Lo que aprendí dando patadas a un balón de rugby en el desierto de Marruecos

Estas vacaciones, tras mis compromisos veraniegos, las he pasado en Marruecos, adentrándome en su cultura y sus valores a través de un balón de rugby

Hace tan sólo unos días que volví de mi último viaje del proyecto Rugby Libre, este año en Marruecos. Una gira de 1.500 kilómetros de carretera por todo el país y múltiples realidades a las que nos unía un mismo motivo, una misma pasión: el rugby. Pude correr y saber lo que se siente al pegar una patada a un balón en el desierto, a la sombra de las dunas. También recibí lecciones de vida a través de la humildad y los valores que, en otro formato diferente al rugby, me traje de vuelta a España.

Tras 500 kilómetros de viaje en coche, con la vaca llena de maletas y por carreteras convencionales (ni una sola autopista en toda la región), a unas siete horas del primer aeropuerto internacional más próximo (Marrakech), nos instalamos unos días en un pueblecito sin asfaltar, Harate Mourabitine, durmiendo en sofás de salón marroquí en un local que parecía deshabitado, aunque enseguida lo llenamos de energía positiva de todo el equipo de trabajo.

Tuvimos la oportunidad de adentrarnos en las raíces de una cultura, ajena, tan distinta a la tuya; vivir como imazighen (‘hombres libres’ de auto denominación o más conocidos en nuestro entorno como bereberes ‘bárbaros’), con sus ritmos de vida tranquilos, como suelen decir “prisa mata”, comiendo los productos autóctonos, con la mano tod@s del mismo plato, saboreando el momento e, incluso, los silencios con un vasito de té y algunos dátiles. Vivencias y experiencias que marcan y de las que nunca dejas de aprender para seguir enriqueciéndote como persona. Quizás fuimos demasiado lejos cuando probamos también a beber leche directamente de la vaca y al día siguiente nos pusimos varios malos y con fiebre… Esta fue otro tipo de 'lección'.

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Oportunidades vitales como esta sólo me la ha dado el deporte, sólo la conozco gracias al rugby, a la hospitalidad de las familias de jugadores que han entendido la filosofía y los valores de una disciplina que llega hasta donde no hay ni un campo de césped. Tratando por igual a una mujer que, respetuosamente y con permiso local, se viste sin velo ni pantalón largo, haciendo esfuerzos por comprender la lengua local y tratando de aportar su mejor versión, su mejor forma de entrenar, su forma de entender el rugby.

Correr tras un balón de rugby que no se ve

Vimos las caras de esos niños corriendo por la arena, decenas tras un balón de rugby que apenas se veía entre el polvo, compartiendo explanada con los sénior, con ambiciones nacionales en la modalidad de rugby 7s, la disciplina olímpica. Al principio timidez, de pronto unión, ‘blancos y negros’, respeto e integración, hospitalidad y adaptación.

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Me apasiona poder vivir la unión entre las personas gracias a un balón, un balón que representa valores y asume confianza en quien juega con él. Por encima de las creencias de cada persona, por encima de los intereses o egoísmos, por encima de necesidades o frustraciones, incluso, es capaz de unir sociedades, culturas en respeto y armonía. No es un hechizo, es un motivo. Es el motivo de un proyecto social, mundial, de un propósito de vida, del ser humano, de la unión que es capaz de crear el deporte, del sentimiento de bienestar, de compartir la felicidad, las durezas de la vida y lo mejor de cada persona en un momento único, en un porqué que es capaz de dejarnos sin vacaciones, sin aliento, sin energía e incluso sin vida, con tal de demostrar, con tal de aportar un grano de arena de esperanza en este Mundo actual.

Rugby Passion

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