Rafa Nadal, un hombre en busca de la fórmula de la simplicidad

“Este año era una historia distinta”, remarcó el balear, subrayando el buen tono de la práctica y la paz interior previa al partido. "Hice cuanto pude para estar preparado. No fue mi día y así debo tomarlo”

Foto: Nadal cayó en la primera ronda del Abierto de Australia (Lukas Coch/Efe)
Nadal cayó en la primera ronda del Abierto de Australia (Lukas Coch/Efe)

Los cinco sets de Australia terminaron por volverse un enemigo. El escudo habitual para los principales favoritos, no tan expuestos como en formatos cortos, susceptibles de ser un polvorín ante una inspiración momentánea del adversario, se convirtió en un algodón demasiado exigente para Rafael Nadal, derrotado por 6-7, 6-4, 6-3, 6-7, 2-6 ante Fernando Verdasco en casi cinco horas de partido. El balear, inmerso en un proceso de evolución táctica para recuperar voz entre la élite del circuito, se vio privado de una virtud normalmente señalada a los elegidos: marcar a diferencia a largo plazo en los encuentros. Totalmente necesaria para crecer cada semana entre la mentalidad del vestuario y, claro, imprescindible para optar a los principales títulos discutidos en el formato del gran fondo.

Fue el tropiezo para un hombre en busca de los cambios. El mallorquín, que persigue un juego más directo para ajustarse a los nuevos tiempos, inclinarse hacia el rival en el momento de los impactos y jugar con el cuerpo más adelantado, donde la agresividad imperante borra el lugar a una elaboración masticada desde el fondo de pista, se perdió al apretar e intentar arrinconar al rival con su golpe favorito. No hubo puesta en práctica cuando el partido así lo exigió. “¡Yo pegaba mi derecha y él seguía conectando golpes ganadores! Si mi rival conecta un 'winner' debe hacerlo en una posición forzada. Y hoy no fue el caso”. El balear dejó escapar un break en el set definitivo, un arañazo improbable cuando un campeón vislumbra la victoria, y observó una dinámica ya observada en 2015: en situaciones de control, crecimiento del adversario. Ni rastro del pánico escénico generado hace años: en lugar de bajar el rostro, Verdasco terminó el encuentro desatado, llegando a quebrar tres veces consecutivas el servicio del mallorquín hasta mostrarle la vuelta al vestuario. Un desenlace conocido en los últimos dos Grand Slams: si en Nueva York fue Fabio Fognini quien remontó dos mangas de renta al balear, una barrera mental renovada que nadie antes había logrado, Verdasco consiguió en Melbourne otro logró inédito: sacarlo de un Grand Slam sobre pista dura en el primer partido. Un golpe duro en la ronda inaugural de los torneos de más prestigio, algo que únicamente había sucedido sobre la hierba de Wimbledon en 2013, en mitad de su última reconquista del número uno.

Dejó escapar un break en el set definitivo, un arañazo improbable cuando un campeón vislumbra la victoria

La derrota es muy diferente a la sufrida en los cuartos de final 2015, cuando Rafael fue maniatado por Tomas Berdych tras un período de lesiones y malas sensaciones de partido. Ahora, y tras completar un fin de curso notable en pista cubierta, con sensaciones de recuperación a la vista de todos, las buenas vibraciones se encontraron con un resultado adverso a las primeras de cambio. “Este año era una historia distinta”, remarcó el balear, subrayando el buen tono de la práctica y la paz interior previa al partido. "Sé qué hice cuanto pude para estar preparado. No fue mi día y así debo tomarlo”. Hay quien dice que las dudas encuentran su antídoto en el tesón del hombre calmado. En un deporte basado en la repetición, la precisión y el peso del castigo por cada error cometido, Nadal afronta la temporada 2016 con dos meta bien simples. Primero, ser capaz de volver a competir tranquilo. Segundo, y como consecuencia del primero, poder completar una reconversión táctica para acudir en línea más recta al objetivo. Ahora, con el primer Grand Slam ya en los libros y un sinsabor importante, una nueva piedra a la mochila en su capacidad para volver a mirar de frente a la cima del circuito.

Rafa Nadal, un hombre en busca de la fórmula de la simplicidad

“El juego está cambiando. Todo el mundo intenta romper ahora la pelota”, remarcó Nadal cuando le recordaron la liberación de rivales como Dustin Brown, Nick Kyrgios o Fabio Fognini para vencer su resistencia en Grand Slam. “No hay pelotas para preparar el punto. Cualquiera busca el tiro ganador desde cualquier posición de la pista. Todo se ha vuelto un poco más loco en ese sentido. Mi objetivo es hacerles jugar desde una posición complicada. Si quieren salir y buscar esos 'winners' en áreas incómodas, la probabilidad de que tengan éxito no será demasiado alta. Si les dejo pegarme desde posiciones cómodas, obviamente van a tener más opciones de lograrlo. Ese ha sido mi error hoy”, reflejó Nadal, radiografiando su principal foco de renovación. Marcando sus esfuerzos hacia la necesidad de apoyarse hacia adelante, de conseguir nervio en la derecha desde el primer golpe de fondo y desgarrar una virtud que lo ha convertido en mito: pasar de la elaboración del punto y la aceleración del mismo. “No he sido agresivo con mi derecha durante todo el partido. No he encontrado el golpe. He peleado, he luchado y estaba listo para ello. Pero no lo he hecho. Y me entristece”, confesó, lamentando haberse encontrado con fogueo. “Si no lo hago, estaré muerto. Uno puede ser agresivo o defensivo, pero no te puedes quedar en un termino medio porque eso equivale a no hacer nada. Si no tienes una estrategia definida, estás perdido”.

Conversión antes de llegar a Novak

Es un hombre en busca de una fórmula de simplicidad. Como el pintor que se empeña durante años en encontrar un trazo de niño. Rafael, el hombre que tomó el testigo del considerado mejor tenista de todos los tiempos, situando a la espalda de Roger Federer una rivalidad histórica cuando pocos alcanzaban a alzar el tono, se encuentra ahora ante la lógica del tiempo: observar a un nuevo campeón amarrado al testigo. La presencia de Novak Djokovic en lo más alto, desde la óptica del balear, puede representar para un competidor el mayor reto de todos: frenar en vida al sucesor, devolver a un coronado la condición de simple heredero. Trabajo por hacer antes de pensar en un jugador definido como ‘perfecto’ en la era de tenis de fondo.

Con los pasajes más brillantes, al menos gran parte de ellos, ya plasmados en su libro, Nadal se embarca en una tarea de conversión definitiva. Un puñado de frases a vuelapluma, expuestas incluso en caliente tras ceder la reciente final de Doha en la primera semana del año, dejaron entrever la gestión del asunto. Lanzadas tras una actuación colosal del serbio. “Nadie ha jugado nunca así”, se atrevió Nadal tras verse a una distancia que rozó lo irreal entre ambos y comprobar de primera mano las consecuencias de no forzar la posición de un rival atinado. “Nunca he tenido obsesiones”, se arrancó el campeón de catorce grandes al ser preguntado por Novak Djokovic, el balcánico que lidera las listas oficiales, el mismo que por primera vez gobierna en el cómputo de choques directos. Perfilando como un reto lo que bien puede ser un castigo. Encontrando la motivación en la superación personal como llave a la superación del enemigo. “Debo pensar en mí”, añadió, subrayando la necesidad de concentrar esfuerzos en dominar lo que depende de uno mismo.

Nadal perdió por primera vez en la primera ronda de un Grand Slam en pista rápida (Jason O'Brien/Reuters)
Nadal perdió por primera vez en la primera ronda de un Grand Slam en pista rápida (Jason O'Brien/Reuters)

Como siempre, adaptación

Son lecturas de un competidor nato que invitan a pensar en su receta para recuperar el terreno: olvidarse del hombre al que más veces ha encarado en todo su trayecto deportivo. Apartar la mente de la figura que copa los grandes títulos, el objetivo último de una vida dedicada a los partidos. Hacerlo, además, tras disputar el choque más desnivelado en 47 partidos de rivalidad y perder por primera vez la ventaja en el enfrentamiento directo. Nadal contra Nadal, sin Djokovic en el objetivo. Eso, claro, puede ser como recibir al invierno y pretender no sentir el frío. O, quizá, la misión al alcance de una mente privilegiada para la asunción de los retos.

En un deporte donde se encajan mandobles como en pocos, en el que apenas uno escapa a la derrota cada domingo, pervive el mallorquín como único jugador capaz de recuperar dos veces el número uno al final de un curso. Toda una prueba de aceptar el sufrimiento, reinventarse y empezar a levantar el vuelo. Él, un jugador forjado para hacer de la tierra batida hogar, sigue a un paso de lograr lo que como profesional no hizo ninguno: ganar al menos dos veces cada Grand Slam. Eso implica ganar fuera de la arcilla algún que otro partido. Un ‘terrícola’, sin ir más lejos, con cinco finales de Wimbledon. La adaptación a las circunstancias como pocas veces se han visto. Cuando se trata de retomar el control, nadie como él ha creído. 

Hay una realidad que no debería escapar ni al observador más pasajero: un Nadal a trompicones es el quinto tenista del mundo

Hay una realidad que no debería escapar ni al observador más pasajero: un Nadal a trompicones es el quinto tenista del mundo. Un jugador que cargó meses de ansiedad donde antes hubo granito pudo aferrarse entre los mejores incluso viviendo entre el desatino. Ahora, con la garantía mental endurecida para afrontar una reconversión en el juego y un cuerpo sin raspones recientes, crédito para hacer camino.

Cuestionar el hambre de Rafa es como plantear si quema el fuego: una ocurrencia destinada al olvido. Por méritos pasados, por autoridad perenne, hay figuras que tienen el beneficio de la duda grabada a fuego en el cuerpo. En 2016, donde lidera un rey destacado como ninguno, una receta tan antigua como el tiempo: mirarse los pies propios e intentar ser una mejor versión de sí mismo para marcar el camino.

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