Jasikevicius tiene en el Barcelona su juguete soñado
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Pablo Martínez-Arroyo

Cartas Deportivas

Jasikevicius tiene en el Barcelona su juguete soñado

El lituano sigue con esa imagen diabólica que asustaba a los niños, pero ha conseguido un equilibrio en el equipo azulgrana

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El entrandor lituano, en un partido contra Unicaja (Reuters)

Los deportes de equipo, en el fondo, no son tan diferentes a los llamados "deportes individuales". Recuerden, los más veteranos, a aquel Miguel Induráin terminando las etapas de los Alpes siempre en primera persona del plural; "hemos aguantado muy bien los ataques de Chiapucci". Se me ocurría siempre la misma pregunta ¿Quién: tú y tu bicicleta, Miguel?

Esta Copa del Rey ganada por el Barcelona -sin público en la grada pero con momentos de gran baloncesto-, se nos pareció mucho a un cuadro final de un torneo de tenis. Para ganar a… (pongan el nombre que se imaginen), por ejemplo ahora en Australia, es mejor pillarlo despistado en la primera ronda, algo incómodo todavía, que hacerlo más adelante con la velocidad de crucero activada.

Unicaja tuvo al Barcelona contra las cuerdas en esas primeras rondas del torneo (primer, segundo y tercer cuarto de los cuartos de final…), pero lo dejó volver al partido, y el tie-break final sentenció. Los 30 puntos de Brizuela, soñando su baloncesto, y un Unicaja entero tomando buenas decisiones, chocaron finalmente contra el principio de Peter; su arsenal estaba totalmente vacío en la prórroga.

El rival ni siquiera había tenido que usar su famoso ‘golpe Corey Higgins’. Cuando lo necesitó, pim, pam, dos que me juego, tres defensas a Brizuela que lo ahogan definitivamente, y el remate de Jasikevicius haciendo la declaración que tanto hunde a los rivales; "ha sido culpa mía, sabes” “no les he transmitido… sabes"; "así no podemos competir bien y ganar este torneo…¡sabes!". Lo que realmente sí saben sus rivales es que el Barcelona (6 con ésta) ó el Real Madrid (las otras 6) han ganado todas las ediciones de la Copa del Rey desde 2010, disputando entre ellos 7 de las 11 finales posibles.

El Madrid de Laso pierde fuelle

El otro finalista del torneo, sin embargo, no parecía llegar a esta cita como esa apisonadora que tantas veces ha sido. Muchas bajas -y no menos dudas-, lo contemplaban. Su semifinal frente al Tenerife fue la de tantos partidos en los que el favorito llega con dolores varios, y posibles excusas. Pero Laso frunció el ceño en la banda; se cabreó un par de veces con sus jugadores y cuatro o cinco con los árbitros; se encomendó a la defensa de Tavares y recurrió a una de sus señas de identidad; el que no dé al menos la cara, aquí no juega. Sergio Llull entendió eso nada más llegar a la profesión. Su baloncesto es de Puerta Grande… o enfermería. Con 20 abajo en el segundo cuarto, agarró 3 balones seguidos, cruzó el medio campo sin mirar a los lados, anotó de forma casi inverosímil, y el Tenerife empezó a dudar. El dolor había claudicado de nuevo ante el ansia competitiva.

placeholder Pablo Laso (Efe)
Pablo Laso (Efe)

Dijimos hace tiempo que Laso, de jugador, ya nos quería entrenar a todos. No recordamos a un tipo con una obsesión parecida… salvo quizás a Saras Jasikevicius. Y aquí los teníamos por fin a los dos. El Madrid, tan en la mano de Laso estos años, no ha tenido enfrente a un Barcelona tan de autor como podría ser el actual. Tras el exitoso período de Xavi Pascual (que llegó al Barça de forma parecida a la que lo hizo Laso en el Madrid; casi por la puerta de atrás), los demás fueron fichajes muy reactivos. Parece que Jasikevicius podría cambiar esa tendencia. Si la preparación previa de Laso pasó por buenos destellos en Guipúzcoa, y grandes momentos en Valencia, pocas cosas han tenido tanto mérito en el baloncesto europeo como la clasificación de Saras con su Zalguiris Kaunas para la Final Four de Euroliga hace un par de temporadas. Sus maneras siguen recordando a veces a ese personaje diabólico que asustaba a los niños, pero ha llegado al banquillo del Barcelona con el equilibrio justo entre la necesidad del club, su madurez con la pizarra, y la energía contagiosa de la que siempre hizo gala.

Los deportes de equipo, en el fondo -ya saben-, no son tan diferentes a los llamados "deportes individuales". Una perfecta conexión entre el cerebro y los músculos es muy necesaria. Por eso, la declaración del entrenador del Barcelona al final del partido del viernes ("no he sabido…" "ha sido mi culpa..."), para este que les escribe las cartas, tenía un mensaje evidente; el juguete es mío, sé que con estas piezas puedo jugar como nadie, y no negociaré con la falta de concentración. La musculatura entendió el mensaje, en la final salieron ya todos en perfecto estado de revista, y el manejo del partido con el trofeo en juego no solo les hizo disfrutar de 40 minutos de superioridad evidente, también envió un aviso a los rivales de su talla; para ganar un Grand Slam al Barcelona de Jasikevicius, es mejor pillarlo despistado antes de la final. Cuando Saras atisba el premio gordo, su cerebro de competidor es el de los elegidos, y más si enfrente se sitúa un rival de la talla de Laso, al que en esta ocasión la musculatura no le dio para más.

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