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Sobre la abstención

Ante unas elecciones siempre más decisivas que las anteriores y los sermones que obligan a ir a votar para ser buen ciudadano, la abstención no tiene nada que ver con la pasividad ni con la resignación

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Se acercan las elecciones europeas y suenan tambores de guerra. No han acabado unas elecciones y empiezan otras. Y biempensantes, malpensantes y no-pensantes se empeñan, como celosos misioneros, en decirnos a gritos que hay que ir corriendo a votar. Un coro cacofónico sentencia, con tono grave, que estas elecciones son decisivas. Más decisivas que las anteriores, que eran más decisivas de las anteriores y, así, in aeternum.

Lo primero que habría que responder es que nos dejen en paz, que no nos den la lata, que no nos suelten sermones, que no nos tomen por tontos. Pronto se alza la voz oficial de los listillos y sus obedientes seguidores. Y proclaman que no votar es tóxico. Porque esa abstención favorecería a la ultraderecha. Porque no todos los políticos son iguales. Porque hay que discriminar entre lo bueno y lo malo. Y otros consejos no pedidos, pero dados desde el altar del buen ciudadano.

El abstencionismo puede ser activo comprometiéndose en todos aquellos rincones sociales que podrían cambiar un día la rancia y estancada política

Da pereza responderles porque, entre otras cosas, tienen los oídos cerrados. Pero me voy a molestar en decir algo, aunque no sirva de mucho. A los que critican el abstencionismo, hay que responderles que los que se abstienen son ellos, ya que su conducta poco tiene que ver con lo que predican. La conducta de unos y otros es la misma. Además el abstencionismo puede ser activo comprometiéndose en todos aquellos rincones sociales que podrían cambiar un día la rancia y estancada política. Respecto a que todos los políticos son iguales, siendo cierto que aunque de vez en cuando aparece y desaparece un Anguita, la casta política ahoga cualquier individualidad. Y la casta, como una secta, es la que manda.

Finalmente, yo haría una pregunta a los que, desde una falsa superioridad, obligan a votar: para qué y por qué votar. Y que respondan solos, sin miedo a nadie. Y con valentía, sin mirar a ver quién les mira.

Se acercan las elecciones europeas y suenan tambores de guerra. No han acabado unas elecciones y empiezan otras. Y biempensantes, malpensantes y no-pensantes se empeñan, como celosos misioneros, en decirnos a gritos que hay que ir corriendo a votar. Un coro cacofónico sentencia, con tono grave, que estas elecciones son decisivas. Más decisivas que las anteriores, que eran más decisivas de las anteriores y, así, in aeternum.

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