El engorro de la interminable cola para entrar a Maracaná

La policía y el ejército brasileño blindaron los alrededores de Maracaná en las horas previas a la ceremonia de apertura. La entrada en el estadio requirió blindarse de paciencia

Foto: El dispositivo de seguridad en Maracaná (Reuters)
El dispositivo de seguridad en Maracaná (Reuters)

La primera lección que uno aprende en los Juegos Olímpicos de Río es que las prisas hay que dejarlas en casa. Si no, es posible acabar peleado no solo con los brasileños, sino con el mundo. El acceso a Maracaná para la ceremonia de apertura celebrada este viernes es un ejemplo: colas para coger el autobús, colas para pasar el control de seguridad...

En estos Juegos se unen dos factores, además de la enormidad inherente al evento deportivo más importante del mundo: que Río no ha llegado totalmente preparada a la cita (quizá sí haya llegado todo lo preparada que podía llegar) y la amenaza de la inseguridad, que en esta ciudad no es solo el terrorismo yihadista, como en Europa. Pero hay situaciones que parece que no tienen solución. La mezcla de un evento multitudinario e importantes medidas de seguridad produce lentitud.

Mientras una manifestación que protestaba por la celebración de los Juegos se acercaba a Maracaná, sede de la ceremonia de apertura (el atletismo y las ceremonias, como es habitual, no se celebran en el mismo estadio), en los aledaños y dentro del histórico recinto todo estaba muy tranquilo gracias a esas medidas de seguridad, que entre otras cosas impedían la circulación de vehículos desde un par de kilómetros antes de llegar: solo había autobuses de la organización, la policía y el ejército. Las fuerzas de seguridad estaban por todas partes.

La organización avisó: había que ir con mucho tiempo de antelación. Pero eso no evitó largas colas frente al centro de prensa, en el Parque Olímpico, para coger uno de los autobuses que iban a Maracaná. ¡Hasta Tiago Splitter tuvo que hacerla! Aunque al final le dejaron pasar antes que al resto. El trayecto al estadio fue rápido, pero no todos tuvieron la misma suerte.

Una vez en Maracaná, la espera para pasar el control de seguridad (escaner y revisión de las mochilas, aunque tampoco se esmeraban mucho) se hacía eterna. Casi una hora había que esperar para poder acceder al estadio. La cara de los periodistas que se bajaban de los autobuses y veían la cola merecía ser vista. Pero una vez dentro, la sensancional ceremonia enterró todo lo anterior.

Un novato en Río
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