No me importa lo que haga Rafael Nadal

El español ha emprendido la marcha en Australia y los debates en torno a su figura son tan repetitivos como la esfera de un reloj. Tras ganar a Mayer, las campanas empezaron a comerse el cielo

Foto: Rafa Nadal, durante su partido contra el alemán Florian Mayer en Australia. (EFE)
Rafa Nadal, durante su partido contra el alemán Florian Mayer en Australia. (EFE)
Rafa Nadal, durante su partido contra el alemán Florian Mayer en Australia. (EFE)

“¿Y Nadal qué? ¿Va a ganar esta vez?”. Esta fue la pregunta que me realizó un conductor días atrás mientras me dirigía a la cadena en la que tengo la suerte de desarrollar parte de mi trabajo. Un impulso que me dejó pensativo durante las siguientes horas, repasando por momentos la realidad que rodea a las personas que dedican su vida a la alta competición. Rafael Nadal ha emprendido la marcha en el Abierto de Australia y los debates en torno a su figura son tan repetitivos como la esfera de un reloj. No es extraño: cuando uno gana, cuando hizo norma de la victoria norma, parece lo corriente, se hace costumbre, nos acostumbramos a ello. Y vivir en esta ensoñación nos introduce en un camino con dos rumbos peligrosos: nadie lograr vencer eternamente y nadie cae en una deshonra al dejar de hacerlo. Es decir, tanto el optimista como el pesimista están condenados a sufrir por su manera de ver las cosas. Tras comenzar su competición en Melbourne, superando al alemán Florian Mayer con una contundencia notable, las campanas empezaron a comerse el cielo.

Estar entre los favoritos, ser aspirante al título, reavivar la leyenda… Son expresiones que rodean la figura del mallorquín cada vez que concurre en un evento de relevancia. Muy razonable en un país donde el deporte tiene un vigor especial en el ideario general. Pero todo son herramientas de atracción, puro artificio para seguir alimentando el espectáculo. La temporada 2017 puede ser un curso de dificultades para un jugador que regresa de un período de lesión, con las piernas curtidas por los años y apartado de los mayores títulos desde hace un tiempo. Entraría dentro de lo lógico, no sería de extrañar, y mucho menos aconsejaría un período de crítica destructiva. O podría ser, ojalá, un año de grandes momentos entre las manos, pues cuesta pensar en un jugador que haya mostrado la capacidad para levantarse tras un traspié como el español.

“En este caso es él quien me va a mostrar el camino”, señaló esta semana en Melbourne Roger Federer, de vuelta en el circuito tras seis meses de ausencia, poniendo al español como ejemplo en la adversidad. Es el maestro, el considerado por muchos como mejor jugador de siempre, situando al alumno, un hombre que convirtió una brecha de edad de cinco años en una mera sugerencia para levantar una rivalidad histórica, como modelo a seguir en un momento de adversidad. Nadie sabe anteponer el futuro y más vale poner en valor lo que se está valorando: la temporada deportiva de un atleta. Pocas cosas más inestables que vaticinar el futuro inmediato de un competidor de élite.

Rafa Nadal devuelve la bola al alemán Florian Mayer. (EFE)
Rafa Nadal devuelve la bola al alemán Florian Mayer. (EFE)

El ocaso es algo natural

En ocasiones valoramos únicamente la figura del deportista en la cresta de la ola, olvidando los tiempos en que el techo no está en sus manos - que es mayoría. Damos de lado períodos son tan o más valiosos en lecciones que el efímero momento en que toca la gloria. Nos perdemos el esfuerzo, la constancia, la perseverancia que conlleva el viaje de ascenso barruntando sobre la fecha en que podrá tocar la cima. Y dejamos de lado el ocaso natural de cualquier atleta, anteponiendo la nostalgia del momento cumbre al intento de superación vigente. En el deporte tiende a primar el resultado, pero llega a número 1 habiendo pasado antes por el segundo peldaño. El tenis va a sobrevivir a Rafael Nadal como en su día pasó por encima de Pete Sampras o Andre Agassi, aunque en su día alguien pudiera ver en ello algo impensable. Por encima de los resultados, más allá de las figuras, se encuentran los valores que uno deja.

Su éxito, qué duda cabe, sería el éxito de un deporte que ha crecido enormemente alrededor de su figura, multiplicada por varias de las rivalidades más notables en la historia del deporte. Si los 49 encuentros librados ante Novak Djokovic conforman el duelo más disputado de siempre, sus 34 pulsos disputados ante Roger Federer son páginas de oro del deporte moderno. Que el de Manacor esté de regreso en el circuito alimenta por sí mismo la pasión en todo el mundo. Que su esfuerzo por volver a ganar correspondiera con una victoria sería, por consiguiente, un impulso al cuadrado.

El objetivo último de mejora personal

No obstante, hay una visión particular que se hace patente en este tipo de momentos. Tengo la suerte de conocer y, según casos, trabajar en el entorno de personas dedicadas profesionalmente al deporte. Atletas que dedican su vida a la competición con el objetivo último de mejora personal, alejados de cualquier. Gente que, a pesar de conocer en sí mismos unas limitaciones innatas, se deja la vida por disimular una carencia que probablemente pueda negarles el sueño íntimo de victoria. Y, pese a ello, seguir remando durante años en soledad para ser una mejor versión de sí mismos durante unos minutos ante una grada. He visto a personas esforzarse por encima de lo razonable, dejarse el cuerpo hasta más allá de lo que uno entiende por voluntad propia. Con las personas justas observando. Y puedo decir que lo que menos me importan a día de hoy son los resultados.

Y esa es la sensación que me recorre cada vez que lo veo. No necesito escuchar que es favorito para esto o aquello. Me resulta indiferente si un golpe limpia una línea o estira su caída por dos metros de largo. No, de Rafael Nadal no me importan los resultados.

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