La ‘doble R’ del PP, el chivo expiatorio y el niño de azotes

El escándalo del ‘caso Rato’ deja marcada la gran carta electoral de la política económica del Partido Popular, que ha servido a España tanto para entrar en el euro como para superar la Gran Recesión

Foto: La ‘doble R’ del PP, el chivo expiatorio y el niño de azotes

Los más neutrales altos cargos del PP, sobre todo aquellos que encarnan la representación del poder establecido en distintos organismos de la Administración del Estado, no saben qué es mejor, o un Rato culpable hasta de haber asesinado a Kennedy o un icono político devastado por la incuria de un Gobierno a la desesperada. “Si después de agarrarle hasta por el cogote ahora resulta que no hay motivo real de delito, el escarnio se extenderá con mofa y befa de arriba abajo en todo el partido”, aseguran a modo de quejido en los cuarteles generales de Génova. El chivo expiatorio está atado de pies y manos al palo de la hoguera, pero ahora falta por saber si Rajoy se atreverá finalmente a encender la mecha.

El jefe del Ejecutivo padece aversión a cualquier tipo de enfrentamiento, incluidos los que genera su propia conciencia, pero sabe aprovechar como nadie los fracasos de sus adversarios, tanto los que rivalizan desde tesis doctrinales contrarias como los que proceden del interior de su formación política. Rajoy no tiene ningún inconveniente en reinar sobre un campo sembrado de cadáveres, siempre y cuando las defunciones estén registradas con un certificado de suicidio que sacuda cualquier remordimiento o responsabilidad histórica. Muchas veces basta con soltar un poco de cuerda para que cada cual se ahorque con su propia soga. Que se lo pregunten entre tantos otros a  Zapatero, al propio Gallardón o, incluso dependiendo de lo que ocurra en las próximas elecciones autonómicas, a la amiga Esperanza Aguirre.

Rato tiene miedo a una caza de brujas y trata de morderse la lengua para evitar cualquier recriminación pública contra Guindos o Montoro

¿Y a Rato? Al antiguo vicepresidente económico no hace falta decirle cómo se las gasta su antiguo compañero de gabinete. Lo conoce de sobra y sabe que, a partir de ahora, el más mínimo error puede ser fatal. Rodrigo, como todavía le refieren aquellos que aún le disculpan, no tiene agallas suficientes para desafiar al Gobierno por mucho que niegue la mayor, la menor y hasta la conclusión más evidente. Esta vez la mejor defensa no pasa por un buen ataque y lo único que puede mantener su libertad es el recuerdo de lo que fue y significó para muchos de los deudos que, a pesar de todos los pesares, mantiene dentro del partido en el poder. Lágrimas, y no todas de cocodrilo, se están derramando en el PP desde que se conoció el vertiginoso descenso a los infiernos de su ángel caído.

El milagro no era más que un hechizo

La figura que atrajo todos los parabienes del milagro económico ha sido arrojada a las tinieblas tras desvanecerse lo que no era más que un simple hechizo financiero. Hace tiempo que la carroza se transformó en calabaza y Rato se ha convertido en el Cinderella Man demonizado como ningún otro servidor del Estado desde la época del infortunado y desparecido Mariano  Rubio. El desenfreno de la familia Pujol es caso aparte porque el anacrónico Molt Honorable se ha refugiado detrás de las barras de la senyera y en la España de la rancia casta política, más allá de la gramática parda y la retórica fácil, no hay valor de ley que permita, de momento, sacar de su dorado encierro al viejo presidente de la Generalitat de Catalunya.  

Por enésima vez el fuego amigo se ha demostrado letal y el Gobierno se ha llenado la boca en justificar la condena del telediario con el célebre eslogan de ‘justicia para todos’. Falta por saber si la vicepresidenta, Soraya Saenz de Santamaría, o el ministro de Justicia, Rafael Catalá, tendrán que pagar derechos de autor a la Casa del Rey, toda vez que la estrategia seguida con Rato parece literalmente copiada de la que Felipe VI empleó no hace mucho para fortificar la Zarzuela trazando una divisoria de aguas con su hermana Cristina de Borbón. Eso sí, el circo montado en torno al lugarteniente de Aznar revela la improvisación característica del fin de fiesta político que se vive en una España de destino incierto donde, como diría Serrat, nadie conoce al vecino ni maldita la falta que le hace.

Rato tiene razones para temer la caza de brujas y ha decidido medir sus palabras para no levantar suspicacias que puedan trastornar la sensibilidad de nadie. Guindos y Montoro pueden estar tranquilos porque lo último que hará su antiguo jefe es emular a Luis Bárcenas con un rosario de perlas cultivadas que inflamen el ánimo de revancha y sirvan de pretexto para deslegitimar la presunción de inocencia. Para que no quepan dudas sobre la táctica de apaciguamiento, el propio interesado ha renunciado al último asidero que le confería un cargo de prominencia pública como asesor internacional de Telefónica para los negocios de Latinoamérica. A buen seguro que César Alierta sabrá agradecer el detalle cuando amaine el temporal o, para ser más exactos, una vez que se olvide del todo el miedo a la tormenta.

Las crisis pasan, las víctimas quedan

Nada más acceder a la presidencia de Bankia, una vez recuperada su aureola política, Rato trató de aportar solemnidad a la frase hecha y aseguró que “todas las crisis pasan”. Era una forma de incorporarse al coro festivo del Gobierno 'popular' que luchaba contra la recesión, pero lo que no dijo el banquero ocasional es que detrás de las vacas flacas existe un balance incontable de víctimas, algunos excluidos para siempre del sistema y otros con graves secuelas derivadas de las múltiples heridas. Entre las primeras figura él mismo y no precisamente en un cuadro de honor; entre los segundos está el partido que amparó su carrera y su presidente Rajoy, que no en vano fue quien lo habilitó cuando intercedió ante Esperanza Aguirre para que situara al frente de Caja Madrid al dimisionario gerente del FMI.

No es de extrañar que el presidente del Gobierno haya escenificado la escena del golpe en el pecho ante los empresarios del Ibex, mostrando públicamente la aflicción que le produce todo lo ocurrido con su antiguo compañero y rival de fatigas. Rajoy ha sido convenientemente alejado del circo televisivo y mediático montado en torno a Rato pero esta vez es muy complicado que la onda expansiva de la voladura controlada no termine saltándole de lleno al jefe del Ejecutivo. Por mucho que los portavoces oficiales de Moncloa se esmeren por distinguir la vida privada de los éxitos públicos, la figura del antiguo vicepresidente está indisolublemente vinculada con el ideario político adoptado por el Partido Popular en estos cuatro años de legislatura. Es la gestión de la economía  la que ahora aparece en el centro de la diana a partir de la destrucción del antiguo patriarca. La mejor carta de Rajoy está marcada por la mancha del escándalo y su cotización puede bajar muchos enteros en el mercado de votos que está abierto hasta finales de año.

Rajoy ha mostrado ante los empresarios su aflicción porque no en vano fue él quien pidió a Esperanza Aguirre que colocara a Rato en Caja Madrid

La acumulación de errores ajenos le ha gastado en esta ocasión una mala pasada al líder del Partido Popular. El cortafuegos de las elecciones autonómicas puede atenuar el impacto en las generales, pero así y todo la inercia de la decepción acumulada ha alcanzado una fuerza descomunal que puede causar estragos. El hambre se ha juntado con las ganas de comer en un país de sufragio reactivo, donde el miedo y el castigo alimentan ese delirio de libertad que se ejerce cada cuatro años en las urnas.

Rajoy tiene que combinar ambas motivaciones, invocando los peligros que entraña un cambio en medio de las turbulencias, pero dando al mismo tiempo la cara para recibir en carne propia la recriminación que exige el esclavo contribuyente reconvertido en soberano elector. La magia de las elecciones es ahora más poderosa que los efectos narcóticos del falso milagro económico. Por eso es absurdo hacer más leña de un árbol caído que arrastra en sus ramificaciones la credibilidad de toda una forma de hacer política en España. Rato ha ofrecido una excelente cabeza de turco, pero el niño de azotes que se va a llevar los latigazos es Mariano Rajoy.

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