el guardameTA anuncia su jubilación

Casillas se retira: despedida de un escritor culé al portero que parecía infranqueable

Se marcha el jugador que traumatizó a dos generaciones azulgranas y dio a España los mejores años de su historia

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Iker Casillas tenía cara de cromo. A todos los futbolistas se les pone (salvo, quizá, a Spasić) así que tampoco es tan extraño. Solo que al portero hasta eso le cambió un once de julio. Apenas suspiro, pelota que da en la rodilla, balón que se desvía. Ahora Iker tiene aspecto de icono catedralicio. La mala suerte es que sale en la instantánea con el gesto agarrotado, con el rostro que se gira, con escorzo poco elegante. La buena suerte es todo lo demás. Todo lo demás. (A Robben aquel mismo momento le cambió la expresión de cromo por la de cenizo, tan calvo y 'oranje'… Sic transit gloria mundi).

Quizá a los más jóvenes se les haga imposible imaginarlo, pero hubo un tiempo en el que Iker Casillas (Móstoles, 1981) era ese chavaluco desconocido que chupaba titulares por rocambolesco. Su destino, no él, que siempre fue tirando a discretito, ya veremos. Noviembre de 1997 (qué viejos somos), cuando el director de su instituto entró en clase de Diseño y se llevó a Casillas fuera del aula. Casi nunca es sinónimo eso de buenas noticias, pero, en fin, aquella fue la excepción, porque Iker siempre tuvo ángel. Dieciséis añitos y se sube a un avión rumbo a Rosenborg. Como viaje de fin de curso es algo flojo porque hace mucho frío, pero para jugar la Champions League viene genial. A eso fue él. A compartir hotel con Seedorf, con Mijatovic, con Suker. Esa gente. De aquella experiencia quedan imágenes adolescentes de Casillas con uno de esos jerséis horribles que llevábamos en los noventa y hoy da grima verlos. Esperen, esperen al revival y los sufrirán también ustedes.

Todo le salía bien a Iker, porque parece que ha ido preparando él mismo su propio guión

Era el principio de una aventura que ha durado más de dos décadas. Ahí es nada. Vistas las últimas estaciones uno pudiera pensar que la cosa fue complicada, incluso polémica. Y no. Nada más lejos. Si hasta parecía que el destino confabulase a favor de Casillas. Para ir a Noruega sin espuma de afeitar en la maleta. Para debutar después con el Real Madrid, esperar sus oportunidades, aprovechar lesiones de Illgner y Albano Bizzarri, asentarse como primer portero. Algunas dudas. Nervios, las clásicas cantadas que todo el mundo comete al principio. No importaba, Iker había entrado por el ojo a la afición del club. Los clásicos hablaban bien de su pedigrí, porque llegar desde la cantera ya te da puntos. Los jóvenes veían en él alguien de su edad triunfando en el equipo soñado, y como la juventud es así de optimista tomaban eso por esperanza en lugar de por depresión. El futuro ante él.

Y luego… recelos. Vicente del Bosque, ese señor tan tranquilo, parece perder poco a poco su fe en Casillas. Tanto que acaba poniendo de titular a César Sánchez durante gran parte de 2002. Y hay cuchicheos, que es cosa también muy de jugadores jóvenes. Que igual no está todo lo centrado que debiera. Que mira qué noche más bonita hace. Que, joder, ya está amaneciendo. Leyendas, en fin. Hasta eso le sale bien a Iker, porque parece que ha ido preparando él mismo su propio guión. Muy de superación, les aviso…

Ustedes van a leer un montón de hagiografías sobre el personaje durante estas jornadas. Tiene palmarés de sobra para ello, claro. Pero hay otra cosa que lo hace atractivo. Era portero. Y los escritores, desengáñense, somos (casi todos) porteros. No por gusto, sino por malos. O por gorditos. Los últimos a los que escogían en el patio, vaya. Ese, el raro del libro, que se ponga entre dos piedras y moleste poco. Seguro que la mayoría les hablaremos de aquel 15 de mayo de 2002. Porque nos cuadra muy bien en los retratos, de tan icónico. La volea del francés, la lesión de otro cancerbero (mira que hay sinónimos horteras en el mundillo del fútbol). Casillas que sale y empieza a pararlo todo. A veces por intuición, otras con reflejos. Algunas, claro, de pura potra. No importa, Napoleón preguntaba a sus generales si “tenían suerte”, porque eso le parecía muy importante. Pues aquí igual. El chavalín que acaba llorando, recordando quién sabe qué. En fin.

A mí Casillas, de aquella, me daba bastante rabia, porque yo soy del Barça. Sin aspavientos, que no tengo edad… pero del Barça. Ser del Barça en la época de Joan Gaspart tiene un punto de ironía posmoderna a posteriori, pero entonces escocía un montón. Por eso lo de la rabia. Porque hubo unos años en que Casillas parecía infranqueable (si eras culé). Y mira que el tío ha tenido siempre sus defectos, ¿eh? (el juego de pies, pse… las salidas, pse… una cierta tendencia a quedarse bajo palos acrecentada con los años, pse) pero es que no había manera. Kluivert tira de cerca, paradón. ¿Rochemback lo intenta desde lejos? Mano salvadora. Mira qué cabezazo más bonito de Zenden… le pega en el pie. ¿Volea espectacular de Petit? La saca con el culo. Sí, tenía suerte, claro, solo que cuando tantas veces los dados acaban sacando un seis igual tendrías que mirar por si alguien hace trampas, ¿no? Y él parecía hacerlas. Cómo fastidiaba eso. Cómo fastidiaba…

Hubo años en los que Casillas parecía infranqueable (si eras culé)

Porque, además, seguía siendo jovencísimo. Casillas tuvo 17 años durante más de un lustro, igual que Raúl antes o Messi más tarde, por ejemplo. Ocurre en todos los deportes, no se crean, con quienes debutan muy pronto, que pasan de ser promesas ilusionantes a veteranos con oficio (el veterano con oficio en Primera es quien sabe posicionarse… a partir de Segunda B es ese que pega patadas fuertes sin que se note). En fin, privilegios. Así que siendo un chaval se hizo también con la titularidad en la Selección Absoluta. De forma peregrina, claro, porque oye, que se le caiga a tu compañero un bote de colonia y lo vaya a parar con el pie, produciéndose el consiguiente corte y lesión pues ya me dirán ustedes cómo definirlo. Es lo que tiene la fortuna, que para que a unos les sonría a otros les debe hacer un corte de mangas.

En la selección Casillas se chupa muchas decepciones, porque no acabas con 167 convocatorias sin salir llorando unos cuantos veranos. Que esto no es Alemania ni Brasil, amigos. Pero, novedad, Iker también celebra cosas. Cosas. Dos Eurocopas y un Mundial, nada menos. Actuación decisiva en todos los lados. Parando penaltis, por ejemplo (el último portero español que paró un penalti en un partido importante fue Ricardo Zamora, si hacemos caso a la memoria ceniza de toda una generación). O teniendo potra, vaya. Lo importante que es eso. Porque lo de Robben es error del neerlandés, queridos, no le den más vueltas. Error. Cagada gorda, vaya. Para que le metan en el cuadro de La rendición de Breda. Allí, al fondo, avergonzado. Pues eso, que tiro al muñeco (a la pierna del muñeco) y los dos entran en la Historia. Qué jodida, la Historia, qué formas raras de mirar tiene.

Ya no tenía cara de niño (acababa de pasar de los 17 a los 29 años del tirón, sin crisis ninguna) pero reunía una colección de fotos chulísima. Trofeos variados, escudos distintos. Alguno hasta pensó si no merecería un Balón de Oro, pero la idea se fue al limbo (o igual la despejó Yashin de puños). No importaba, porque las baratijas tampoco importan tanto, salvo que tú les quieras dar importancia…

Iker comenzó a conocer el banquillo con Mourinho

Y en esto que llegó Mourinho al Real Madrid, y todo pareció quebrarse, porque el portugués es de esos que imponen el maniqueísmo allá por donde van. Como Nietzsche pero sin bigotón. Los dos primeros años hay tiranteces (dicen), caras largas (cuentan) y todo eso que a veces ves en las parejas de amigos y conocidos sin comentarlo en voz alta. Y al tercero explota. Casillas empieza a visitar el banquillo un montón (luego, ironías de la vida, haría anuncios para un despacho de abogados) y se filtra a la prensa que él era quien filtraba a la prensa.

Lo llaman “topo”, y cosas por el estilo. En el Bernabéu pasa algo curioso. Los ancianos siguen venerándolo, los más jóvenes ya no son tan jóvenes como él, y se alinean con el luso (de forma general, ¿eh?, no lo tomen como una tesis). El clima es raro, casi de guerra civil. Los culés, paradojas de la vida, ni siquiera lo disfrutamos en exceso, mitad por respeto a las leyendas y mitad porque la angustia vital forma parte de nuestro ADN. Ojo, Casillas ayudaba, no se crean. Sus mejores tiempos habían pasado (también, seguramente, los suyos, admirado lector, porque los mejores tiempos duran muy poco tiempo), y aquellos problemillas imberbes con las salidas o el toque se agudizaron. Hasta en la selección empezó a tragar sapos (y tiros raretes), con un Mundial de 2014 que se convirtió en todo un homenaje a la historia futbolística de España y los tebeos de Mortadelo…

Así que Casillas hizo lo que todos los chavales que empiezan a notar clima cargado en casa: hacer un Erasmus. En Oporto, que es ciudad muy estudiantil, y tiene librerías de lance chulísimas, créanme. Salió por la puerta de atrás, amparado en eso de “no es una retirada, sino un fichaje por otro equipo”. Da igual. No se había dejado caer Duero abajo y ya tenía saudade. Y mira que allí tuvo éxitos también. Y, sobre todo, el cariño de la gente, que renta mucho más a estas alturas. No era el mismo, claro, cómo iba a serlo. Pero cumplía. Hasta el final. Hasta ese momento que lo arrancó directamente del campo. Para qué extendernos, si ustedes ya lo saben.

Hoy Iker Casillas se va. Recién cumplidos los 17 años (creo), y ya abandona el fútbol. Un jovencillo. Tendrá otras cosas que hacer. A partir de ahora le toca despejar preguntas incómodas. Y descansar un ratito los fines de semana, que ya va siendo hora…

Tribuna
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