Twitter y la censura

Parece que, en nuestro deseo común de no ofender a grupos o a personas, hemos aceptado que se censuren palabras, expresiones, frases, incluso personas. Todo sea por el bien común

Foto: Imagen de edar en Pixabay.
Imagen de edar en Pixabay.

“El concepto de 'microagresión' es solo una de las muchas tácticas utilizadas para reprimir las diferencias de opinión al declarar que algunas opiniones son 'discursos de odio', en lugar de debatir esas diferencias en un mercado de ideas. Acusar a las personas de agresión por no alinearse con la corrección política es preparar el escenario para justificar la agresión real contra ellas”. Thomas Sowell

Parece que hemos dado por bueno que existen ciertas conversaciones que no se pueden mantener. Ciertas expresiones que no pueden emplearse. Parece que, en nuestro deseo común de no ofender a grupos o a personas, hemos aceptado que se censuren palabras, expresiones, frases, incluso personas. Todo sea por el bien común y por la necesidad de una paz social que se fija más en los gestos que en los actos.

Nada más lejos de la libertad que la censura. Podemos compartir que insultar a alguien, denigrar a cualquiera por su credo, su orientación sexual o su raza es indignante. Escupir expresiones de odio a judíos, árabes, cristianos u homosexuales está fuera de lugar en cualquier persona educada y con dos dedos de frente, y sin embargo ocurre. Alertadas por el 'discurso del odio' o 'hate speech', las redes sociales establecen sistemas de control para evitar propagar por sus sistemas (como empresas privadas que son) esos mensajes que dañarían gravemente tanto a esos grupos como, sin duda, a su reputación corporativa. Todas las redes sociales mayoritarias han establecido mecanismos de censura que los usuarios aceptamos por el mero hecho de seguir escribiendo y compartiendo nuestra vida en ellas.

Las redes sociales mayoritarias han establecido mecanismos de censura que los usuarios aceptamos por el mero hecho de seguir escribiendo

En las últimas fechas, Twitter ha empleado ese compromiso con sus usuarios para censurar tuits de quien les escribe y de otros, como el periodista John Müller. Quienes nos conocen (bien directamente, bien a través de nuestra exposición a los medios) saben lo que defendemos y cómo lo defendemos, así que no voy a entrar en ello. En ambos casos, el algoritmo censor nos ha jugado malas pasadas, aunque la principal perjudicada sea la credibilidad de la propia red, al quedar en entredicho tanto la capacidad de su algoritmo como la imparcialidad de sus gestores.

El 12 de junio pasado, Twitter bloqueó mi cuenta por 'conducta de odio' ante la denuncia de algún usuario, anónimo, por el tuit que reproduzco a continuación, del año 2013. Parece ser que mi conversación con un colega tuitero podía interpretarse como una incitación al suicidio.

Ante el 'borra o reclama' de Twitter, opté por lo segundo. Mientras tanto, entró en acción un segundo bloqueo por otro tuit en el que citaba las desafortunadas palabras de la entonces magistrada y luego ministra Dolores Delgado, en las que empleaba una expresión homófoba para referirse al entonces juez y luego compañero suyo del Consejo de Ministros, Grande-Marlaska. Insisto, la expresión era suya, yo la incorporé a una supuesta conversación, para poner de manifiesto la constante contradicción de unos políticos que se llenan la boca de igualdad y diversidad en público para rebatírselo, ellos mismos, en privado.

Este lo borré directamente, que es como admitir la culpa por un tuit ofensivo, porque, a esas alturas, tenía claro que solo deben darse las batallas que puedan ser ganadas. Evidentemente, lo copié antes de proceder a su eliminación y lo volví a tuitear, para señalar las incoherencias del sistema. Al poco, recibí una gran noticia de Twitter: a raíz de mi reclamación, habían considerado que mi tuit no incumplía la etiqueta tuitera y reactivaban la cuenta.

Albricias, me dije. Y cuando me disponía a descargar contra el despotismo de quienes libremente hemos escogido como transmisores de nuestro pensamiento, entró en efecto un tercer bloqueo. No, no hay un tercer tuit. Me bloqueaban ¡por el tuit por el que me acababan de dar la razón! No voy a insistir con más capturas, que están, evidentemente, guardadas en mi carrete. Opté, esta vez sí, por la captura y el borrado. La amenaza de suspensión definitiva, con semejante algoritmo de por medio, empezaba a ser demasiado seria como para defender mi honra.

La máquina de Twitter seguía funcionando. A las pocas horas, se me informaba de forma solemne de que la denuncia que yo habría efectuado sobre determinada cuenta nos permitía a todos vivir en un mundo mejor, más libre de odio, y que, efectivamente, se había suspendido la cuenta citada.

No pude menos que sonreír al observar que yo me había denunciado a mí mismo. Y que, efectivamente, yo había logrado que el mundo perfecto de Orwell progresase. Un pequeño paso para Twitter, un gran paso para la oscuridad.

Puede argumentarse que una red en la que se lanzan más de 6.000 tuits por segundo puede tener problemas de toda índole, y que, asimismo, los relativos a conductas de incitación al odio deberían ser, de algún modo, moderados. En muchas legislaciones, esas actitudes son perseguidas. Creo, como Sowell, que la vía no es la censura, pero no soy yo quien marca las reglas. Incluso aceptando tácitamente que las marque el propietario, no es menos cierto que se producen, de forma constante, abusos por parte de quienes pretenden acallar las voces discordantes, en un sentido u otro (aunque, según cuentan, Twitter cojea más de una pierna que de otra). Estar en Twitter es aceptar sus reglas. Pero esas reglas nunca pueden suponer una coacción a la libre expresión de las ideas.

Se producen, de forma constante, abusos por parte de quienes pretenden acallar las voces discordantes, en un sentido u otro

Ante las reiteradas solicitudes de explicaciones de cientos de usuarios, la compañía y su directora general en España optaron por lo que mejor saben hacer: callarse. Una compañía que nace digital, con más de 250 millones de usuarios, no puede permitirse el lujo de tener un sistema de gobernanza del dato tan arcaico, malo, grosero y, sobre todo, sesgado como el que muestra en la actualidad.

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