Hemos chocado con el iceberg y aún no nos hemos enterado

El problema energético, lejos de resolverse, se complica cada vez más

Foto: Imagen de una planta fotovoltaica. (Reuters)
Imagen de una planta fotovoltaica. (Reuters)
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El recientemente fallecido profesor de la Universidad de Colorado y autor del best-seller de divulgación científica Aritmética, población y energía Albert Bartlett exponía un ilustrativo ejemplo para explicar la tesitura en qué sociedad global nos encontramos en nuestra época. Imaginemos un cuentagotas mágico que sea capaz de duplicar con cada minuto que pasa el tamaño de la gota que deja caer.

Imaginemos también que colocamos nuestro cuentagotas sobre su estadio de fútbol favorito y a las 12:00 dejamos caer la primera gota. A las 12:06 ya tendremos agua suficiente como para llenar un dedal de agua, lo cual no es muy sorprendente. Pero ¿podría adivinar a qué hora estaría lleno de agua el estadio? La respuesta correcta es a las 12:49. Muy pronto, ¿verdadnbsp;Pero lo más sorprendente no es esto, sino la hora a la que la altura del agua alcanzaría tan solo tres metros sobre el césped del campo: las 12:45. Es decir, que solo le quedarían cuatro minutos para escapar corriendo del campo cuando empezara a darse cuenta de que tiene un problema.

Esta anécdota explica perfectamente el poder del crecimiento exponencial, como bien averiguó el legendario rey indio en el problema del tablero de ajedrez y los granos de trigo. Y en una circunstancia a todas luces igual se encuentra ahora mismo la industria de la energía que es la premisa de cualquier actividad económica.

Como expone en una frase sucinta y aparentemente inofensiva la Agencia Internacional de la Energía (IEA): “En 2013 se han invertido más de 1,6 billones de dólares para suministrar energía a los consumidores mundiales, una cifra más del doble, en términos reales, de la del año 2000”. En el gráfico podemos ver la evolución, que muestra un fuerte aumento hasta 2009, a partir de cuya fecha hay un estancamiento de la inversión, a todas luces a consecuencia de la crisis que estalló en 2007-2008.

Aunque desde algunos ámbitos se ha interpretado que seguía aumentando la producción de energía a ritmos en el entorno del 1,5% a pesar del estancamiento de la inversión entre 2011 y 2013 por la mejora de la productividad, en 2014, como destaca el informe anual de BP, la producción ha aumentado solo el 0,9%, un hecho insólito fuera de períodos sin crisis económica grave. Esto se debe a que hay un desfase temporal entre la inversión en energía y su reflejo en las cifras de producción. Este aumento del 0,9% está por debajo del de la población mundial, lo que se traduce en una menor disponibilidad energética per cápita, un probable cambio de tendencia secular.

Desde el año 2000 la producción de energía primaria se ha incrementado en un 36%, muy lejos de ese 100% de aumento en la inversión. Es decir, que cada vez hay que emplear más recursos (trabajo, materiales y energía) para obtener una unidad de energía. Esto es reflejo de lo que los expertos en energía llaman descenso en la Tasa de Retorno Energético (TRE). Si estimamos que la inversión requerida es una buena aproximación a esa TRE, nos estaremos enfrentando a un descenso del 32% en la TRE en un período de 13 años (2000-2013).

Aunque hay bastante variabilidad en las estimaciones de la TRE que existía en el año 2000, la cifra que más se suele ver está en el entorno de 20:1, es decir, que para obtener 20 unidades de energía se requería la utilización de 1 unidad de esta. Un 32% de descenso en 13 años implica que en 2013 estaríamos en el entorno de 13:1, y que en otros 13 años estaremos sobre 9:1, una cifra que se encontraría por debajo de lo que Charles Hall, uno de los mayores especialistas en este ámbito, piensa que es la mínima para que el sistema económico actual siga funcionando sin problemas. Si la tendencia continuara igual, en otros 39 años más (2065) la TRE se encontraría por debajo de 3:1, que es el mínimo que estos mismos expertos estiman necesario para sostener algo parecido a una civilización compleja.

Como en el ejemplo del estadio de fútbol, nos encontramos mirando cómo cae la gota de agua, cada vez mayor según pasan los minutos. Sin embargo, no podemos salir corriendo fuera de este, pues nuestro estadio es el planeta entero. Se está trabajando de forma muy intensa para conseguir estabilizar la TRE de las fuentes de energía en varias direcciones: termosolar, fotovoltaica, eólica, centrales de torio, fusión nuclear... Sin embargo, todas estas fuentes de energía son proyectos que podrán materializarse (o no) o sumamente pequeñas en su tamaño total. El crecimiento exponencial de la fotovoltaica se ha detenido en los últimos años y ha pasado a ser lineal y la eólica tiene un potencial reducido para las necesidades globales. Los últimos años la nueva generación instalada en fotovoltaica, la gran esperanza de todos lo que quieren mantener a costa de lo que sea el BAU (Business As Usual), ha añadido unos 35 TWh/año de nueva generación, lo cual cubre solo poco más de la décima parte del aumento del consumo durante ese período. Muy poco, poquísimo, y habría que preguntarse por qué.

Es evidente que la fotovoltaica está cayendo de precio, pero hay testimonios muy preocupantes sobre la insostenible forma de producir los paneles solares en China, principal responsable de la caída de precios de los últimos años. Aunque es probable que determinados avances tecnológicos consigan retrasar esa aterradora caída de la TRE, solo servirán para ganar unos años, e inevitablemente la Humanidad en su conjunto se enfrentará al dilema de reducir el impacto sobre la biosfera de forma drástica, y por lo tanto el bienestar material o bien hacer como las levaduras en el tanque de mosto o los ciervos en la isla de San Mateo.

 

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