Quino Muñoz, el hombre que liquidó a Nadal en dos sets sobre tierra y nadie recuerda

Primera entrega del blog de Pablo Martínez-Arroyo, 'Cartas Deportivas', que vuelve la mirada a los inicios de la carrera de Rafa Nadal, cuando tenía 20 años

Foto: Nadal, en 2004, el día en que debutó en la Copa Davis.
Nadal, en 2004, el día en que debutó en la Copa Davis.

Tras su victoria frente a Feliciano López en París, Rafa Nadal ha llegado a los 1.000 triunfos en su carrera como jugador ATP. Tan solo tres jugadores lo habían logrado antes (Connors, Lendl y Federer), pero todos con un peor porcentaje en la ratio de victorias/derrotas. Están a punto de cumplirse 16 años del conocido triunfo del español en Copa Davis, un momento de superproducción de Hollywood que catapultó a Rafa hacia la mitología del deporte. Aquel mágico fin de semana en Sevilla, 25.000 espectadores pudieron acudir cada día al Estadio de La Cartuja (jamás un evento tenístico congregó en España a tanta gente). No sé si recordarán que hasta tres capitanes compartían el mando de nuestro equipo de la Davis. Si vuelven a las imágenes, verán a Rafa saltando a la arena con esa pinta de invencible guerrero que marcó sus primeros años (pantalones casi pirata, melena al viento y la camiseta con las mangas recortadas). Y, por supuesto, nunca olvidaré a un genial Andy Roddick, con su intensa mirada, su terrorífico servicio y sus aplausos al rival, bordando el papel del enemigo americano rendido a las puertas.

En esta primera 'Carta Deportiva' que tengo el privilegio de entregar a El Confidencial, sin embargo, quiero llevarles a un momento que casi nadie conoce en la biografía de Rafa, que sucedió apenas 15 días antes de la película soñada, y que este cronista tuvo el privilegio de vivir en directo. Una inesperada derrota de Nadal, con su tenis en horas bajas, con nuestro personaje lleno de dudas y con un veterano compañero ejerciendo de improvisado hermano mayor.

Campeonato de España de Clubes

Pese a que era sábado, no creo que hubiera más de 200 personas en el Club de Tenis Chamartín de Madrid, mi segunda casa después de retirarme del baloncesto profesional. La tarde era soleada pero fría. Se disputaba el Campeonato de España de Clubes, evento clásico de final de temporada. Antes de la mundialización del tenis, con este tipo de torneos se valoraba mucho el trabajo de las distintas escuelas; su capacidad para crear o atraer figuras a sus instalaciones. Metidos ya en este siglo, el aroma del tenis de toda la vida seguía estando muy presente, los mejores del 'ranking' estaban allí, y casi hasta se agradecía esa especie de clandestinidad mediática.

El Rey emérito celebra la Copa Davis de 2004 con Nadal, David Ferrer y Costa. (Gtres)
El Rey emérito celebra la Copa Davis de 2004 con Nadal, David Ferrer y Costa. (Gtres)

El Real Club de Tenis Barcelona era entonces el máximo favorito. Su sala de trofeos luce repleta de estos títulos. La eliminatoria lo enfrentaba al anfitrión madrileño, y el 'ranking' marcaba unos partidos en apariencia muy desiguales. Recuerdo perfectamente cómo Albert Costa, ya veterano, derrotaba a un joven Fernando Verdasco. Feliciano López —fichado años atrás por el club de Barcelona— se imponía con facilidad frente a Tati Rascón, hoy presidente de la federación madrileña y por entonces un tenista de culto en el mundo semiprofesional (algún día habrá que contar aquí la historia de su 'año perfecto' en los torneos nacionales, la tercera división del tenis).

Para los lectores que no estén familiarizados con los torneos llamados ‘interclubes’, la dinámica es muy parecida a la de la Copa Davis, pero con más partidos en liza. Hay que ganar cuatro puntos. Se enfrentan primero los tenistas en un formato individual (cinco jugadores de cada equipo son colocados normalmente en función de su 'ranking'). En el caso de que ningún equipo llegue a cuatro puntos, se ponen en marcha dos partidos por parejas. Pero todo iba sucediendo según lo previsto y, con la lógica victoria de Rafa, la eliminatoria quedaba sentenciada. El rival de Nadal era Quino Muñoz, que en aquel momento no disputaba torneos de la ATP, y que además estaba recién salido de una lesión.

La victoria de Quino

El frío ya se sentía de veras. Debían de ser casi las cinco de la tarde cuando Quino comenzaba a abrochar la victoria de su vida. La voz del primer set ya perdido por Rafa se había corrido por el club, y además el resto de partidos individuales o habían acabado o estaban a punto de hacerlo. Poco a poco, los allí congregados nos fuimos acomodando como pudimos alrededor de la pista 15. Incluido Albert Costa, al que recuerdo situado en la esquina donde todavía llegaban algunos rayos de sol, con cara de pocos amigos. La mayoría estábamos de pie, y ya no era tan fácil seguir el partido entre las cabezas que se iban colocando como podían.

Con el sol perdiendo intensidad, Rafa empezaba a estar verdaderamente incómodo. Ante la incredulidad de aquellos 200 privilegiados, a los que ni siquiera nos habían cobrado entrada, Quino Muñoz, nuestro compañero de club, estaba haciendo con Rafa lo que tantas veces ha venido haciendo después Nadal con sus rivales; lo estaba domando física y sobre todo mentalmente. El miedo de Rafa a perder frente a un rival sin 'ranking', con sus compañeros de club allí, de pie, deseando evitar la disputa de los partidos de dobles, y con la final de Copa Davis a dos semanas vista, claramente lo 'atrapó', como se dice en el argot. Sus golpes ya no le hacían daño a Quino, que aprovechó la inesperada opción de cerrar el partido sin dar lugar a una tercera manga. En mi recuerdo, tengo un resultado de 6-4, 7-5, a ver si algún lector me ayuda con eso.

El despiste de Nadal

Albert Costa entrega una placa conmemorativa a Rafa Nadal en 2017, cuando pusieron su nombre a la pista central del Real Club de Tenis Barcelona. (EFE)
Albert Costa entrega una placa conmemorativa a Rafa Nadal en 2017, cuando pusieron su nombre a la pista central del Real Club de Tenis Barcelona. (EFE)

Lo que jamás se me podrá olvidar fue lo que sucedió justo después. Mientras se decidían las parejas de los dobles, y la gente se movía un poco para evitar el frío (o directamente se iba a sus casas), se me ocurrió subir al vestuario para recoger algunas cosas de la taquilla. De repente, comencé a escuchar una voz grave que se iba calentando por momentos. Era la voz de Albert Costa, y el destinatario era obviamente Nadal. Su discurso se estaba centrando en los errores técnicos y tácticos del partido. La casualidad quiso que yo escuchase la última parte, y sobre todo la advertencia final, que en mi cabeza quedó registrada más o menos así: "Y ahora ponte la pila, macho, porque tenemos que jugar los puñeteros dobles, con este frío, por tu despiste. Y tú vas a jugar conmigo". (No me quedé a presenciar aquellos dobles. Me contaron después que habían vencido sin mucha dificultad).

Apenas dos semanas antes de su asalto a los cielos, en una fría tarde de noviembre madrileño, en mi club de tenis de toda la vida, con 200 personas que pasábamos por allí, un genio supuestamente invencible andaba lleno de dudas en su juego. Mientras tanto, un rival semiprofesional disfrutaba como si fuera un 'top ten' ATP, y el verdadero 'top ten' ATP, ya treintañero, tenía que hacer horas extra en su jornada laboral (con un indisimulable cabreo).

La superproducción de Hollywood tuvo una muy entretenida precuela (si me aguantan el neologismo) a la que muy pocos fuimos invitados. No creo que se acuerde de sus 1.000 victorias, pero quizá no se haya olvidado de la derrota que jamás fue registrada. Me encantaría saber cómo lo vivió Rafa. Si le pudo afectar de alguna manera en lo que sucedió después. A ver si me deja retarle un día al golf y me lo cuenta.

Cartas Deportivas
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