Desigualdad en la era de la globalización

La evolución de la desigualdad ha sido compleja y dispar en los últimos 30 años

Foto: Foto: John Moeses Bauan (Unsplash).
Foto: John Moeses Bauan (Unsplash).

Recientemente, se ha publicado la primera edición del World Inequality Report, en que se analiza la evolución de la desigualdad a nivel mundial desde 1980. Los datos no dejan lugar a dudas: se ha producido un incremento generalizado de la desigualdad en la mayoría de las regiones, siendo especialmente marcado en China, Norteamérica, Rusia e India. Se ha producido un aumento de la desigualdad moderado en Europa, que sigue permaneciendo como la región menos desigual del mundo, mientras que ha permanecido en niveles muy altos en Latinoamérica, África subsahariana y Oriente Medio.

La desigualdad ha seguido una trayectoria compleja en los últimos 40 años, pues mientras se producía este incremento de la desigualdad en la mayoría de regiones del mundo, se producía una disminución de la desigualdad si consideramos el mundo en su conjunto. Esto es lo que vemos en el siguiente gráfico, en que está representada la llamada 'curva de Lorenz', uno de los indicadores más utilizados para medir la desigualdad, a nivel global. Cuanto más cerca se halle la curva de la línea recta diagonal, más igualitario es el ingreso. Como se ve, el mundo era en 2008 algo más igualitario que en 1988.

Fig. 1. Curvas de Lorenz correspondiente al ingreso de la población mundial en 1988 y 2008.

Esto es fruto del tremendo crecimiento económico que han tenido muchos países del mundo, que ha hecho que cientos de millones de personas hayan pasado de tener ingresos muy bajos a tener ingresos medios. Esto lo podemos ver en la llamada curva del elefante —por la forma que tiene—, en que se ve cuánto se ha beneficiado cada grupo de ingresos del crecimiento económico mundial desde 1988 hasta 2008.

Fig. 2. Crecimiento en los ingresos desde 1988 hasta 2008, por deciles de ingreso. Fuente: Global Inequality. Milanovic et al. (2016)

De esta curva se han hecho bastantes interpretaciones, siendo la más habitual que el crecimiento de los últimos 40 años ha beneficiado sobre todo a la parte media-baja y media de la población mundial y a los más ricos, quedando casi excluidos de los beneficios de este crecimiento las clases medias de los países ricos. El 10% más pobre tampoco ha salido muy beneficiado y los superricos han salido también muy beneficiados.

Pero, como señala el autor de esta curva, Branko Milanovic, la imagen cambia si representamos en lugar de porcentajes de ingresos los valores absolutos, que es lo que vemos a continuación en la imagen del informe al que hacemos referencia al principio. El 1% más rico de la población mundial ha capturado el 27% del total del crecimiento mundial desde 1980, mientras que el 50% de abajo solo ha capturado el 12%, pero ese 12% es tanto dinero que se nota de forma muy importante en términos relativos.

Fig. 3. Crecimiento en % del ingreso real por adulto entre 1980 y 2016. Fuente: World Inequality Report.

En el gráfico original de Milanovic, se ve la enorme desproporción entre la captura de ingresos procedentes del crecimiento mundial según el nivel de ingresos al que se pertenece (fig. 4). También se ve que la mejora de ese grupo al que pertenecen esas clases medias del mundo rico no ha sido despreciable, ya que han capturado el 20% del crecimiento mundial, es decir, la misma proporción correspondiente a su peso demográfico.

Fig. 4. Incremento de ingresos entre 1980 y 2008 según el grupo de ingresos a nivel global. Fuente: Global Inequality. Milanovic et al. (2016)

Pero la complejidad del análisis no termina aquí, pues, como señala Adam Corlett desde el Foro Económico Mundial, si se excluye a Japón, la antigua URSS y sus satélites, a las clases medias del mundo rico no les ha ido tan mal, ya que incluso les ha ido mejor que a la media del resto del mundo si excluimos China. Esto lo vemos a continuación.

Fig. 5. Crecimiento de los ingresos per cápita entre 1988 y 2008 por regiones y grupos de ingresos. Fuente: Adam Corlett (2016).

Si desagregamos por países, vemos cómo en general se ve ese efecto de concentración de beneficio en los más ricos pero cómo también a las clases medias y bajas les ha ido relativamente bien. En la primera imagen, vemos un grupo seleccionado de países entre los que se encuentra España. En la mayor economía del mundo, EEUU, les fue bien a todos los grupos de ingreso, pero a los más ricos les fue desproporcionadamente bien. En Italia y España también salieron beneficiados todos los grupos, pero en ambos casos, especialmente el español, los más ricos salieron menos beneficiados que el resto. Hay que tener en cuenta que este gráfico solo llega hasta 2008, y hay datos que indican que desde entonces las rentas altas se han beneficiado más que las bajas del crecimiento, ya que el índice de Gini español, según el INE, ha subido casi dos puntos porcentuales entre 2008 y 2017.

Fig. 6. Crecimiento de los ingresos per cápita entre 1988 y 2008 por países y grupos de ingresos. Fuente: Adam Corlett (2016).

En el siguiente gráfico se compara EEUU con China, Japón, el antiguo bloque del Este y algunos otros países. Se ve cómo en China los más pobres se han beneficiado muchísimo menos que los más ricos del impresionante crecimiento del país, mientras que la cuarta economía mundial, Japón, que ha venido arrastrándose desde principios de los años noventa, ha visto también cómo el reparto de los ingresos iba deteriorándose progresivamente.

Fig. 7. Crecimiento de los ingresos per cápita entre 1988 y 2008 por regiones y grupos de ingresos. Fuente: Adam Corlett (2016).

En cualquier caso, como se ve en el gráfico del World Inequality Report (fig. 8), es innegable ese incremento de la desigualdad a nivel mundial; los autores del informe incluso se preguntan si el mundo está tendiendo a una hipotética frontera de alta desigualdad, que estaría representada por Oriente Medio-Latinoamérica-África subsahariana. India, de hecho, ya habría alcanzado esa frontera.

Fig. 8. Evolución del porcentaje de la renta nacional que recibe el 10% más rico entre 1980 y 2016. Fuente: World Inequality Report.

Las causas de ese incremento de la desigualdad son desde luego muy debatidas, y van desde que es una consecuencia de la globalización, al desplazarse buena parte de la producción desde el mundo rico hacia los emergentes, hasta las políticas económicas por el lado de la oferta que se han venido implementando progresivamente desde los años ochenta del pasado siglo, pasando por factores como la cuarta revolución industrial.

Pero la divergencia entre las trayectorias de EEUU y Europa Occidental hace pensar que el grueso de la responsabilidad ha de recaer sobre algún factor que no sea común a ambas regiones. Si en 1980 el 50% más pobre recibía en EEUU el 21% de la renta nacional y en Europa el 24%, en 2016 en EEUU había bajado ocho puntos, hasta el 13%, mientras que en Europa lo había hecho algo menos de un 2%. Mientras, el 1% más rico en EEUU subió su participación en la renta nacional desde el 11 al 20% (nueve puntos), mientras que en Europa solo subió del 10 al 12%.

La diferencia más evidente en Europa es la pervivencia de un Estado social relativamente fuerte, una progresividad fiscal mayor y una mayor protección a los trabajadores, por lo que parece que la mayor agresividad en la implementación de estas políticas del lado de la oferta que se basan en liberalizar el mercado de trabajo, bajar el gasto público (afectando al gasto social) y rebajar los impuestos a las rentas más altas, es la responsable de este mayor aumento de la desigualdad en EEUU.

La desigualdad tiene efectos perniciosos sobre la calidad de vida de la población, como demuestran numerosos estudios

Pero el futuro no está escrito. La desigualdad tiene efectos perniciosos sobre la calidad de vida de la población, como demuestran numerosos estudios (recomiendo especialmente los trabajos de Robert Sapolsky), y si la UE persevera en las llamadas 'reformas estructurales', que no consisten sino en esas políticas de la economía de la oferta, es posible que Europa siga el mismo camino que otras regiones del mundo. Si bien es cierto que esas políticas pueden estimular el crecimiento económico general, tampoco se entiende bien para qué puede servir que la economía crezca unas décimas más si ese crecimiento va a ir a parar a manos de los que ya tienen mucho.

Es cierto que la economía basada en los estímulos de la demanda demostró en el pasado que tiene limitaciones importantes, como se vio en los años setenta con la estanflación, pero parece que muchos se olvidan de que en primer lugar hay varias economías, como la alemana, que tienen obvios problemas de falta de demanda interna. Y no solo la alemana, por ejemplo en Europa, la italiana, española, suiza, danesa, holandesa, noruega, sueca e irlandesa pertenecen al grupo de los 20 países con mayor superávit por cuenta corriente del mundo en 2017 (aunque en España parece que durante el Gobierno de Sánchez se ha corregido parcialmente ese problema).

Y en segundo lugar, existen muchas más medidas de la economía de la oferta de las que no se habla casi nunca, como son la inversión en educación, en I+D, el fomento de la inversión con medidas fiscales o la inversión en infraestructuras, que son mucho más eficaces a largo plazo que las que se suelen utilizar y que no tienen los efectos perniciosos sobre la desigualdad que presentan las que se suelen aplicar.

Resulta por ello bastante lamentable que ningún partido político acuda a las próximas elecciones con un programa económico que combine en su justa medida ambos tipos de política para adaptarlos al mundo actual y al lugar que ocupa España en él. Por una parte, vemos partidos que proponen las políticas por el lado de la oferta estándar (Vox, PP, Ciudadanos), y por otra, vemos partidos que no comprenden bien la potencia que tienen esas otras políticas de la oferta de las que he hablado y que parecen creer que las políticas de demanda tienen un recorrido mucho mayor que el que permite el escaso 1% de superávit corriente con que cerramos 2018. Una auténtica pena, pero es lo que tenemos y lo que nos condenará —de no corregirse— a una lenta pero inevitable decadencia.

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