¿Cambio de modelo productivo? Así no

La respuesta a por qué no llega nunca el cambio de modelo productivo es tan simple como difícil: el sector público no invierte lo suficiente

Foto: Foto: EFE.
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Desde que hace más de tres décadas comencé a interesarme por las razones del secular atraso de la ciencia y de la industria españolas he podido ir contemplando, como todos mis conciudadanos, cómo todos los partidos políticos, en todas las convocatorias electorales, llevaban en su programa al menos una referencia, cuando no una sección entera, a la transformación del sistema de ciencia español y de nuestro modelo productivo para convertirlo en uno de “alto valor añadido”. Da igual que sean de derechas, de centro o de izquierdas. Pero entramos en el año 2019 y seguimos más o menos igual —en relación con los países más avanzados— que hace 40, 80 o 150 años.

¿Por qué pasa esto? La verdad es que viendo cómo se repiten las mismas recetas, con muy pocas variaciones, década tras década y sea el partido que sea, está claro que los políticos no tienen la respuesta. Y si la tienen, no la aplican en sus programas. Hace poco, una persona encargada de unos de estos programas en un partido político me enviaba un borrador de lo que irá en el programa para las próximas elecciones generales para que lo revisara y le diera mi opinión. Cosa que haré, aunque en esencia mi respuesta es lo que expondré en este artículo. Cuando leí lo que me mandó, no pude evitar tener la misma sensación que tengo cuando escucho la canción que España lleva el año de turno a Eurovisión: que esta música ya la he escuchado antes y que el resultado volverá a ser desastroso.

Cuando colaboré hace pocos años con este mismo partido político en la elaboración de esta parte de su programa, mi decepción fue tan grande al ver lo que acababa saliendo que decidí retirarme antes que poner mi nombre en esa propuesta que, como he dicho, no hacía sino repetir lo que todos los partidos decían y dicen, con muy pocas variaciones.

El tema del cambio de modelo productivo no es baladí. De hecho, casi todos nuestros problemas económicos provienen de la falta de amplios sectores productivos punteros a nivel mundial. Eso provoca que nuestra industria exportadora compita en unos mercados internacionales de productos de valor añadido medio-bajo en que van entrando más y más actores, según las altas tasas de crecimiento económico en muchos países van introduciéndolos en los niveles de rentas medias. Eso hace que tengamos que vender en general con márgenes muy bajos, con lo que finalmente el valor añadido generado es muy reducido. Un ejemplo es la industria del automóvil, donde Alemania, el país con industria del automóvil más puntera, genera 10 veces más valor añadido en esta industria que España, a pesar de que solo produce el doble de vehículos. Las consecuencias de este modelo productivo son salarios bajos y que el país no puede aumentar su demanda sin incurrir rápidamente en déficits exteriores, antiguamente corregidos por las recurrentes crisis en la balanza de pagos y hoy día por las limitaciones impuestas por Bruselas.

Y el problema no acaba aquí. El fondo de que tengamos tasas de paro tan elevadas, una juventud con tantas dificultades para organizar una vida digna y un sistema de pensiones en crisis permanente es este mismo: un país que realmente se está empobreciendo.

Veamos algunas estadísticas sobre I+D en una comparativa internacional. En el primer gráfico, podemos ver la inversión total en I+D (pública y privada). Aquí vemos cómo España es el peor de todos los países con que he comparado (EEUU, Japón, Corea del Sur, Alemania, Francia, Italia, Suecia e Irlanda). Si nos comparamos con el mejor del grupo (Suecia), invertimos la quinta parte por habitante, y la mitad que el tercero peor (Reino Unido).

Si pasamos a ver la inversión empresarial, vemos cómo también somos los peor situados. En este caso, nuestras empresas invierten la séptima parte que el mejor situado (Suecia otra vez) y la tercera parte que el Reino Unido (el tercero peor).

Pasando al gasto público exceptuando universidad, vemos cómo la situación mejora algo, pues en este caso somos los cuartos peores, por delante de Irlanda, Reino
Unido e Italia. Sin embargo, invertimos la tercera parte que el mejor situado, en este caso, Alemania. Hay que destacar, sin embargo, que esta partida de I+D es pequeña en todos los países respecto a la I+D total de la economía, con la excepción de Alemania y España, en que supera el 10%.

En el ámbito universitario, España vuelve a ser el farolillo rojo, invirtiendo la quinta parte que el mejor (Suecia otra vez) y entre la mitad y la tercera parte que la mayoría del resto de países.

Por último, tenemos una pequeña partida de I+D hecha por organizaciones sin ánimo de lucro (fundaciones básicamente), que es importante en EEUU pero no mucho en el resto de países. Aquí, España tiene también una posición mala, siendo la inversión prácticamente despreciable.

Pero lo interesante de estos gráficos no es solo que la inversión en I+D en España sea muy baja respecto de los países con industrias punteras, sino que es el único país de los analizados donde la situación ahora es peor que hace una década. Es decir, que la I+D ha sido muy dañada por la crisis. Esto se debe sin duda a la enorme gravedad de esta, pero también a decisiones de tipo político, pues hay muchas partidas de gasto público que son ahora mayores que hace 10 años.

Parece claro a la vista de estos datos que existe un gran déficit en inversión en I+D, y que las cosas están evolucionando muy mal en los últimos años, lo que nos lleva a concluir que, de no corregir el rumbo de una forma drástica, toda la problemática a la que nos enfrentamos de bajos salarios y baja demanda nacional no hará sino empeorar en los próximos años. Y para que esto no ocurra hacen falta muchas cosas, pero la base de todo es muy simple y falta en todos los programas políticos: dinero. Faltan unos 7.000 millones de euros al año de gasto público directo para situarnos al nivel de los países a los que queremos parecernos y, lo que es mucho peor, unos 30.000 millones de euros de gasto privado que no se sabe de dónde podrían salir, ya que carecemos de una estructura empresarial capaz de gastar esas cantidades. Sin ese dinero, nos podemos ir olvidando de otra cosa que no sea seguir languideciendo. Eso, en el mejor de los casos. Porque hay multitud de países que están aumentando su inversión en I+D y en nuestro mundo globalizado cualquiera puede entender que nos van a comer la merienda, cada vez más escasa, a toda velocidad.

Faltan unos 7.000 M al año de gasto público para situarnos al nivel de los países a los que queremos parecernos y unos 30.000 M de gasto privado

Por eso los políticos deberían tener el valor de reconocer la magnitud del problema, y que solo con políticas primitivas de 'laissez faire', presentes en los programas de izquierda y derecha, no va a mejorar nada. Tampoco aunque aumentáramos ese gasto público al que me refiero en I+D las cosas mejorarían demasiado, pues es tal el desastre en nuestras empresas que resulta grotesco el pensar que pueda superarse esa inmensa brecha sin más que eso. Es más, estas políticas de inversión pública en investigación básica tienen ya 80 años de antigüedad y se sabe hace unos 50 años que no resultan suficientes.

Es más necesario que nunca el diseño de políticas valientes que, además de contar con mucho dinero, afronten de forma integral la creación de un ecosistema público-privado de I+D que aborde las enormes fallas del sector privado y toque todos los aspectos necesarios:

-Financiación. Ya que el sector privado no será capaz, previsiblemente, de suplir las necesidades, habría que crear una banca pública con implicación directa del Estado en la formación de fondos de capital-riesgo.

-Reforma universitaria y de los centros de investigación públicos, para que la investigación que se haga esté orientada no a engordar currículos sino a su eficacia, con fuerte aumento de la inversión.

Es necesario el diseño de políticas valientes que, además de dinero, afronten de forma integral la creación de un ecosistema público-privado de I+D

-Fuerte aumento de la inversión pública, con la creación directa de empresas públicas con alta inversión en I+D orientadas al mercado.

-Concienciación pública de la importancia de la I+D.

-Una política migratoria para atraer trabajadores de alta cualificación.

-Una baja imposición de las empresas con alta inversión en I+D.

-Un funcionariado eficiente y consciente de la importancia de facilitar los trámites en estas áreas.

-Una lucha potente contra la corrupción, pues es sabido que muchos de los recursos en I+D han sido malgastados por empresas que en realidad tenían poco o ningún interés en llegar a resultados comercializables.

-Políticas activas y eficientes de transferencia de tecnología entre sector público y sector privado.

Existen serios obstáculos para la implementación de políticas de este tipo. A veces se escucha comentar que es imposible llevar a cabo este tipo de políticas pues, según estas personas, sigue vigente lo que dijo Unamuno (“¡que inventen ellos!”) y que por tanto los votantes nunca apoyarán esto. Pero las encuestas realizadas a nivel europeo nos dicen lo contrario, ya que la población española es de las más concienciadas de Europa sobre los beneficios de la I+D y la ciencia en general. Siendo esto así, entonces el foco hay que centrarlo en los políticos, que prefieren gastar el dinero en políticas cortoplacistas y de alta visibilidad que den mucha rentabilidad electoral antes que en políticas cuya rentabilidad se verá dentro de 10, 20 o 30 años. Pero pienso que no solo es esto.

El foco hay que centrarlo en los políticos, que prefieren gastar dinero en políticas cortoplacistas y de alta visibilidad que den rentabilidad electoral

Existe también un problema ideológico muy grave. El sistema que he descrito es altamente intervencionista, pero a su vez produciría beneficios a empresas privadas. Es decir, contiene anatemas tanto para la derecha como para la izquierda. Una derecha que solo cree en el 'laissez faire' más ramplón y una izquierda a la que la sola idea de que el dinero público pueda acabar beneficiando a empresas privadas provoca un sarpullido. Pero es hora de que nuestros políticos aprendan a ser pragmáticos y a superar sus anteojeras ideológicas por el bien común. Porque si no, la alternativa para nuestro futuro es de lo más tenebrosa.

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