Caso Brownlee: cuando la deportividad se entiende mal y el reglamento se aplica peor

Los jueces encubrieron la limitación de Brownlee con una mala interpretación de las normas, como gran parte de la prensa y afición bajo una mezcla incomprensible de deportividad y heroicidad

Foto: Alistair Brownlee (i) ayuda a su hermano Jonathan Brownlee (d) a terminar la carrera. (EFE)
Alistair Brownlee (i) ayuda a su hermano Jonathan Brownlee (d) a terminar la carrera. (EFE)

Es imposible practicar este deporte sin admirar a los atletas profesionales. Son verdaderos fenómenos de la naturaleza. Los que hemos participado en condiciones similares a las que se dieron en la Gran Final de Cozumel sabemos que solo los elegidos, solo aquellos que están dotados para desafiar las leyes de la kinesiología, pueden bajar de los 17 minutos en el tramo de natación con la temperatura del agua rozando los 30º o hacer la carrera a pie a un ritmo por debajo de los 3:13 con una temperatura de 34º y humedad por encima del 90%. Jonathan Brownlee claramente no estaba preparado para correr como lo hizo bajo esas condiciones. El problema es que parece que los jueces decidieron encubrir dicha limitación con una mala interpretación de las normas, y gran parte de la prensa y afición, bajo una combinación incomprensible de deportividad y heroicidad. Flaco favor al deporte.

El domingo, Mario Mola y Jonathan Brownlee se jugaban el campeonato del mundo de triatlón. El español dependía de sí mismo para ser campeón, pero si no terminaba delante del inglés, le bastaba con ser tercero si Jonathan ganaba o quinto si este quedaba segundo. Las cosas no le iban bien al español o mejor dicho, poco podía hacer cuando Jonathan y su hermano Alistair ejecutaron la estrategia perfecta. Apoyados en su magnífica natación y en un grupo compacto y colaborador de grandes ciclistas, llegaron al inicio de la carrera a pie con más de un minuto y 30 segundos de diferencia con Mola. Mola corre y mucho (tiene el récord del mundo en carrera a pie en distancia esprint), pero incluso para él era una diferencia imposible de recortar a la vista del ritmo que marcaban por delante los hermanos Brownlee y el sudafricano Schoeman.

Jonathan, sabedor de que su hermano Alistair es de esos abusones que aunque no tengan hambre te quitan el bocadillo si te descuidas —aunque no tenía opción alguna de hacerse con el título, ganar la gran final después del oro de Río era un broche perfecto para la temporada—, no se la quiso jugar al esprint y se escapó en los dos últimos kilómetros. La imagen de los corredores arrojándose agua helada sobre el cuerpo para intentar bajar algún grado su temperatura corporal lo decía todo. A falta de 700 metros para la meta, Jonathan colapsa. Los ojos miran al infinito y sus piernas, totalmente descoordinadas, no responden, se tambalea hasta que un miembro de la organización le sostiene y avanza unos pasos con él. Le pasa Schoeman, que se dirige imparable hacia a la meta y por detrás llega su hermano Alistair que se lo echa a sus hombros para recorrer juntos los últimos metros.

Jonathan, desfallecido y semiinconsciente, parece un peluche en manos de su hermano, que mira hacia atrás para ver cómo de lejos estaba Mola. Schoeman es primero y cuando los hermanos están a menos de un metro de la meta, Alistair suelta a Jonathan y literalmente le empuja sobre la línea de meta para que pueda ser segundo. Jonathan, tumbado sobre la moqueta azul, apenas tiene fuerzas para abrir un ojo y perder el conocimiento. Alistair la cruza en tercer lugar. A escasos segundos se ve llegar a otro sudafricano, Murray. Este, sin opciones de llevarse el título mundial y compañero de entrenamiento de Mola, se queda a escasos centímetros de la meta. No la cruza. Está esperando a comprobar la posición en la que llega Mola. Suponemos que si hubiera llegado en sexta posición, y para permitir a aquél ser quinto, la hubiera cruzado después de Mola. Pero no hace falta, Mola, con un ritmo de otro mundo (por debajo de 3:08), aparece en el horizonte sin nadie delante y pasa la meta en quinto lugar. Es campeón del mundo.

Los comentaristas del evento no daban crédito a lo que acababan de presenciar. En éxtasis, repiten constantemente la actitud deportiva y heroica de Alistair, quien posteriormente reconoció que hubiera hecho lo mismo con cualquier otro atleta. Los que conocemos la enorme competitividad de Alistair no tenemos muy claro que su comportamiento hubiera sido similar si fuera él, y no Mola, el que se jugaba el título, o si el desfallecido, en vez de su hermano, hubiera sido el propio Mola. Pero da lo mismo, porque uno no debería excusarse por ser tan buen atleta y querer ganar siempre. Estoy seguro de que el señor y la señora Brownlee estarán orgullosos del hijo mayor que han criado —yo lo estaría—, pero el deporte de competición debe regirse, sobre todo, por el reglamento. Y este es claro.

El objetivo es penalizar a los que obtienen una ventaja 'unfair', y qué puede serlo más que sean las piernas de tu hermano las que te permitan llegar a la meta

Se trata de una competición individual, no por parejas o equipos. Bastante discutible es la estrategia que suelen tener los hermanos Brownlee con Varga. Igual de mal hubiera estado que Murray se hubiera dejado ganar. De hecho, el Reglamento ITU no alberga dudas: el objetivo es penalizar a aquellos atletas que obtienen una ventaja 'unfair' (artículo 1.2.a. iv) y qué puede serlo más que no sean tus piernas, sino las de tu hermano, las que te permitan llegar a la meta. De hecho, el artículo 2.1.a.viii prohíbe competir recibiendo ayuda externa, limitando la asistencia a la prestada tanto por miembros de la organización como por otros atletas en circunstancias muy concretas (i.e. compartir alimentación e hidratación o incluso cámaras para las ruedas). Es más, si se prohíbe por el artículo 6.1.a.vii que ningún participante sea acompañado durante la carrera a pie por, entre otros, un 'pacemaker', o correr a gatas —que es lo máximo a lo que hubiera podido aspirar Jonathan—, parece imposible pensar que por el contrario sí esté permitido llevarle en brazos.

Aunque todas estas infracciones deberían entenderse como merecedoras de una descalificación por ser antideportivas (artículo 3.5.a.i), e incluso se reserva la potestad a los jueces de penalizar a los atletas aunque la infracción no estuviera listada si se ha obtenido una ventaja indebida (artículo 3.1.e), Jonathan ni fue penalizado ni descalificado, y eso que se interpuso una reclamación. Parece ser que el jurado interpretó que el apartado 7 del apéndice K del reglamento, que regula las sanciones, habilita a un atleta a ayudar a otro, pero es evidente que ello es siempre dentro de los límites que se establecen en el cuerpo del reglamento, que debe primar en la interpretación sobre el apéndice.

Me quedo con el comentario de Mola: "No es la forma en la que hubiera querido ganar, pero el triatlón es así"

Flaco favor se hace al deporte si se aplica mal el reglamento. Pero es que incluso aunque este permitiese lo ocurrido en México, no creo que el valor que deba transmitir este deporte sea el visto el domingo. En primer lugar, porque es evidente que sin la ayuda de su hermano, Jonathan nunca hubiera cruzado la meta —tengo la duda de si, estando consciente, Jonathan hubiera aceptado la asistencia de su hermano— y, como decimos, esta es una modalidad individual. En segundo lugar, porque precisamente la gente puede acercarse a este deporte atraída por la gesta del domingo, con la imagen de un atleta al borde del colapso a resultas de un sobreesfuerzo recorriendo las televisiones del mundo entero y rentabilizándose al máximo por las marcas que 'esponsorizan' a los deportistas, haciendo olvidar que es una disciplina tremendamente exigente en que los participantes mueren con una frecuencia mayor a la deseada.

Me quedo con el comentario de Mola: “No es la forma en la que hubiera querido ganar, pero el triatlón es así”. A veces uno gana porque los demás pagan el sobresfuerzo y terminan perdiendo. Reconocerlo es propio de alguien tremendamente deportivo pero, sobre todo, competitivo. Enhorabuena.   

*Raimundo Ortega, socio de Jones Day.

Tribuna

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