Casillas, un adicto al halago incapaz de vivir sin su cuota de pantalla
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Albert Ortega

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Casillas, un adicto al halago incapaz de vivir sin su cuota de pantalla

El documental 'Colgar las alas' es un nuevo intento mediático frustrado de blanquear la decadencia del portero en sus últimos años

Foto: José Mourinho con Iker Casillas y Antonio Adán. (Efe)
José Mourinho con Iker Casillas y Antonio Adán. (Efe)

Qué importante es saber cuándo marcharse de un lugar. Mejor irse antes de que te echen, porque de lo contrario, lo más probable es que albergues un filón de rencor ilimitado en tu interior. Escribo estas palabras tras ver el último capítulo de ‘Colgar las alas’, el documental que narra la retirada del fútbol profesional de Iker Casillas en Movistar, y comprobar cómo el inexorable paso del tiempo no ha conducido a ‘El Santo’ a cambiar de estrategia, sino que ha perpetuado su deseo de pasar a la historia en el papel de mártir deportivo.

El enésimo intento de blanqueamiento mediático de la misma prensa que lo encumbró aún cuando su nivel individual sepultaba la competitividad del Real Madrid y la selección va dirigido a enjabonar el relato modélico del portero. Con Xavi Hernández y Gerard Piqué, tótems del barcelonismo, defendiendo y resaltando su valor como figura del deporte en nuestro país. Señal inequívoca de los bandos de aquella famosa guerra civil que vivió la entidad y de quiénes se alinearon con quiénes. En este sentido, la exhibición de onanismo audiovisual ha vuelto a colocar a un Casillas sediento de focos en la pantalla para recordarnos los motivos de sus reiteradas suplencias, así como su salida por la puerta de atrás del Santiago Bernabéu.

placeholder Iker Casillas junto a José Mourinho, en un entrenamiento. (Efe)
Iker Casillas junto a José Mourinho, en un entrenamiento. (Efe)

No era tirria lusa ni manía en los despachos lo que le condenó, sino un rendimiento insuficiente, aunque por entonces fue más sencillo confabular que afrontar la certeza. Alguien incapaz de asumir su espantosa decadencia y creerse más grande que una institución descomunal. Un capitán que en sus últimos años antepuso su deplorable nivel individual a la salud del grupo y eligió desestabilizar a través de sus tentáculos en las redacciones del país. Casillas, armado con el brazalete, dejó de actuar como tal desde el momento en que se quedó sin milagros y los entrenadores dejaron de tener piedad con él, pero lo usó en innumerables ocasiones como arma arrojadiza. Porque Iker sobrevivió al ‘malvado’ José Mourinho, pero no a su propio declive.

La hagiografía está íntegramente diseñada para volver a aupar a los cielos a Casillas y lapidar a quienes decidieron discutir que el nombre y la nostalgia (el famoso ‘con lo que nos ha dado’) no podían situarse por encima del rendimiento inmediato. Los elogios y las loas sobrevuelan el documental en todo momento, pero no hay ni rastro del clima irrespirable que creó Iker ni de su emponzoñamiento del vestuario cuando Mourinho decidió sentarlo. Sorprendentemente, tampoco existe un mínimo de autocrítica por parte de un deportista abonado a la inspiración y ajeno a la evolución de la posición de portero. Acomodado en las continuas alabanzas, ensimismado en sus fortalezas y olvidado del juego de pies, el dominio del centro lateral o el control de los balones aéreos.

Ni siquiera el refugio espiritual que supuso la selección en tiempos de zozobra blanca evitó la desaparición del guardameta de las competiciones internacionales. Ni un Vicente del Bosque que había mimado y protegido a Iker como el que más pudo enmascarar tanta cuesta abajo sin frenos y negar la evidencia. Como si de un tiro al pie se tratara, el portero reconoce haberse negado a disputar el partido clave de la fase de grupos de la Eurocopa 2016 ante Croacia en su documental porque “no se veía capacitado y quería darle continuidad y confianza a De Gea”.

En otras palabras, el teórico capitán de la selección, muestra de cinismo mediante, afirma haberse borrado en un momento clave de la competición. Al fin y al cabo, el guardameta se sentía tan ofendido porque Del Bosque no le hubiese dado un trato preferente y diferente al resto de sus compañeros que negó el auxilio al grupo. "Algunos nos hemos ganado el derecho a que, por lo menos, sea él quien nos diga si vamos a formar parte o no del equipo", comenzó diciendo Iker Casillas al referirse a su suplencia en la Eurocopa de 2016, donde de Gea fue el guardameta titular de la selección. ¡Pero cómo no iba a informarle al Santo de la decisión de enviarlo al banquillo! Ya ven, nimiedades que él explica con soltura total como si le estuviese haciendo un favor al actual cancerbero del Manchester United.

‘Qué despedida más injusta para alguien que ha dado tanto al club y a la patria’, pensarán algunos años después. La realidad es que no ha habido nadie que se haya encargado de socavar más su propia imagen como mito del madridismo y la selección que el propio Casillas. Acostumbrado a emerger de las profundidades del ostracismo, Iker no ha sabido convivir con el silencio. Necesita airear su pasado sistemáticamente y consumir su cuota de pantalla como un adicto al halago mientras el madridismo convive con su recuerdo distorsionado. Ahora vuelve al club, quizás por aquello de tener a los amigos cerca y a los enemigos aún más cerca.

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