La trampa del euro

La evolución de la industria en el sur de Europa muestra cómo el euro ha supuesto el fin de su crecimiento

Foto: Detalle de una moneda de euro. (EFE)
Detalle de una moneda de euro. (EFE)

España, año 2000. La fuerte crisis económica de 1991-1993 había quedado atrás y la industria había crecido con fuerza desde 1996, aumentando más de un 20% su producción en ese periodo. La economía española, bastante cerrada todavía, había recibido grandes inversiones extranjeras desde entonces y se estaba integrando a nivel comercial rápidamente con las economías europeas. Tras unas brutales devaluaciones que habían llevado el tipo de cambio de la peseta desde 118 a 161 pesetas por ECU, se realizaron después pequeños ajustes hasta el tipo de cambio final de 166,386 pesetas por euro. Eso provocó inflación, pero el efecto estuvo limitado, al ser por entonces España, como he comentado, una economía bastante cerrada. Por ello, la competitividad de la industria española, entonces como ahora de muy escaso valor añadido, se incrementó notablemente, siendo este efecto, unido a la confianza de la inversión extranjera al ser evidente que íbamos a entrar en el euro, lo que propició el buen comportamiento de la industria.

Sin embargo, este efecto duró poco. La creación de una monstruosa burbuja inmobiliaria hizo que los flujos financieros hacia nuestra economía fueran enormes en los años siguientes, pero esta vez no en forma de inversión directa sino como préstamos a nuestro sistema financiero. Esto causó el conocido 'mal holandés' —en referencia a lo que le ocurrió a la economía holandesa a mediados del siglo pasado—, en que, no en forma de una imposible revalorización de la divisa pero sí en la de un aumento de precios, la industria española se fue haciendo cada vez menos competitiva. Este hecho se enmascaró debido a que la propia construcción provocó una fuerte demanda interna de productos industriales. Por ello, la industria siguió creciendo hasta el 'crash' de 2008. El colapso del sector de la construcción hizo aflorar todos los problemas hasta entonces ocultos. La industria colapsó y en cuatro años se situó a niveles de la década de los ochenta.

Los países del sur de Europa se hallan en niveles de producción industrial similares o inferiores a los de 1990, y la recuperación desde el 'crash' ha sido nula

Pero este problema no ha sido únicamente español, sino que ha sucedido en todos y cada uno de los países del sur de Europa, en los que el auge no había sido tan fuerte como en España, pues no tuvieron esa gigantesca burbuja inmobiliaria. Esto lo vemos en el gráfico de esta semana, en el que se compara la producción industrial de Francia, Italia, Grecia, Portugal y España desde 1990, con datos de la OCDE. Todos y cada uno de los países se hallan en niveles de producción industrial similares o inferiores a los de 1990, y la recuperación desde el 'crash' de 2008 ha sido casi nula.

La explicación más coherente, dado que este efecto no se encuentra en las economías exportadoras de la zona euro ni en otros países ricos con su propia divisa, tanto en Europa como en Asia y América, es que todos ellos sufren el citado mal holandés, al compartir moneda con el mayor exportador a nivel global, Alemania, que el año pasado tuvo el mayor superávit por cuenta corriente del mundo, superando incluso a China. Nada menos que un 8,5% de su ya enorme PIB. Esto causa fuertes presiones al alza sobre el euro, y hace que su cotización esté muy por encima de lo que convendría a las industrias exportadoras del sur de Europa, que compiten básicamente por precio, al tener muy poco valor añadido.

¿Y qué solución puede tener esto? La verdad es que muy poca. La propuesta alemana de que todos nos convirtamos en Alemania, haciendo de la eurozona una inmensa máquina de exportar (algo que causaría no pocos problemas a la economía mundial), no está resultando. Las inversiones necesarias para ello son enormes y no están ni empezando a acometerse, como por ejemplo demuestran los pésimos datos de inversión en I+D de España.

Sufren el citado mal holandés, al compartir moneda con el mayor exportador a nivel global, Alemania. Esto causa fuertes presiones al alza sobre el euro

La otra propuesta es que Alemania suba salarios de forma agresiva y aumente el gasto público para incrementar sus importaciones, pero la industria alemana no quiere ni oír hablar de ello, ya que les restaría competitividad, y el 'establishment' alemán tampoco quiere oír hablar de subidas de impuestos o déficits públicos persistentes, ya que va contra la cultura ordoliberal existente.

Por tanto, nos encontramos en una ridícula situación, que se prolonga desde el estallido de la crisis griega hace ya más de seis años y que no tiene visos de resolverse. La eurozona navega de crisis en crisis poniendo un parche tras otro, pero eso no hace sino ganar tiempo, mientras que sus políticas no hacen sino crear descontento entre las poblaciones europeas. En el sur, porque sigue sin solucionarse el problema de las inmensas capas de población excluida y echan la culpa a la austeridad que viene del norte, y en el norte, porque existe un resentimiento cada vez mayor al pensar que “están manteniendo a los vagos del sur”.

Por supuesto que esto estallará tarde o temprano, y el estallido será político. La rebelión griega, que se solucionó 'in extremis' de un modo que D. Vito Corleone hubiera aplaudido, fue un aviso. La aparición de Podemos en España, controlada de momento por el rescate europeo, fue el segundo. El tercero ha sido el traumático Brexit. El cuarto puede ser una victoria del FN en Francia o de AfD en Alemania. O un referéndum de salida de la eurozona en Holanda. Solo es cuestión de tiempo, pero la presión en la marmita está aumentando rápidamente y mi opinión es que finalmente el euro fracasará.

Por ello, es más importante que nunca preparar un plan B, un plan de contingencia para que cuando eso ocurra, el colapso de los flujos financieros hacia España, que son los que están manteniendo la recuperación, no provoque un 'crash' catastrófico que haga sufrir aún más a los que llevan padeciendo desde hace ya nueve largos años. ¿Hay noticias de que se esté haciendo? Ninguna, en la legendaria tradición de incompetencia de nuestros políticos.

Gráfico de la Semana
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