Por qué la gente sigue queriendo a María de Villota

A María de Villota no se la 'mide' por décimas, poles, podios o victorias, sino por los valores que la llevaron a ocupar un puesto en la Fórmula 1. Y era mujer y escuchó mil veces que no lo conseguiría

Foto: María de Villota en un acto de febrero de 2013. (EFE)
María de Villota en un acto de febrero de 2013. (EFE)

Pasaban las dos de la tarde cuando en la bandeja de entrada del email recibimos en El Confidencial un texto de la familia de María de Villota: había acuerdo judicial con el equipo Manor (exMarussia), quien admitió que la española no pudo hacer nada por evitar el accidente. No fue su culpa. Lo 'enchufamos' en portada y -pese a estar caliente el 'independence day' catalán- se posicionó como la noticia más leída en esos momentos del periódico. Más allá del morbo de un fallecimiento, la gente quiere a María y la recuerda. Nos quedamos sorprendidos del interés que despertó al cumplirse justo cuatro años de su marcha. Un día después llegó el contraste: “No es justo ser comparado con los hombres porque nosotras nunca llegaremos al mismo nivel”, pronunció la piloto Carmen Jordá en un acto. Ni mejor ni peor, sino una visión diferente.

El Legado de María de Villota es un proyecto sin ánimo de lucro que pretende mantener vivos los valores de perseverancia, esfuerzo, sacrificio o tenacidad que representaba la madrileña en la sociedad. Sacó los codos en un mundo de hombres hasta llegar a ser la tercer piloto de un equipo de Fórmula 1. Y pilotó un monoplaza e hizo historia. Se convirtió en referencia e inspiración para las mujeres -como, por ejemplo, han admitido las promesa españolas Marta García y Marta Ariza-. Escuchó cien veces que no podía… y pudo.

Su filosofía de vida era contraria a la frase de su compatriota Jordá, quien matizó posteriormente: “Creo que un campeonato de mujeres de Fórmula 1 nos daría la oportunidad de alcanzar nuestros sueños y competir de igual a igual, como en otros deportes”. María -no se cansó de repetirlo cada vez que se lo preguntaban- alcanzó su “sueño” de estar en Fórmula 1. “En una Fórmula 1 de hombres”, como alguna vez se refirió.

María, una cabezota rápida

El público nunca juzgó a María por una vuelta rápida o porque, el día que hizo su primer test de F1 -con Renault-, se quedara a menos de dos segundos de la mejor vuelta del piloto oficial Romain Grosjean (calculaban, al ser su primera vez, que se quedaría a 5 o 6…). Aquella velocidad al volante fue absorbida por la proeza de haber llegado a la F1 gracias a no rendirse nunca. Este factor superó al de las décimas.

María no estaría del todo de acuerdo con el enfoque de Carmen. Quizás, tampoco otras mujeres como la campeona del Dakar Jutta Kleinschmidt, la piloto de enduro Laia Sanz, Danica Patrick, Christina Nielsen, la piloto de motociclismo Ana Carrasco, Susie Wolff, Cristina Gutiérrez… Tal vez alguna apoyaría dividir entre hombres y mujeres, o no; pero seguramente ninguna pensase que la mujer no pueda llegar al nivel de un hombre pilotando. Opinión de Carmen, en cualquier caso, respetable.

“Superación en la dificultad. Disciplina en su preparación. Perseverancia en sus objetivos. Optimismo como actitud. Espíritu de equipo y sacrificio. Determinación en la toma de decisiones. Empatía con las personas que la rodean y Familiar, fueron sus valores y señas de identidad”. Con estas líneas se autodefine el Legado María de Villota. A María, la gente la recuerda y la quiere no por ganar carreras o subirse a podios, sino porque fue una mujer que se abrió paso en un mundo, teóricamente, que no era para ella. Ese fue su triunfo y el ejemplo que sirve de inspiración a la sociedad (mujeres y hombres).

En lo personal, para quienes tuvimos la suerte de conocerla, puso las cosas complicadas para ser 100% profesional con ella. Un periodista puede tener trato y confianza con un protagonista, pero ha de tener precaución de no superar una línea para que, a la hora de juzgarla, no entre en conflicto la relación personal con su rendimiento (en este caso) deportivo. Me fue imposible y debí tirar la toalla… Y ahora, cada vez que alguien ve su libro en mi casa, me apresuro a decir orgulloso “era mi amiga”, y explico por qué era tan fácil quererla, y por qué la gente la sigue queriendo.

Tribuna
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