Covid-19: bulos y realidades

Dióxido de cloro, seguridad de las vacunas, uso de mascarillas, origen del virus… ¿Qué se sabe y qué son bulos?

Foto: Foto: Reuters.
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La situación que estamos sufriendo con la prolongadísima pandemia que se desató hace aproximadamente un año, con graves repercusiones sociales, económicas y psicológicas, está haciendo que se propaguen numerosas opiniones que contradicen las informaciones oficiales sobre temas como el uso del dióxido de cloro para tratar la infección, la falta de seguridad de las vacunas desarrolladas en tiempo récord, la falta de necesidad del uso de las mascarillas o el posible origen del virus fruto de la manipulación en algún laboratorio secreto, chino o estadounidense (existen las dos versiones). En este artículo, haré un repaso de lo que sabe la ciencia de cada uno de esos temas.

Empecemos por el origen del virus. A pesar de que existen muchas personas convencidas de que el virus es en realidad un arma biológica creada en algún laboratorio secreto, liberado de forma intencionada o accidental, la realidad es que el tema ha sido exhaustivamente investigado por genetistas y existe la casi completa seguridad de que en el genoma del virus no hay ningún rastro de manipulación genética. Esto se ha comprobado en varios grupos de investigación y se ha publicado en las revistas científicas más prestigiosas del mundo. Estas son entidades independientes de cualquier Gobierno y las acusaciones de manipulación de artículos científicos que se escuchan a veces por parte de algunas personas no dejan de ser de lo más absurdo, ya que cualquiera que conozca mínimamente el sistema de ciencia sabe que, con sus defectos, que los tiene, es lo mejor de que ha dispuesto nunca la Humanidad para acercarse a descripciones útiles de la realidad, que al fin y al cabo es lo más cerca que podemos aspirar a estar de la verdad. Ejemplos de publicaciones sobre el origen del SARS-CoV-2 se pueden encontrar aquí, aquí o aquí.

Más incomprensible resulta la creencia de que la ingestión de dióxido de cloro puede curar la infección por SARS-CoV-2. En toda la literatura científica no existe un solo artículo que mencione ese uso del dióxido de cloro, que es un potente oxidante que actúa como desinfectante y, por tanto, como virucida. Pero su aplicación es obviamente para uso no 'in vivo'. De hecho, el organismo regulador de los EEUU Occupational Safety and Health Administration admite como concentración máxima 0,1 ppm (partes por millón), es decir, 0,1 mg por litro de agua. Su reactividad es tan alta que a concentraciones altas produciría graves quemaduras y la muerte de quien ingiriera esta sustancia. En realidad, la creencia de que el dióxido de cloro se puede usar como medicamento (antiviral o de cualquier otro tipo) es tan disparatada que ningún científico serio se ha preocupado por desmentirlo en un artículo científico y lo más probable es que ninguna revista científica admitiera semejante demostración para su publicación, simplemente, por la trivialidad que supone. Existen innumerables productos químicos que pueden inactivar virus (ácidos, bases, surfactantes, sustancias radiactivas…), pero en la inmensa mayoría es un absoluto disparate la mera idea de usarlos como antiviral 'in vivo', ya que son tan letales para las células humanas como para los virus.

Respecto a las vacunas que ya se han empezado a administrar a la población, existen también muchas personas preocupadas por su seguridad y que afirman no tener intención de vacunarse. En este caso, estas reticencias sí que tienen cierto fundamento científico, pero para comprender bien qué factores son los que deciden, basándonos en argumentos científicos, si merece o no la pena vacunar a cierto grupo poblacional, hay que tener en consideración multitud de factores. Finalmente, la decisión se toma en función de la relación entre el beneficio y el riesgo de la vacunación.

Lo primero que hay que saber es que aunque cualquier vacuna comporta un pequeño riesgo de efectos adversos leves y mínimo de efectos graves, los beneficios que aporta son mayores que los efectos adversos de la infección que trata de prevenir. En caso contrario, sencillamente no se desarrolla la vacuna (virus que provocan cuadros leves) o se aplica solo a grupos de alto riesgo (gripe estacional). En el caso del covid-19, se trata de una infección que supone un riesgo serio para ciertas personas (ancianos y personas con algunas patologías previas) y de leve a moderado para la mayoría de los otros grupos.

En este artículo (en español), se puede ver que las secuelas, por fortuna, la mayoría leves o moderadas, pueden afectar al 70% de los pacientes. La mortalidad entre cualquier grupo de edad no es despreciable (ver gráfico para España), incluso para pacientes relativamente jóvenes (0,39% para pacientes de 30 a 39 años). Eso significaría nada menos que 17.000 muertes en el grupo de 30 a 39 años, 80.000 en el grupo de 40 a 49 años, 176.000 en el grupo de 50 a 59 años, 303.000 en el grupo de 60 a 69 años, 654.000 en el de 70 a 79 años y 946.000 en el de más de 80. A eso habría que sumar millones de personas con secuelas leves, moderadas y graves. Aunque las vacunas no han sido tan exhaustivamente probadas en el caso del SARS-CoV-2 como en otras enfermedades, debido a la gran premura con que se han desarrollado, existen varios estudios que muestran datos lo suficientemente concluyentes como para estar seguros de que incluso para personas muy jóvenes (menos de 20 años) la relación entre riesgo y beneficio se decanta con muchísima diferencia a favor de la vacunación. No digamos ya en personas de más de 20 años. Estos artículos se pueden consultar aquí, aquí, aquí, aquí o aquí.

Mortalidad por covid-19 en España por grupos de edad. (Fuente: Statista)
Mortalidad por covid-19 en España por grupos de edad. (Fuente: Statista)

En último lugar, hablaremos de las mascarillas. Como en los otros casos que he comentado, hay personas que consideran innecesario su uso. Los estudios científicos al respecto son igualmente concluyentes, encontrando una disminución importante en la transmisión de la enfermedad cuando existe uso de mascarillas. Este metaestudio de la OMS, que revisa nada menos que 172 trabajos científicos al respecto, es concluyente en lo que toca a la importancia del uso de mascarillas, que sobre todo en el caso de las N95 (equivalentes a las FFP2) conducen a una elevada reducción de las infecciones. Las mascarillas quirúrgicas también reducen, aunque en menor medida, la transmisión del virus, mientras que la distancia de seguridad es también eficaz. Adicionalmente, también recomienda la protección ocular para reducir el riesgo de infección. Como se ve, en este caso, las normas de las autoridades incluso se han quedado cortas, ya que lo recomendable sería usar mascarillas FFP2 en lugar de quirúrgicas, y protección ocular, algo que no se exige.

Como podemos ver, los bulos que están corriendo por las redes sociales respecto a la pandemia no tienen fundamento alguno y son peligrosos, no solo para la salud de quienes los creen sino para la de toda la población. En estos casos, la mejor vacuna contra estos bulos —nunca mejor dicho— es informarse a través de fuentes fiables y poner en duda lo que se dice sin citar fuentes fidedignas. La desinformación y los rumores siempre han estado a la orden del día, pero en nuestro mundo hiperconectado son una plaga terrible que cada persona debe combatir con ese maravilloso órgano de que se nos ha dotado, para lo mejor y lo peor: el cerebro.

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