de manera justificada, demostrando que son buenos investigadores.

Hoy en día, en la investigación policial, podría no ser necesario preguntar a los conocidos de una desaparecida si la han visto o si han estado con ella. Bastaría con analizar sus redes sociales, las historias de Instagram o la geolocalización de dónde subió un tuit.

La sobreexposición de las víctimas nos lleva a ampliar mucho el número de sospechosos

Todo el arranque de mi novela narra un seguimiento de lo que ha subido a redes la modelo desaparecida, dónde ha estado y con quién. Y funciona como una cuenta atrás, ya que las historias de Instagram desaparecen pasadas 24 horas. Pero este exceso de exposición de las víctimas nos lleva a ampliar considerablemente el número de sospechosos. Antes, la mayoría de los crímenes los cometían las personas cercanas a la víctima, pero las redes podrían estar cambiando eso.

"—Se desea lo que se ve a diario —dije categórico algo que está en todos los manuales de criminología".

"—Hoy en día, con las redes sociales —argumentó con conocimiento de causa el Muñequín—, todo el mundo lo ve todo y a todos a diario. No hace falta ser el vecino para desear a alguien".

(De la novela ‘Donde haya tinieblas’)

Uno de los problemas de esta nueva manera de investigar es el manejo de ingentes datos difíciles de analizar. Para facilitar esa labor, hay programas, tipo Echosec, que permiten rastrear las fotos que se han subido en una localización concreta y en un espacio de tiempo determinado.

Imaginemos que desaparece un niño en la plaza de Callao y pensamos que ha podido ser secuestrado. Podríamos acceder a cualquier imagen que se haya subido a redes en esa zona en una búsqueda acotada. En un lugar turístico aparecerían una gran cantidad de fotos en tan solo una hora y podríamos descubrir algún indicio importante. Tal vez, encontrar en una imagen a alguien que dijo que estaba en otro a dirección; comprobar que el niño no desapareció a la hora que comentó su padre; o que en la plaza no había tanta gente como insinuó.

Los móviles

Los móviles contienen toda nuestra vida. De ahí la importancia de acceder a esa información. Pero no solo por los datos en sí, también por su geolocalización.

Año 2004. Fernando Caldas fue secuestrado en la localidad coruñesa de Bertamiráns, pero consiguió mandar dos mensajes desde el maletero del coche. Media hora antes de esos mensajes, cinco teléfonos de presuntos sospechosos se apagaron en esa misma localidad y se encendieron media hora después, en la autovía desde la que se había enviado el SMS de petición de auxilio. Con estos datos se podía demostrar que los acusados habían mentido en sus declaraciones. Nunca apareció el cuerpo y el juez consideró que no había suficientes pruebas de la implicación de los sospechosos, aunque la policía está convencida de su autoría.

El teléfono contaba más por lo que no decía que por lo que sí. No podía ser casualidad

En los años 2013 y 2014, durante cinco meses, un pederasta mantuvo en jaque a la policía. En el barrio Ciudad Lineal, llegó a secuestrar al menos a cuatro niñas para abusar de ellas. La policía consiguió centrar las pesquisas en tres sospechosos. Según me cuentan, en ese punto, comprobaron que el teléfono móvil de uno de ellos había permanecido apagado todas las tardes en las que se habían producido los abusos. El teléfono contaba más por lo que no decía que por lo que sí. No podía ser casualidad. A partir de ese momento, el ADN encontrado y la identificación del acusado por parte de las niñas desembocaron en su posterior condena de 70 años de prisión.

Las nuevas tecnologías nos invitan a ser más creativos en nuestras historias, a no repetir esquemas del pasado, pero para ello hay que conocerlas. Como creadores tenemos la libertad de hacer que existan los dragones o que haya superhéroes capaces de volar por sí mismos, pero en los thrillers actuales, con lectores cada vez más atentos y espectadores más expertos, la verosimilitud está ligada a una investigación con tintes contemporáneos y realistas. El reto está en nuestra capacidad de sorprender, de no ser predecibles, de reflejar la sociedad en la que vivimos y no utilizar soluciones del siglo pasado.

Sin embargo, como repite siempre el comisario principal Galán en sus conferencias, las series tipo CSI han hecho mucho daño, transmiten la idea de que los laboratorios investigan, interrogan y detienen. Pero eso no ocurre ni aquí ni en Estados unidos. Lo fundamental es el investigador que hay detrás. Él es el que debe decidir qué cámaras mirar, qué móviles pinchar o a quién se debe hacer un seguimiento. Sin esta reflexión de una persona con la suficiente experiencia, la tecnología puede generar un caos de información imposible de manejar. Como siempre, el factor humano.

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