Por qué, 50 años después, he dejado de ser un aficionado del FC Barcelona

50 años de barcelonismo concluyen por la estrategia tomada por el club, la cual no tiene en cuenta a los seguidores españoles de fuera de Cataluña

Foto: Leo Messi durante su partido frente al Girona. (EFE)
Leo Messi durante su partido frente al Girona. (EFE)

Cuando has nacido tan en el Mediterráneo como Joan Manuel Serrat, cuando has dado tus primeras patadas a un balón en las empinadas calles del Turó de la Peira, casi a los pies del Tibidabo, y cuando eres el pequeño de tres hermanos que se pasan el día hablando de fútbol y del Barcelona, ser azulgrana se convierte en tu estado natural. Y aunque tus padres sean segovianos y todos tus ancestros hundan sus raíces en la Castilla milenaria de Fernán González, eres y te sientes tan del Barça como un catalán del Eixample cuyos cuatro primeros apellidos fuesen Bassols, Gramunt, Ripoll y Sabater.

Da igual que con sólo cuatro años de edad las circunstancias familiares determinen el traslado a la mismísima Madrid, o que en tu primer colegio del barrio de Las Peñuelas seas el único de la clase que apoyas al Barcelona. Porque estás en esa edad en la que fraguas tus sentimientos pioneros y ya te crees capaz de defenderlos, y un tal Johan Cruyff, reforzado al año siguiente por su compatriota Neeskens, te ayuda a sacar pecho en el recreo cuando el debate se anima en mitad del partidillo. Aún hoy recuerdo de corrido buena parte de aquella plantilla entrenada por Rinus Michels, con De la Cruz, Migueli, Rifé, Asensi, Costas, Rexach o Clares, y Sadurní o Mora como porteros.

En Madrid hay mucha gente del Barça

Cambié de colegio varias veces, y mi carta de presentación seguía siendo azulgrana cada vez que debutaba ante nuevos compañeros. Igual que en la Complutense cuando empecé a estudiar Periodismo. Y cuando conocía a una chica y terminaba apareciendo la famosa pregunta “¿de qué equipo eres?”. Es curioso cómo en la capital muchos te preguntan si eres merengue o colchonero, pero basta con arquear algo las cejas en ese instante para que tu interlocutor descubra la respuesta correcta: “¿Del Barça?”. Y eso sucede porque en Madrid hay mucha gente del Barça, incluso personas sin conexión alguna con la Ciudad Condal o su comunidad. Es un equipo ganador, y eso vende. Y por eso la marca ‘Barça’ se extendió más allá de nuestras fronteras, convirtiéndose en un fenómeno deportivo universal que solo encuentra parangón en el Real Madrid o en contadísimas escuadras inglesas o italianas.

El descabello a mi barcelonismo llegó en el 1-O, cuando en el último momento decidían jugar el partido con las puertas del Camp Nou cerradas

Las victorias del Barcelona me ayudaron a mantener viva la llama azulgrana en todo este tiempo, aunque también estuve al pie del cañón en los periodos de sequía, inevitables. Una especie de embajador del Barça en Madrid ante amigos y compañeros, pero sin sueldo. Sólo pasión, sentimiento y cariño a los colores, con independencia de quién estuviese al frente del club: Montal, Núñez, Gaspart, Laporta, Rosell… Más que nada, porque yo jamás he sido un seguidor del equipo como institución, sino más bien un admirador de las plantillas que temporada tras temporada han agrandado la leyenda barcelonista, y sería interminable nombrar a todos los que, con su juego, me han hecho vibrar en estas cinco décadas y me han permitido disfrutar siendo azulgrana a 620 kilómetros del Nou Camp.

Sin embargo, algo se torció un día. No sé cuándo exactamente, pero vemos ya en qué ha terminado. El Fútbol Club Barcelona, quizás el mejor activo de Cataluña y de su bella capital, decidió acrecentar una catalanidad mal entendida, pasando por alto que el mayor porcentaje de sus aficionados vivíamos fuera de aquella región y podíamos tener las opiniones más diversas. Idiosincrasia, que dirían algunos. Nos unía el barcelonismo, pero empezaban a proliferar los mensajes excluyentes en las gradas, y el club parecía encontrarse cómodo con aquella nueva atmósfera, que pasaba de un nacionalismo más o menos indisimulado, y en cierto modo entendible, a un soberanismo activo que finalmente ha desembocado en lo de estos últimos días.

Barcelonistas insultando a barcelonistas

En este sentido, los pilares de mi barcelonismo recibieron ya un mal golpe cuando entidades de dudoso origen, y alejadas del mundo del deporte, empezaron a orquestar actos de agravio al himno de España con ocasión de las finales de la Copa del Rey. Barcelonistas insultando a barcelonistas mediante sonoras pitadas. Y mi apoyo al Barça también se tambaleó cada vez que, contraviniendo las normas de la UEFA, cientos de seguidores ondeaban esteladas independentistas en los estadios europeos con la aquiescencia del club. De nuevo, barcelonistas insultando a barcelonistas. Y en las distancias cortas, ese paisaje anacrónico, excluyente, balcanizado y palurdo (no tanto por lo que se reclamaba, sino por el lugar donde se hacía) daba paso a situaciones de lo más ridículas, como cuando acudí al Camp Nou en abril del 2014 con un amigo madridista para asistir a un Barça-Atlético de Madrid de Champions, y al entrar a la zona VIP una azafata, imagino que tras descubrir nuestro castizo acento de ‘Madrit’, nos preguntó con aparente simpatía si éramos del Atlético.

Tras nuestras respuestas, sinceras, y confiada por mi declarado barcelonismo, se dirigió a mi en tono ciertamente desafiante y, mirando a mi acompañante me espetó que “a estos del Real Madrid no habría que dejarlos entrar”. ¿Anécdota o síntoma? El caso es que a mis 50 años, y con medio mundo recorrido con los ojos y los oídos muy abiertos, a uno se le agotan las dosis de aguante frente a los fanáticos. Mis ‘baterías’ de apoyo al Barça, de hecho, se encontraban ya bajo mínimos, y en los últimos meses veía los encuentros del Barcelona con la efusividad que uno presencia un Argelia-Senegal del Mundial Sub 16. El descabello a mi barcelonismo llegaba con ocasión del reciente 1-O, cuando en el último momento decidían jugar el partido contra el Unión Deportiva Las Palmas con las puertas del Camp Nou cerradas. Gradas vacías para, según la directiva de Bartomeu, transmitir al mundo lo que sufre el pueblo catalán por culpa de España. Pero por ahí, ya no paso. Se me acabó el amor.

*Pedro Martín es periodista del mundo del motor y exaficionado del Barcelona

Tribuna
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