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El suicidio filosófico de la economía según Camus

Pensar es aprender de nuevo a ver, dirigir la propia conciencia, hacer de cada imagen un lugar privilegiado. No queremos ver más allá de nuestra necesidad

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    Pensar es aprender de nuevo a ver, dirigir la propia conciencia, hacer de cada imagen un lugar privilegiado. No queremos ver más allá de nuestra necesidad inmediata, como solucionarla, sin meditar las consecuencias. Consecuencias a menudo desconocidas porque nos hemos negado a aprender, a asimilar conocimientos existentes, experiencias vividas, a sacar lógicas conclusiones y a actuar al calor de ellas.

    Es significativo que el pensamiento de nuestra época sea a la vez uno de los más impregnados de una filosofía de la no significación del mundo y uno de los más desgarrados en sus conclusiones. Desgarro producido por esa incapacidad de la sociedad en encontrar su camino.

    Es de nuevo el mito de Sísifo. El legendario rey condenado a subir la empinada ladera del monte, empujando cuesta arriba con sudor y sufrimiento permanente el pesado pedrusco, el cual acababa rodando de vuelta hasta el llano antes de alcanzar la cumbre. No tenía mas remedio que hacerlo remontar una y otra vez, para volverse a despeñar siempre, una vez tras otra, hasta el fin de los tiempos. Tiempos finales a los que nos vamos aproximando cada vez más rápidamente con cada escalada.

    No hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Una parábola de esta sociedad absurda donde vivimos para trabajar, incapaces de trabajar para vivir, y menos para gozar. Donde el objetivo es producir más, a menudo no mejor, acumular más bienes absurdos y consumir absurdamente cultura basura, tanto o más que comida basura u ocio basura, sin más placer que la mera engullición y el disfrute basura.

    Tengo, pues, mis motivos para decir que el sentimiento de lo absurdo no nace del simple examen de un hecho o de una impresión, sino que brota de la comparación entre un estado de hecho y cierta realidad, entre una acción y el mundo que la supera. Lo absurdo es esencialmente un divorcio entre nuestros actos y sus consecuencias, entre lo que nos gustaría y lo que nos ocurre, entre el pensamiento económico que parece y no es, y el que debería ser.

    No cesa de oscilar entre la extremada racionalización de lo real que induce a fragmentarlo en razones-tipos y su extremada irracionalización, que induce a divinizarlo, de la misma manera que hemos divinizado esta irracional sociedad a base de pequeños raciocinios parciales y decisiones individuales de disfrute y consumo que, probablemente lógicas en su individualidad, para cada individuo y situación, se vuelven absurdas en su globalidad si añadimos cada una de ellas al resto de decisiones-tipo tomadas a lo largo de su vida por todos y cada uno de los habitantes de este micro cosmos esférico y terrenal.

    Se cree siempre, erróneamente, que la noción de razón tiene un sentido único. Lo contemplamos con las políticas y decisiones habitualmente tomadas en el ámbito económico y financiero, similares en todo lugar, enriquecidas tan solo con matices diferenciadores locales o ideológicos, y cuyo objetivo final es no solo desconocido, sino absurdo: engullir cada día más productos y servicios con el único propósito de la mera acumulación, sin ser capaces de disfrutar nada. En realidad, por riguroso que sea en su ambición, ese concepto no deja de ser tan móvil como otros. La razón de hoy es, más bien, debería ser, totalmente diferente a la razón de mañana. Estamos aviados si no es así.

    La razón porta un rostro enteramente humano, pero sabe volverse también hacia lo divino, como divinos y alejados de la razón son los frágiles fundamentos económicos actuales que predican la eterna sustitución de los recursos y su fe religiosa y casi mística en la innovación y la tecnología. Todos somos Sísifo y, por muchas veces que elevemos la piedra, acabará rodando ladera abajo otra vez hasta que llegue el fin. Es el hado de toda civilización pasada o futura. Maldición que solo podremos retrasar, nunca evanescer.

    El pensamiento del hombre es ante todo su nostalgia, sentimiento que ha desaparecido de este retorcido y desdichado mundo. Nos consideramos dioses omnipotentes, todo lo podemos, la ciencia solucionará nuestros dramas. Las innovaciones futuras, y hasta las financieras presentes, son el santo grial de esta sociedad. Y ya sabemos donde nos está conduciendo nuestra falta de nostalgia por la ética y la honestidad.

    Esa evidencia es lo absurdo. Es el divorcio entre el espíritu que desea y el mundo que decepciona, la justicia añorada y la realidad padecida. Mi nostalgia de unidad, de voluntad para vivir todos juntos en armonía celestial y en paz con la naturaleza. El universo disperso y la contradicción que nos encadena a errar eternamente al borde del precipicio filosófico, mientras vamos apagando poco a poco los rescoldos de la razón a causa de nuestro herrumbroso discernimiento y nuestra soberbia.

    Aquí finaliza un plagio del capítulo titulado Suicidio filosófico de El mito de Sísifo, magnífico ensayo de Albert Camus, conocido pied-noir nieto de menorquina, que lo catapultó a la cima de las letras francesas y universales. Y que no tiene nada que ver con la economía. Son frases deslavazadas, sacadas de quicio y de contexto, concatenadas o entremezcladas con otras de torpe erudición, de manera absurda, por un mediocre juntador de palabras. Dudo que Camus, a pesar de su grandeza, tuviese en mente las catástrofes que estamos generando. Pero me han servido para escribir este divertimento y pasar un buen rato. Ruego me perdone el genio, allá dondequiera que esté, tamaño desliz. Animo a los lectores a discernir entre ambas cosechas.

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