Me rechina este Mundial moderno

El fútbol nunca fue tanto de los futbolistas, pero ellos jamás tuvieron tan poco que aportar más allá del césped

Foto: Ronaldo se reivindica, una vez más, tras marcar contra Marruecos. (Reuters)
Ronaldo se reivindica, una vez más, tras marcar contra Marruecos. (Reuters)

El primer proyecto personal del que tengo recuerdo fue en 1990. Le pedí a mi madre que me comprase seis cintas vírgenes, de la mayor duración posible, para grabar todos los partidos que emitiesen del Mundial de Italia. Tan planeado lo tenía que cortaba las grabaciones justo en el minuto 90, sin concesiones al tiempo extra, para que me cupiesen tres partidos en cada una. Todavía las guardo, graciosamente etiquetadas cuando apenas sabía escribir, y no quiero recordar las veces que las he revisado en los años posteriores.

Como cualquiera, disfrutaba mucho con el espectáculo paralelo al fútbol. Me gustaba ver las rastas de Valderrama, las locas salidas de Higuita, el bailecito de los cameruneses con cada gol, las rabietas de Gascoigne en pleno partido y ese "¡me lo merezco!" racial de Míchel contra Corea del Sur. Eran las notas de color a un espectáculo en el que primaba el juego sobre todo lo demás.

Roger Milla celebra un gol en el Mundial de Italia. (Reuters)
Roger Milla celebra un gol en el Mundial de Italia. (Reuters)

Treinta años después los papeles se han invertido. El Mundial, ahora que lo veo de cerca, es un espectáculo de marketing que pone como excusa al fútbol. Se parece más a eventos como el wrestling, el Pressing Catch aquí, en donde todos los actores se reúnen durante dos horas para ofrecer un producto televisivo de primera magnitud. Un acuerdo tácito, al final, entre varios agentes para engrasar y exprimir una industria, la del fútbol, que se ha revelado lucrativa como pocas. Nada de esto es nuevo, lo sé. Será que me hago viejo, pero en la semana de campeonato que llevamos no he dejado de ver cosas que me rechinan, como aficionado y como periodista.

- Me rechina que Piqué y Griezmann mercadeen con las ilusiones de dos aficiones más que centenarias, las de Atlético de Madrid y Barcelona, solo para crear un producto de consumo a partir de una decisión importante. Y me preocupa que estos jugadores se vean tan empoderados que ni se dignen a pedir perdón cuando los clubes y sus seguidores les afean la jugada. Que se sepan en el centro de los focos y lo demás les parezca complementario, poco más que ruido alrededor de su fama y fortuna.

- Me rechina que Lopetegui crea que puede anunciar su fichaje por uno de los equipos con más jugadores en la convocatoria de España y pensar que todo puede seguir igual. Que no se quiera dar cuenta de que no se puede compatibilizar un Mundial con la preparación del equipo más mediático y popular del planeta. Y me preocupa que él y Florentino Pérez, españolísimos ambos, no solo antepongan sus intereses personales a las ilusiones de todo un país, sino que se permitan la licencia, apenas dos días después, de decir que se han hecho muy mal las cosas en la federación, como si el problema nada tuviera que ver con ellos.

Messi mostró una actitud indolente ante Croacia. (Reuters)
Messi mostró una actitud indolente ante Croacia. (Reuters)

- Me rechina que Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos, se pase un partido vital como el de Croacia caminando por el césped, displicente, dejándose como capitán, como si ya hubiera ganado cinco mundiales y aquí viniese a despedirse del fútbol. Y me preocupa que tanto él como sus compañeros de equipo desairen a su entrenador en pleno Mundial, si no terminan por derribarlo, porque significa, otra vez, que se sienten por encima de la jerarquía que ha imperado en este deporte desde 1863.

- Me rechina que Cristiano Ronaldo, el mejor competidor de todos los tiempos, el tío que está llevando a su selección a las espaldas, se pase el partido ajustándose la camiseta, buscando la menor oportunidad para lucir pectorales o poniéndose de puntillas para lucir mejor en la foto. Mejor que sus compañeros, quiero decir; es más, me rechina que no dedique jamás un comentario de elogio a sus compañeros en público o que espere a que le graben las cámaras para hacerle una carantoña al niño de turno. O que Neymar, minutos después de querer engañar a un árbitro delante de todo el mundo, se tire en mitad del campo a llorar, como si el vestuario no estuviese a 40 metros. Cuando no está encendido el piloto rojo, créanme, estos chicos no son así. Si pueden ni se acercan a los aficionados. Y me preocupa que creen escuela, que los niños sigan un modelo basado en la egolatría, los peinados extravagantes y la búsqueda obsesiva de reconocimiento. Nadie les dice a los chavales que Cristiano y Neymar son quienes son porque trabajan incansablemente y, sobre todo, porque poseen unas condiciones innatas para este deporte.

Neymar llora en mitad del campo tras ganar Brasil a Costa Rica. (Reuters)
Neymar llora en mitad del campo tras ganar Brasil a Costa Rica. (Reuters)

- Me rechina que los aficionados, los que ven el Mundial desde casa y lo siguen por los medios, se preocupen más por los fichajes de su equipo y por la eterna discusión entre quién es mejor, si Messi o Cristiano, en lugar de apoyar sin fisuras a sus selecciones. Que los del Atleti defiendan a Costa sobre todas las cosas o que los del Barça solo se preocupen de que Messi no se lesione. Que lean esta descarga de opinión buscando interpretaciones en clave de antimadridismo, antibarcelonismo o lo que les convenga según sus colores. Que personalicen los fracasos colectivos y sometan a los jugadores a una tormenta de insultos y vejaciones cuando sus expectativas se ven frustradas. Y me preocupa que los medios, siempre adaptándonos al gusto del consumidor, contribuyamos a devaluar la fiesta mundial del fútbol en favor de un teatrillo de nombres y figuras que solo responden a su gloria personal.

- Me rechina que los otros aficionados, los que van a los estadios, se bajen del avión con la acreditación colgando del cuello y tengan un minubus esperándoles para sentarles en su localidad asignada. Que cada vez sea menos la gente capaz de pagar el dineral que cuesta una entrada, un vuelo y un hotel en el Mundial. Que no les dejen lucir pancartas, sacar dinero con una tarjeta que no sea la oficial -en este caso Visa- ni fumarse un cigarro en las gradas. Y me preocupa que la mayoría vengan invitados por la multinacional energética o la 'teleco' de turno, siempre en connivencia con la FIFA y sus respectivas federaciones.

Dos aficionadas chinas en el partido de Sochi: una viene por Cristiano y la otra por Iniesta. (A. P.)
Dos aficionadas chinas en el partido de Sochi: una viene por Cristiano y la otra por Iniesta. (A. P.)

- Me rechina que las selecciones se acuartelen en un estadio, como España, y que a los medios solo nos dejen estar cerca, pero nunca mezclados con los jugadores. Que cualquier contacto con ellos deba ser programado, requerido y supervisado formalmente, eliminando cualquier conato de naturalidad y fomentando una estandarización del mensaje que no hace sino desalentarnos a informar. Que los jugadores se permitan negar la mayor, contradiciendo por completo lo que todos hemos visto sobre el césped, y que a la mínima insistencia se marchen airados. Y me preocupa que los profesionales tengamos que buscar enfoques, apuntalar lo poco que sabemos con una interpretación, solo para intentar explicar la verdad de lo que pasa en las concentraciones. Y que muchas veces fallemos a consecuencia.

- También me rechina, aunque a otro nivel, que todos los jugadores lleven el mismo peinado y sean físicamente intercambiables, que celebren los goles igual, que los gordos, los calvos o los tíos a los que le faltan dos dientes sean especies en extinción. Que a Letchkov le harían un cacheo intensivo si fuese a un partido de este Mundial. Que ni siquiera sepan ya posar para una foto de equipo. Y me precupa que nadie salga con tres defensas, o con dos delanteros, y que no levantemos la voz porque los partidos empiecen en el minuto 70, cuando uno de los equipos marca y el otro se ve obligado a adelantar líneas.

Como decía, nada de esto es nuevo, sino la propia evolución de un sector en 'boom', pero cada noche leo con nostalgia dos de los libros que he traído a Rusia y echo de menos unos viejos tiempos que ni siquiera he vivido. Son 'History of the World Cup', de Brian Glanville, y 'Cuando éramos los mejores (pero no ganábamos nunca)', de Luis Martín, memorias de cuando esto era un espectáculo futbolístico y detrás de cada uno había una historia que contar. Y por supuesto que el Mundial sigue siendo la mejor cita futbolística del mundo pero, a mí edad, me preocupa a dónde nos llevará este camino. De modo que permítanme que, de cerca y con las cintas del Mundial 90 todavía como asidero sentimental, me rechinen unas cuantas cosas del fútbol moderno.

Tribuna
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