Es noticia
Menú
Mitad humano, mitad máquina: ¿de verdad los cíborgs están a punto de llegar?
  1. Cultura
  2. Tribuna
Antonio Diéguez

Tribuna

Por

Mitad humano, mitad máquina: ¿de verdad los cíborgs están a punto de llegar?

En una polémica entrevista reciente, el neurocientífico Rafael Yuste y el ingenierio de IBM Darío Gil aseguraban estaremos conectados mentalmente a las máquinas en una década

Foto: Neil harbisson, el primer ciborg del mundo lleva implantada una antena en el cerebro que le permite recibir imágenes, videos, música y llamadas en su cabeza. (EFE/Enric Fontcuberta)
Neil harbisson, el primer ciborg del mundo lleva implantada una antena en el cerebro que le permite recibir imágenes, videos, música y llamadas en su cabeza. (EFE/Enric Fontcuberta)

Los avances en la creación de una interfaz versátil, eficiente, cómoda y segura entre el cerebro (o la mente) y la máquina, que permita una comunicación fluida y fiable entre ambos, son todavía modestos. La empresa más conocida que trabaja en ello es Neuralink, dirigida por el polémico y polifacético gurú tecnológico Elon Musk, pero sería inexcusable no mencionar también a Blackrock o BrainGate. China debe haber visto un próspero campo de investigación y de negocio en este asunto, con claras aplicaciones militares, puesto que ha fundado la empresa NeuraMatrix para desarollar estas interfaces, lo que, por cierto, parece preocupar bastante al Pentágono.

Foto: Servidores de Google, una de las compañías que más invierten a nivel mundial en desarrollo de inteligencia artificial. Opinión

Por el momento, sin embargo, lo que más se ha difundido al respecto es lo que nos ha mostrado Elon Musk: implantes –el último con más de mil electrodos– colocados en cerebros de cerdos o monos con una conexión todavía muy rudimentaria a un ordenador. Otras compañías y laboratorios están consiguiendo también resultados significativos. Por ejemplo, en un ensayo publicado en julio de 2021 con un paciente mudo debido a una parálisis severa, al que se le implantaron electrodos en su cerebro, éste pudo trasladar al ordenador algunas frases a un ritmo de 15 palabras por minuto, solo con su pensamiento, y dentro de un vocabulario seleccionado de 50 palabras. Este uso médico de las interfaces es el que está consiguiendo mejores resultados y el que menos problemas plantea, puesto que su objetivo es terapéutico y no mejorativo, y esta es una distinción que sigue teniendo un peso moral importante.

En una entrevista reciente, que ha causado cierto revuelo mediático, el neurocientífico Rafael Yuste y el ingenierio de IBM Darío Gil daban por sentado que tendremos conexiones mentales directas a las máquinas en usos comerciales en unos diez años. Yuste llega a hablar directamente de la creación de cíborgs, aunque él los llama ‘híbridos’. “La implicación más importante –nos dice– es que va a cambiar la naturaleza del ser humano. Nos vamos a convertir en híbridos. Esto es una cosa que va a ocurrir sí o sí. No tengo ni la más mínima duda”. En la entrevista, estos científicos argumentan que la unión entre la neurociencia y la inteligencia artificial va a producir grandes innovaciones tecnológicas en los próximos años. Su objetivo al señalarlo de una forma tan contundente sería el de ponernos sobre aviso.

Predicciones

¿Hemos de hacer caso de lo que dicen Rafael Yuste y Darío Gil? Ellos son especialistas de prestigio mundial en estos temas, pero debe tenerse en cuenta que las predicciones sobre la tecnología, incluso a tan solo 10 años, son hoy día muy difíciles. Si todo esto llega, estaremos ante un panorama social en el que algunas personas (quizá muchas, quizás casi todas) sustituirán los teléfonos móviles por gorras o diademas que incorporarán una interfaz cerebro/máquina y estarán, por tanto, casi permanentemente conectadas con las máquinas, con acceso a toda la información en red de que las máquinas disponen. En la entrevista mencionan también la posibilidad de electrodos situados permanentemente dentro del cráneo, en contacto directo con el tejido cerebral, pero consideran más lejana esta tecnología por su carácter invasivo y más complejo.

No todos confían tanto en la rapidez de estos avances

No todos confían tanto, sin embargo, en la rapidez de estos avances o en la radicalidad de los cambios que puedan producir. Hace unos meses, en julio de 2021, leíamos la noticia de que Facebook había cerrado la línea de investigación encaminada a la creación de interfaces cerebro/máquina y concentraba sus esfuerzos en la fabricación de un brazalete que detectara señales musculares para controlar un ordenador. No toda interfaz tiene que estar, en efecto, conectada al cerebro, y este brazalete resultaba mucho más factible y con un amplio potencial para su uso en los videojuegos.

Según refiere el periodista científico Antonio Regalado, Mark Chevillet, el científico a cargo de esa investigación, declaraba: “Tenemos mucha experiencia práctica con estas tecnologías. Es por eso que podemos decir con confianza que, como interfaz de consumidor, un dispositivo óptico de habla silenciosa en la cabeza todavía está muy lejos. Posiblemente más lejos de lo que habíamos previsto”. Por su parte, en marzo de 2021, David Rotman, el editor de la MIT Technology Review, una de las publicaciones más prestigiosas y mejor informada sobre avances tecnológicos (dio, por ejemplo, a finales de 2018 la primicia del nacimiento de dos bebés editados genéticamente por el científico chino He Jiankui), en un artículo titulado 'Señales para recobrar la fe en la tecnología para mejorar el mundo', escribía:

“A pesar de algunos alentadores experimentos en humanos a lo largo de los años, tales interfaces [cerebro/máquina] siguen siendo una rareza científica y médica. Resulta que la neurociencia es muy difícil. Se han producido éxitos a la hora de reducir el tamaño de la electrónica y hacer que los implantes sean inalámbricos, pero el progreso científico ha sido más lento, obstaculizando las expectativas de Nicolelis y Musk. ([E]l éxito a menudo depende de la posibilidad de combinar distintos avances. Para que las interfaces cerebrales sean prácticas se requieren avances tanto en la parte científica como en los dispositivos).”

¿Lo aceptaremos?

Sea como sea, el desacuerdo fundamental parece estar en los plazos, no en lo sustancial, es decir, no parece que haya muchos especialistas que desconfíen de que esas interfaces sean posibles algún día no muy lejano. Suponiendo que Yuste y Gil aciertan en sus predicciones sobre lo que nos permitirán hacer las interfaces cerebro/máquina en una década o poco más, ¿será necesariamente una tecnología de aceptación cuasi universal, como ellos parecen presuponer? Eso es, quizá, lo más discutible.

Si de lo que estamos hablando es de cascos o diademas que ofrezcan los servicios que ofrece hoy un teléfono inteligente, un ordenador, una videoconsola de juego o unas gafas de realidad virtual, solo que sin necesidad de manipular nada, ni de pulsar ni de teclear, sino desplegándolo todo en la máquina (o en nuestra mente) con órdenes dadas por el propio pensamiento, no me cabe duda de que la novedad y la mayor intensidad de las experiencias así vividas harán que esta tecnología tenga un fuerte impacto en algunas capas de la población, especialmente los más jóvenes.

Muchos no se resignarán a los riesgos de un hackeo mental o de pérdida aún mayor de privacidad y robo de datos mentales

Pero es posible también que muchas personas no se resignen a aceptar los riesgos de un hackeo mental o de pérdida (aún mayor que la actual) de la privacidad, incluyendo el robo de datos mentales, que esos utensilios comportarían, a cambio de un servicio que ya tienen, aunque sea en una forma menos directa. Teniendo en cuenta, además, que también ese servicio se vería potenciado si tuviéramos finalmente en marcha la computación cuántica. No sería ocioso recordar la hostilidad pública con la que fueron recibidos en los años 60 los trabajos pioneros del neurocientífico rondeño José Manuel Rodríguez Delgado en la Universidad de Yale. Su creación más conocida fue el Stimoceiver (Estimoceptor), un implante cerebral con el que consiguió detener la embestida de un novillo. Se le acusó de estar trabajando por encargo de la CIA para controlar mentalmente a las personas, e incluso una señora le demandó a él y a la Universidad de Yale por un millón de dólares porque se creía ya controlada por el científico. Es fácil imaginar lo que podrían hacer los conspiranoicos del futuro con los miedos a esas interfaces.

placeholder Radiografía de la cabeza de un mono que muestra dos conjuntos de electrodos implantados en los lóbulos frontales y en el tálamo del libro 'Physical Control of the Mind'
Radiografía de la cabeza de un mono que muestra dos conjuntos de electrodos implantados en los lóbulos frontales y en el tálamo del libro 'Physical Control of the Mind'

Si hablamos de implantes intracraneales de chips o electrodos, esto implicaría ir un paso más allá en el sueño de Elon Musk, de Ray Kurzweil y de otros de fusión con las máquinas. No parece previsible que ese paso se asuma con facilidad mientras no mejore mucho esa tecnología y no se tengan muy claros sus potenciales efectos. Sigue siendo un procedimiento bastante invasivo y cualquier neuroimplante se enfrenta todavía a importantes problemas técnicos. Algunos de los más señalados en la literatura que ya existe sobre el tema son: (1) las infecciones y otros peligros para la integridad cerebral, (2) la formación de tejido conjuntivo en el cerebro que termina inutilizando la conexión, (3) la posible disminución de algunas funciones cognitivas. A estas dificultades, habría que añadir las que serían comunes a los electrodos intracraneales y a los extracraneales de los que hablan sobre todo Yuste y Gil en la entrevista: (4) la dificultad para crear software que agilice la comunicación cerebro/máquina, (5) la posibilidad de que surja (algunos pacientes con neuroprótesis ya se han quejado de eso) la sensación de agencia híbrida o compartida (no completamente intencional), (6) cambios en la personalidad debidos a la estimulación de ciertas zonas cerebrales, y (7) la posibilidad del hackeo mental.

Mejorar las capacidades cognitivas

Algunas personas, sobre todo las que simpatizan con el transhumanismo, están dispuestas, sin embargo, a correr todos esos riesgos si el objetivo fuera más ambicioso, si lo que se consiguiera fuera una auténtica mejora de las capacidades cognitivas del ser humano. En eso precisamente lo que parece estar pensando Darío Gil cuando dice: “La computación te va a ayudar a expandir tu conocimiento, tu memoria, tu capacidad de cálculo, de hablar diferentes idiomas, de entender procesos físicos”.

Supongamos que se consiga algo así, en tal caso, superados los problemas técnicos mencionados, surgen otro tipo de problemas, esta vez de carácter filosófico. Una cuestión fundamental es si el resultado de esa potenciación mental por medio de un ordenador cuántico, en caso de que sea permanente y no un mero acceso puntual, sigue siendo uno mismo. Este es el famoso problema (famoso al menos en la metafísica analítica) de la preservación de la identidad personal.

Una cuestión fundamental es si el resultado de esa potenciación mental sigue siendo uno mismo

¿Mantendría la misma identidad personal un individuo cuya inteligencia y memoria hubiera sido potenciada en varios órdenes de magnitud, un individuo mucho más inteligente de lo que era hasta entonces y capaz de recordar hasta los detalles más insignificantes de su pasado? No faltará quien diga que sí se mantendría, puesto que no habría habido cambios ni en su biología, ni en la continuidad de sus procesos psicológicos, pero no deberíamos descuidar en este caso los enormes cambios que sí se producirían en su narrativa personal, es decir, en la autocomprensión que esa persona tiene acerca de lo que es y ha sido su vida. ¿Podría mantener una historia coherente y fluida de su vida si consolidara como recuerdos permanentes una proporción mucho mayor de todo lo que le sucede?

Por otro lado, un individuo con un cerebro modificado por diversos implantes ¿podría considerar que sigue siendo el agente causante de sus acciones o tendría razones para pensar que su conducta está ampliamente modificada por los implantes que posee? ¿Podría seguir considerando que sus acciones son el resultado de una decisión libre? ¿No cabría la posibilidad de que sintiera que se le está anulando toda su personalidad y su voluntad?

Tendríamos que afrontar asimismo el problema de la “cámara de eco”, es decir, el riesgo de que estas interfaces terminen seleccionando para nosotros la información que nos llega y las personas con las que debemos relacionarnos más frecuentemente. So pretexto de la personalización de la información, el resultado puede ser una cárcel ideológica, intelectual y social. Por no mencionar la enorme cantidad de desinformación y de basura que se almacena en internet y de la que podríamos ser víctimas fáciles.

Y todo ello ¿con qué objetivo final? ¿Seremos así más felices, habrá mejorado la vida humana?

Añadamos a ello el escenario distópico de un mercado creciente y cada vez más extravagante de comercialización de interfaces capaces de sumergir a nuestras mentes en mundos completamente artificiales, creados ex profeso para superar nuestras limitaciones físicas y/o mentales. No hace falta ser un heideggeriano para comprender que muchas personas podrían dejar simplemente de “habitar” este mundo, el único real, para hacerlo en otro que no dejaría de ser nunca un mundo inauténtico.

Y todo ello ¿con qué objetivo final? ¿Seremos así más felices, habrá mejorado eso que venimos llamando tradicionalmente una vida humana? ¿Será un paso intermedio hasta lograr el verdadero fin (para algunos) de lograr el advenimiento del posthumano? El propio Rafael Yuste encabezó en 2017 un manifiesto de científicos e ingenieros en el que se pedía una seria reflexión ética sobre todas estas posibilidades tecnológicas. Habrá, pues, que seguir pensando sobre todo esto.

El transhumanismo se ha convertido en una narrativa inspiradora, casi en una nueva mitología, como ha subrayado Michael Hauskeller, pero si queremos seguir manteniendo un cierto control de lo que la tecnología va a hacer de nosotros, hemos de evitar a toda costa el peligro sobre el que ya avisó Ortega en los años treinta, el peligro de no saber qué desear.

Los avances en la creación de una interfaz versátil, eficiente, cómoda y segura entre el cerebro (o la mente) y la máquina, que permita una comunicación fluida y fiable entre ambos, son todavía modestos. La empresa más conocida que trabaja en ello es Neuralink, dirigida por el polémico y polifacético gurú tecnológico Elon Musk, pero sería inexcusable no mencionar también a Blackrock o BrainGate. China debe haber visto un próspero campo de investigación y de negocio en este asunto, con claras aplicaciones militares, puesto que ha fundado la empresa NeuraMatrix para desarollar estas interfaces, lo que, por cierto, parece preocupar bastante al Pentágono.

Elon Musk Neurociencia CIA Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT)
El redactor recomienda