Mejor sufrir con Perico que celebrar con Induráin
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Ignacio Peyró

Haga usted gimnasia

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Mejor sufrir con Perico que celebrar con Induráin

Si antes los héroes merecían romances y coplas, ¿no merecerán hoy, como mínimo, un programa de televisión?

placeholder Foto: Perico Delgado, uno de los ciclistas españoles más emblemáticos.
Perico Delgado, uno de los ciclistas españoles más emblemáticos.

Que otros dejen su nombre a una ecuación, a un nudo de corbata o -como Giscard d’Estaing- a una sopa de trufas: quién pudiera haber entrado en el Libro de la Vida como ganador de una etapa del Tour pongamos que en el año 83. De todas las formas de la gloria del hombre, no hay ninguna comparable a la de haber ganado una etapa en el Tour, porque otras glorias tal vez compartan el triunfo y el mérito, pero al ciclismo se le concedió, por encima de todos, esa belleza superior que es el olvido. Ningún laurel encanece más pronto. Nada se hace viejo como una meta volante, nada acusa el tiempo como los colores de un maillot. Si de pronto viésemos aparecer ante nosotros a un corredor del equipo Amaya -primeros noventa- en toda su gloria, sentiríamos el mismo estupor que si viésemos a un señor entrar en el Starbucks caracterizado de Quijote. No, nadie se acuerda de quién ganó en Clermont Ferrand o Soings-en-Sologne en 1983: posiblemente el mismo ganador apenas recuerde más que los Peugeots que pasaban, la lata de Coca cola que alguien le colocó en la mano, el saludo de la corporación municipal y los tres besos de unas muchachas que jamás le hubieran considerado en los bailes de su pueblo. Pero sí imagino al vencedor, después del podio, con la satisfacción secreta de saberse privilegiado y elegido. Con el orgullo que Shakespeare adjudicaba a los que combatieron en Agincourt: estas cicactrices son del día de San Crispín, este peluche de Crédit Lyonnais es de mi etapa del Tour. “Todo será olvidado/ pero él recordará, venturosamente/ los hechos que acometió ese día”.

placeholder Perico Delgado e Induráin se saludan en el Tour de 1991.
Perico Delgado e Induráin se saludan en el Tour de 1991.

Si ganar una etapa es la gloria, ganar un Tour es la manera más directa de hacer historia de Francia sin necesidad de montar un restaurante o ser decapitado. Y, puestos a hablar de podios, el de Pedro Delgado en 1988 es de los más auspiciosos que se recuerdan: ahí estaban Chirac y Solana, Solana y Chirac, ambos llamados a podios más altos todavía, y ahí estaba Delgado, Delgadó para la megafonía, que no volvería a repetir. La escena merece su atención. Hoy, acostumbrados a las visiones beatíficas de Nadal en Roland Garros, hubiésemos exigido de Perico alguna lágrima sentimental, la mirada perdida en el cielo uralita de París, pero los ciclistas no lloran, o lloran solo -como el propio Delgado- por la muerte de su madre y sin saber muy bien cómo se hacía. ¿Qué hizo, Delgado, en el podio? Algo tan extravagante como alegrarse, sin más filosofías. Se compuso un poco para el himno, mandó el ramo a tomar por saco y se fue a una fiesta donde perdió el maillot.

Si Delgado se podía burlar de la ñoñería de nuestra época, también desafiaba nuestra lógica de la productividad: los ciclistas son cada vez más iguales, pero Delgado todavía tenía esa grandeza algo sobrada de la excepción, ese diferencial de gracia por el cual un viva la virgen como Bolt o un señor gordito como Maradona van a ser los mejores sin que los médicos sepan explicarlo. Delgado ganó y perdió sin más estrategia que la de los lirios del campo, que no hilan ni se afanan, y todavía debemos agradecerle que -pese a no pocos infortunios- nunca se haya complacido en crearse un aura de tragedia. La colitis del 83, la caída del 84, la gripe del 86, el despiste del 89 o las pájaras de cada año: tanto infortunio no le hizo una figura trágica; lo confirmó como figura genial. Será que, en el deporte, la tragedia suele usarse para compensar la mediocridad, tanto como la meunière servía para disimular los días de un lenguado.

placeholder Perico Delgado, en 1988. (Rtve)
Perico Delgado, en 1988. (Rtve)

Por supuesto, mientras que Induráin iba a ser regular y previsible como el paso del 27 por la Castellana, Delgado no podía darnos alegría sin darnos tormento. Incluso el año que ganó tuvo el día agónico del doping. Nadie nos ha hecho sufrir como él, pero lo mejor de nuestra alma lo ha querido siempre, porque en Perico se anudaban todas esas razones misteriosas por las que un notario sueña con odaliscas, la niña de buena familia prefiere a un poeta antes que a un inspector de hacienda y nuestra vida agradece más la épica que el cálculo. También sospecho que lo amamos porque -ganara o perdiera- siempre lo hizo con una rotundidad y un dramatismo muy nuestros: siempre se las apañó para hacerlo bonito, y yo llevo ya más de treinta años queriendo agradecérselo.

Me gusta volver a aquel Tour del 88: nunca han debido de asarse más cochinillos en Segovia, e imagino que, con la paradójica gravedad que, por la falta de costumbre, acomete a los castellanos en los días de alegría, no dejarían de procesionar por París las autoridades civiles y militares de la ciudad. Seguramente también viajó en autobús algún grupo folklórico. Ver un video de aquellos días me hecho volver a una España más querida e inocente, en la que todos los hombres parecían ir con camisa de manga corta, los bares tenían rótulos de Mirinda y había mucho viejo que no hacía otra cosa que mirar. Viajar a París era viajar a París, y ganar en Francia era como ganar dos veces: por algún raro motivo, en Francia, al placer de la victoria, se suma el del desquite. Luego vendrían el tenis y el fútbol, pero antes que el tenis y el fútbol importa decirlo- fue el ciclismo. Y cuando alguien piense que el himno español se ha convertido en la banda sonora de la temporada de primavera-verano en París, que piense en este ciclista de la escuela castellana, que en el siglo XVI hubiese sido un santo penitente y en el siglo XX nos ganó un Tour.

Foto: La increíble historia de Dieter Wiedemann en la Carrera de la Paz.

Ahora anda Delgado en el petardeo de la TV, Masterchef Celebrity y no sé qué más, y solo puedo celebrarlo: si antes los héroes merecían romances y coplas, cuando no cantares de gesta, ¿no merecerán hoy, como mínimo, un programa de televisión? Sufrido y mal pagado, ¿no merece el ciclismo la legitimación social del brilli-brilli, que es la verdadera honra de que somos capaces? ¿No hay algo, en esa salsa rosa, capaz de enjugar los esfuerzos de tantos ciclistas que, en quince años de carrera, no ganaron ni una etapa el Tour del Porvenir; de esa enorme muchedumbre del pelotón a la que le tocó, digamos, ser Prudencio?

Delgado tiene bula moral para hacer lo que quiera, porque nosotros siempre le vamos a querer: a algunas edades -a mí me cogió muy niño-, el corazón, más que alegría, quiere sentimiento. Y siempre fue más hermoso sufrir con Perico que celebrar con Induráin.

Que otros dejen su nombre a una ecuación, a un nudo de corbata o -como Giscard d’Estaing- a una sopa de trufas: quién pudiera haber entrado en el Libro de la Vida como ganador de una etapa del Tour pongamos que en el año 83. De todas las formas de la gloria del hombre, no hay ninguna comparable a la de haber ganado una etapa en el Tour, porque otras glorias tal vez compartan el triunfo y el mérito, pero al ciclismo se le concedió, por encima de todos, esa belleza superior que es el olvido. Ningún laurel encanece más pronto. Nada se hace viejo como una meta volante, nada acusa el tiempo como los colores de un maillot. Si de pronto viésemos aparecer ante nosotros a un corredor del equipo Amaya -primeros noventa- en toda su gloria, sentiríamos el mismo estupor que si viésemos a un señor entrar en el Starbucks caracterizado de Quijote. No, nadie se acuerda de quién ganó en Clermont Ferrand o Soings-en-Sologne en 1983: posiblemente el mismo ganador apenas recuerde más que los Peugeots que pasaban, la lata de Coca cola que alguien le colocó en la mano, el saludo de la corporación municipal y los tres besos de unas muchachas que jamás le hubieran considerado en los bailes de su pueblo. Pero sí imagino al vencedor, después del podio, con la satisfacción secreta de saberse privilegiado y elegido. Con el orgullo que Shakespeare adjudicaba a los que combatieron en Agincourt: estas cicactrices son del día de San Crispín, este peluche de Crédit Lyonnais es de mi etapa del Tour. “Todo será olvidado/ pero él recordará, venturosamente/ los hechos que acometió ese día”.

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