La (no tan) extraña manía de Zverev de dejarse caer en los grandes torneos

Alexander Zverev es el tenista del futuro, pero también es uno de los mejores del presente. Compite todo el año, pero aún es incapaz de sobrevivir a cinco sets. Le falta físico y psicología, pero llegará

Foto: Zverev, tras su derrota con Thiem. (EFE)
Zverev, tras su derrota con Thiem. (EFE)

Alexander Zverev es el siguiente gran acontecimiento del tenis. Aún parece algo enclenque para el físico que puede llegar a tener, pero todo lo demás está ahí. La derecha, el revés, el servicio, la movilidad, incluso la inteligencia táctica. Con 21 años está número 3 del mundo y es el primer tenista desde Federer-Nadal-Djokovic-Murray que llega tan alto recién llegado a la veintena. Zverev, no lo duden, es lo mejor que viene en el tenis. Y eso hace mucho más difícil explicar por qué no gana.

En su duodécimo torneo de grand slam ha llegado, por fin, hasta cuartos de final. Allí se ha encontrado a Dominic Thiem y el austriaco le ha asfaltado sin piedad. 6-4, 6-2 y 6-1 no muestra un partido competido, y es que no lo fue, el alemán se perdió desde muy pronto y no encontró en ningún caso el camino de vuelta. Hace unas semanas, en Madrid, Zverev había ganado la final. La siguiente semana, en Roma, había puesto contra las cuerdas a Rafa en la final -para terminar hincando la rodilla, sí, pero con Nadal eso debería ser suficiente- mientras que Thiem se iba a las primeras de cambio en ese mismo cuadro. Pero llegó París y no hubo color, Zverev naufragó.

No es que no hubiese dado síntomas antes. En las tres rondas previas había vencido a Lajovic, Dzumhur y Khachanov en cinco sets. Se podía ver como un cambio en su vida, podía llegar al quinto set con la suficiente frescura para ganar. En ambos casos llegaba por detrás y ganaba al final ¿por fin Alexander? No, la verdad es que no. Porque además, esos partidos a cinco eran en sí mismos una alarma, se enfrentó a tres jugadores que no deberían estar a su altura en ningún caso y que le habían puesto contra las cuerdas. La épica esconde en ocasiones una fontanería defectuosa.

Está claro que Zverev tiene juego para ganar en cualquier superficie y cualquier torneo. Con 21 años tiene ocho torneos profesionales, incluyendo en la suma tres Masters 1.000, el segundo nivel en importancia dentro del mundo del tenis. Es el número 3 del mundo, solo superado por Nadal y Federer, lo que habla de una notable regularidad. Y, con todo eso, su mejor torneo de grand slam no es otro que este Roland Garros en el que ha decepcionado desde el principio, ha ido comprando boletos para ser la sorpresa negativa del campeonato y ha terminado revolcado por Thiem. Pero es que antes de eso solo había llegado una vez a octavos de final. Lo normal es que decepciones, y cuando has entrado en el cuadro final de 12 grandes eso ya empieza a ser alarmante.

¿Qué falla? Lo primero en venirse a la cabeza tiene que ver con el físico. La diferencia técnica entre un grand slam y el resto de torneos del curso no son los rivales o el ritmo, sino que los encuentros son al mejor de cinco sets, lo que implica partidos más largos y más cansancio. Es relativo esto último, en la mayor parte de torneos los partidos se juegan sin días de descanso, cosa que no pasa en los grand slam. Es cierto, los partidos son más largos, pero también suele haber un tiempo de descanso que normalmente no existe en otros eventos. Además, en las primeras rondas suele haber rivales menores cuando eres un jugador del ranking de Zverev, lo que en principio debía propiciar menos tiempo de lucha. En este caso, claramente, no es así.

El físico y la psicología

Es cierto que los partidos a cinco sets también hay que saber ganarlos, economizar esfuerzos y encontrar el ritmo necesario para cubrir todo el tiempo del mismo modo. Zverev eso aún no lo entiende, y es cierto también que su físico está por construir aún. En eso, además, hay una de las alarmas más evidentes con Zverev, y es que algunos de los que le conocen, incluido Juan Carlos Ferrero, señalan que no es un enorme trabajador. Y en el físico hay atajos, pero son ilegales. Lo que se esfuerce el cuerpo terminará pesando en la construcción de un jugador más sólido.

Esto también tiene vuelta atrás. Sabido es el caso de Novak Djokovic, que sufría con los partidos largos y parecía siempre insuficiente en físico hasta que cambió su dieta, según cuenta la historia oficial de su transmutación en uno de los físicos más resistentes del circuito. El serbio desterró el gluten de su vida y se puso a la altura -o más bien por encima- del resto de tenistas del mundo hasta conseguir, junto con su brillante juego, asaltar los cielos de la ATP y ganar 12 torneos mayores.

A falta de un remedio milgroso, que es la excepción y no la regla, hay que fijarse en otro detalle que a veces pesa mucho más que las piernas: la psicología. También es necesario aprender a ganar en grande. Tampoco es que esté por detrás del calendario, Roger Federer ganó su primer grande cuando estaba cerca de cumplir 22 años, lo cual le hacía un joven muy prometedor con la misma edad de Zverev. Antes de aquello tampoco había entrado nunca en semifinales de ninguno de los cuatro torneos clave de la temporada. Y hoy a nadie se le ocurriría pensar que aquello fue tarde, cuando eres el mejor de todos los tiempos todo está bien.

Con él también había cierto runrún. Un talento colosal, casi nunca visto, pero que no gana. Es una historia parecida a Zverev que, en buena lógica, también tirará esa puerta. Lo anómalo en el tenis, en la vida en realidad, es ser un titán con 18 años como lo era Rafa Nadal. Y lo normal, cuando tienes las herramientas con las que cuenta el alemán, es que en algún momento todo se alinee hasta convertirle en un gran campeón. El alemán puede incluso alegar que ahora es más difícil que nunca triunfar en el circuito, que los jugadores son más longevos que antes y eso hace que las estrellas permanezcan más tiempo en el tenis. Todo es más duro que antes, Nadal tiene 32 años y con esa edad son poquísimos los que lograron ganar un grande.

A Rafa hace poco le preguntaron por este caso en concreto. Por la incapacidad aparente de Zverev de sobrevivir a la tensión de un evento de este tamaño, algo no muy diferente a lo que le ocurre a Jon Rahm en los grandes. Nadal lo tiene claro y así respondió: "Pregúntame de nuevo dentro de dos años". El problema no es tanto si llegará sino cuándo llegará. O eso se supone. Demasiado tenis para que no cuaje.

Tribuna

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