La desigualdad en EEUU aumenta casi a niveles de 1929

Una superélite concentra un porcentaje cada vez mayor de la riqueza, con implicaciones muy grandes en numerosos ámbitos

Foto: Un billete de un dólar falso con la imagen de George Washington llevándose las manos a la cabeza. (EFE)
Un billete de un dólar falso con la imagen de George Washington llevándose las manos a la cabeza. (EFE)

En el gráfico de esta semana podemos ver la explosión de riqueza en manos del 0,1% más rico de la población de los EEUU desde principios de los años 80 del siglo pasado. Como vemos en este gráfico que han elaborado los profesores de la London School of Economics y la Universidad de Berkeley Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, la proporción de riqueza en manos de estas 160.000 familias (actualmente, en 1929 eran más o menos la mitad) tocó techo en el año 1929 en el 25% del total, reduciéndose ligeramente durante la desastrosa etapa de la Gran Depresión hasta que a partir del año 1933, coincidiendo con la entrada de F. D. Roosevelt en el gobierno y su famoso New Deal se inició un brusco descenso que condujo a una situación de mucho mayor reparto de la riqueza. Continuaba habiendo millonarios pero no lo eran tanto.

La proporción de riqueza en manos de los superricos tocó mínimos en 1978 durante el mandato de Carter en el 7%. Poco más de la cuarta parte que en 1929. Fue a partir de la entrada de Reagan, especialmente en su segunda presidencia, cuando se inicia el ascenso. Cuando Reagan sale de la presidencia, en 1988, nos encontramos en el 12%, el mayor nivel desde 1945. A la salida de Bush padre vemos un 13%, y al terminar Clinton su segundo mandato estamos ya en el 16%. Con Bush hijo las cosas no fueron mucho mejor, y al terminar su doble mandato observamos ya el 19%. No tenemos los datos actuales, pero con Obama la desigualdad ha seguido aumentando a buen ritmo y en su primer mandato cerró en el 22%. No hay ninguna razón para pensar que la tendencia se haya roto (antes bien todo lo contrario) y seguramente ahora esté ya en el 24 o 25%. Es decir, que hemos vuelto a los niveles de 1929.

La relación entre la imposición de la agenda marcada primero por la escuela de Chicago y después por el llamado Consenso de Washington es evidente. Fuertes bajadas de impuestos, la desregulación del sistema financiero y especialmente la globalización sobre todo la financiera han conducido a esta situación.

Hay una corriente de pensamiento, la ultraliberal, que dice que esto es consecuencia de la asignación eficiente del mercado y, yendo más allá, que incluso es justo ya que el mercado le da a cada uno lo que merece. Dicen que los que defienden intervenir para que haya un mayor reparto de la riqueza solo causan pobreza y que si lo hacen en el fondo es para satisfacer los más bajos instintos de las personas. Es decir, que son unos envidiosos.

Fuertes bajadas de impuestos, la desregulación del sistema financiero y especialmente la globalización sobre todo la financiera han llevado a esta situación

Otras perspectivas, que comparto, niegan esta visión y defienden que en estos hechos intervienen fenómenos de realimentación positiva (una versión del popular “el dinero llama al dinero”) que nada tienen que ver con la eficiencia de los mercados ni mucho menos con la justicia. Ya saben que defiendo que las evidencias empíricas resultan aplastantes en su apoyo a esta segunda postura, y que la primera no es sino propaganda ideológica.

El debate de la desigualdad es sumamente espinoso, pues entran multitud de consideraciones. La primera de ellas, y más obvia, es la moral. Ya que el ser humano tiene tendencias irrefrenables a juzgar lo que está bien y mal, hay un consenso bastante generalizado entre la población, como hemos comentado en otras ocasiones, en que semejante desigualdad está mal. El decir que esto se debe simplemente a la expresión de la envidia parece bastante absurdo y es nada más, según lo veo yo, que una patética justificación de los ultraliberales para rechazar este “juicio popular”. El consenso de la opinión de las personas entiende que las recompensas por el trabajo bien hecho y que beneficia a la sociedad deben existir, pero esa sabiduría popular entiende de una forma clara que estas desigualdades tan grandes no obedecen a nada de esto y que por tanto son injustas.

La segunda consideración es la de la eficiencia. Como también hemos comentado en varias ocasiones en esta columna en muchos casos los altos beneficios no responden a ventajas competitivas sino a influencia política o manipulación de los mercados. Por otra parte incluso en mercados eficientes existen externalidades que los precios no recogen. Esto es especialmente sangrante en la valoración del uso de los recursos no renovables para las siguientes generaciones y la degradación medioambiental.

Intervienen fenómenos de realimentación (versión de “dinero llama al dinero”) que nada tienen que ver con la eficiencia de los mercados ni con la justicia

La tercera es que incluso en casos en que una intervención pública en un mercado le reste eficiencia existen muchas más consideraciones además de las monetarias en los asuntos humanos. Es muy probable que una intervención pueda mejorar parámetros sociales que no tienen valoración de mercado que la sociedad en su conjunto prefiere. ¿Qué prefiere Vd., ganar 10 euros más o pasar una plácida tarde jugando con sus hijos o nietos? Creo que la mayor parte de la gente que no tiene una acuciante necesidad lo tendría claro. Esto es extensible a multitud de actividades humanas que no tienen valoración de mercado.

La cuarta son los problemas de demanda y sobreinversión que genera esta situación. Muchos pensamos (aunque en esto no hay ni mucho menos consenso), después de lo apuntado en 2005 por Bernanke y reiterado por Fisher hace escasas fechas, que existe lo que los anglosajones llaman un “global savings glut”, es decir, un exceso global de ahorro. Mi interpretación es que la debilidad del crecimiento económico, la dinámica de excesivo endeudamiento, las burbujas sucesivas que se forman en la economía y los persistentemente bajos tipos de interés tienen su origen en este fenómeno, cuyo origen a su vez rastreo hasta este incremento de desigualdad, que provoca debilidad global en la demanda y exceso de ahorro. Es un fenómeno conocido que los ricos ahorran un porcentaje mucho mayor de su renta que los pobres. Desde mi punto de vista los bancos centrales juegan un papel secundario en todo este proceso, habiendo también evidencias empíricas que soportan esta opinión.

La quinta y última son los problemas que esta desigualdad induce en la calidad del sistema democrático. Aunque la democracia en EEUU (y por extensión el resto de democracias) no han pasado nunca de ser moderadamente eficientes en trasladar la voluntad popular a la decisión pública, la influencia de los lobbies empresariales en Washington es cada vez más importante y, mucho más preocupante, puede haber entrado en una dinámica en que los mecanismos de control del sistema dejen de ser eficaces, convirtiendo de forma progresiva la democracia en un mero decorado que oculte un funcionamiento oligárquico. La victoria de Trump realmente responde a estas dinámicas de concentración descontrolada de riqueza y poder en manos unos pocos. Ante la falta de alternativas –evitadas por Wall Street con el descabezamiento de Sanders en el Partido Demócrata– ha provocado esta salida por la derecha. No olvidemos que muchísimos pobres le han votado porque era el único que ofrecía algo distinto. Su mandato es una incógnita, pero es muy dudoso que sea capaz de corregir esta trayectoria de degradación de la democracia.

Si bien la Gran Depresión supuso un revulsivo que sirvió para regenerar la democracia de los EEUU, todo el hercúleo trabajo ha sido ya echado por tierra

Algo parecido a lo que le ocurrió a la Unión Soviética, que formalmente era una democracia popular en que los poderes públicos estaban controlados por el pueblo y simplemente eran la expresión de esa voluntad popular pero que se convirtió en un sistema totalitario en que una oligarquía alrededor del PCUS hacía y deshacía a su antojo burlándose de los principios socialistas y democráticos que se suponía que regían el país. Muchos pensamos que en países como España acechan peligros similares y que incluso el proceso de degradación democrática por parte de estas oligarquías está más avanzado que en EEUU.

Si bien la Gran Depresión supuso un revulsivo que sirvió para regenerar la democracia de los EEUU, todo el hercúleo trabajo llevado a cabo especialmente bajo los mandatos de Roosevelt ha sido ya echado por tierra. El futuro no está escrito, nuevas crisis financieras globales cada vez más graves seguirán produciéndose sin duda alguna ya que las causas detrás de la anterior lejos de corregirse se siguen agravando, y no sabemos si los cambios políticos y sociales que veremos como consecuencia de estas crisis nos llevarán en la dirección que vimos en los años 30 y 40 del siglo pasado y que sirvieron finalmente y tras inmensos sufrimientos para que la mayor parte de las convulsas sociedades occidentales vivieran unas décadas de paz o bien veremos cómo evolucionan los acontecimientos en una dirección mucho peor. En nuestras manos está.

Gráfico de la Semana
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