La privatización de Novagalicia, un pasteleo de Feijóo y un gol mundial a la transparencia
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Agustín Marco

A Corazón Abierto

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La privatización de Novagalicia, un pasteleo de Feijóo y un gol mundial a la transparencia

Se dice, se sospecha, que en el reciente sorteo del Mundial de Fútbol de 2014 que se celebrará en Brasil ha habido tongo. Los videos que circulan por

Se dice, se sospecha, que en el reciente sorteo del Mundial de Fútbol de 2014 que se celebrará en Brasil ha habido tongo. Los vídeos que circulan por la red parecen demostrar que algunas de las bolitas estaban marcadas, lo cual no sería nada extraño visto el emparejamiento de los grupos, con selecciones designadas como cabezas de serie sin apenas méritos deportivos, y la turbia reputación de la FIFA a la hora de elegir sedes (Qatar, gran potencia del balompié) para disputar el segundo mayor evento deportivo del planeta.

Pues la privatización de Novagalicia no le anda a la zaga. El carajal del ministro de Economía y del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) a la hora de poner en marcha la venta de un activo que ha costado algo más de 9.000 millones a los españoles es para ser un caso de estudio de lo que no hay que hacer.

Después de cambiar las fechas en numerosas ocasiones, de modificar las condiciones y las reglas de juego, de invitar a candidatos que estaban descartados, de marear a los potenciales compradores con infinitivos reuniones en el Banco de España, este lunes, por fin, tras una última demora, los que quieran comprar la mayor red bancaria de Galicia tendrán que retratarse con las ofertas formales.

La subasta de la cajita gallega, que ha costado 9.000 millones a los españoles, ha sido tan manoseada y está tan viciada que los potenciales compradores sospechan que el candidato está designado de antemano

Sin embargo, ni con las propuestas encima de la mesa, ni Caixabank, ni BBVA, ni Santander, ni Guggenheim, ni el venezolano Banesco sabrán si su cheque será el ganador. La subasta, dirigida por BNP Paribas como asesor que arbitra con pinganillo, está tan contaminada que ni con la oferta más grande en ceros se podría colegir quién es el ganador del proceso. El motivo es que el ministerio de Luis de Guindos, que hasta la fecha ha hecho un trabajo inotable para poner en el orden el sistema, ha impuesto una baraja con tantos reversos que lo de que el que más paga se lleva el gato al agua puntúa casi cero.

Para empezar, los del FROB, que ya se cubrieron de gloria en las ventas –llámense regalos- de la CAM y de Banco de Valencia- han pedido dos ofertas a cada uno de los interesados. Una denominada base, que tiene que incluir los requisitos mínimos a partir de los cuales los compradores se harían con Novagalicia. Es decir, para entendernos, cuántas ayudas públicas (activos fiscales y colchón de pérdidas) necesitan para quedarse con esa empanada gallega surgida de la fusión de Caixa Galicia y Caixanova por la intercesión y deseo expreso de Alberto Núñez Feijóo. La segunda es la calificada como vinculante y que solo se tendrá en cuenta si el oferente acepta las mejores condiciones –menos ayudas- propuestas por uno de sus competidores y si pone algo de dinero fresco para salvar la cara al FROB. Las dos tienen que cursarse al mismo tiempo.

¿Qué persigue el Gobierno con este sistema perverso? A priori, tener la mayor flexibilidad posible, de tal manera que no se pille los dedos y no quede a expensas de uno de los candidatos, como sucedió cuando tuvo que subvencionar la colocación de la CAM a Sabadell con más de 10.000 millones a cargo de todos los ciudadanos de a pie y posteriormente con Banco de Valencia, con 5.000 millones metidos en vena a favor de Caixabank. Al cruzar las ofertas, puede exigir un mejor precio a los dos presuntos finalistas o menos ayudas, tal y como está haciendo Adif con la venta de algunos de sus activos.

Pero el innovador modelo huele a pasteleo desde la Costa da Morte hasta Tui. Si se pregunta en Banco Santander, en BBVA, en Caixabank o en algunos de sus asesores por cómo ven la operación, la respuesta que o están más mosqueados que un pavo en Navidad. No entienden nada y lo sospechan todo, especialmente los tejemanejes de Feijóo, que sigue aspirando a tener su banquito local, rescatado con dinero público, pero más gallego que el pulpo.

El presidente de la Xunta, que contribuyó y mucho al engendro actual del banquito local, se ha inmiscuido en el proceso para salvar una tierra golpeada por Pescanova, el enfado de sus votantes por las preferentes y de los empresarios que se sienten engañados

El líder indiscutible del PP en el norte de España está en horas bajas pese a haber ganado con holgura las últimas elecciones. Ha visto hundirse a Pescanova, tiene a los astilleros en pie de guerra, al proletariado indignado con las preferentes de la cajita de ahorros y a los empresarios locales y a los indianos –los que hicieron fortuna en Latinoamérica- cabreados por haberles hecho perder casi 100 millones en aquel rescate fallido a base de pasar la escudilla.

Un ambiente dañino que le obliga a movilizarse para mantener en La Coruña algo de poder. Y qué mejor que un banco, con su sede operativa y su sede fiscal –qué importante es ingresar en estos tiempos- frente al Atlántico. Por ese motivo, Feijóo se ha inmiscuido en un proceso que en teoría debería ser puramente financiero, donde los intereses que primaran fueron los del Estado en su globalidad, que por ello se ha rescatado con las arcas centrales, y no los de un gobierno local venido a menos. Más si se tiene en cuenta que la Xunta colaboró a la creación de ese monstruito llamado Novagalicia con enfrentamiento incluido con el Banco de España.

El caballo del político es Banesco, un banco venelozano cuyo tamaño es la mitad que la entidad gallega. No va solo, ya que lo hace de la mano de Guggenheim, el fondo amigo de José María Castellano, el presidente impuesto por Feijóo, renqueante de salud, que prometió traer bajo el brazo 1.000 millones de euros. De momento ha depositado uno. La espera puede que hasta le de la razón, lo cual sería una sorpresa porque aquí nadie da duros a cuatro pesetas. Pero lo que sería difícil de explicar a Guindos es la adjudicación de un banco español a uno de un país que ha esquilmado a entidades como Telefónica y BBVA con sucesivas devaluaciones adoptadas por el autoritario gobierno de los bolivarianos Chávez y Maduro. En la operadora, que este año vio esfumarse 873 millones por dicha medida, se temen otro sablazo en las próximas semanas.

Feijóo le ha cogido el gusto a esto de meterse a pastelero empresarial, con el silencioso visto bueno de Rajoy, también preocupado por la descapitalización de su tierra. Pese a ser un político regional, lleva año y medio interviniendo en el mal arreglo de Repsol con Pemex para que alguna naviera gallega se llevara un pedido de la mexicana para construir unos barquitos. Aquella reunión en el Parador de Pontevedra a principios de agosto de 2011 le delata. Allí se pusieron a los pies de la empresa pública latinoamericana entregando la cabeza y el alma de Repsol, con la aquiescencia de La Caixa, que ahora se siente traicionada. Esperaba los favores devueltos. Como decía un compañero, hemos perdido los zapatos para salvar los cordones. España en su máxima expresión.

Huele a pescado corrompido.

Sean felices.

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