Alemania: un éxito económico contra el keynesianismo

Comparando la evolución de Alemania con la de otras potencias occidentales, el resultado es claro: la patria de Merkel es la que más ha visto incrementar la renta per cápita de sus ciudadanos

Foto: Elecciones en Alemania. (Reuters)
Elecciones en Alemania. (Reuters)

Angela Merkel volvió a ganar, con una amplia diferencia frente al SPD, las elecciones de este domingo. Sus resultados no tienen una explicación únicamente económica —la crisis de los refugiados probablemente haya motivado la pérdida de cerca de un millón de votos de la CDU en favor de la AfD—, pero gran parte de la explicación sí es económica. Al cabo, la actual canciller accedió por primera vez al cargo en noviembre de 2005, apenas año y medio antes de que estallara la Gran Recesión que asoló al mundo desarrollado. O dicho de otra manera, sus tres mandatos al frente del Ejecutivo alemán han convivido con una larga crisis económica mundial y, pese a ello, ha vuelto a triunfar en los comicios.

La razón de esta resistencia democristiana a la crisis es que la economía alemana se ha comportado notablemente bien durante la última década: desde 2007, el PIB real se ha incrementado en un 11%, la inflación se ha moderado apenas a un 1,3% anual, se han creado 4,5 millones de nuevos empleos, y la tasa de paro ha alcanzado su nivel más bajo desde 1980. Comparando la evolución de Alemania con la de otras potencias occidentales, el resultado es claro: la patria de Merkel es la que, con diferencia, más ha visto incrementar la renta per cápita de sus ciudadanos (al tiempo que, por cierto, se ha reducido la desigualdad).

Acaso quepa pensar que la fortaleza de Alemania durante la última década se ha debido a que su economía no se vio realmente afectada por la crisis: esta azotó con dureza a EEUU y al sur de Europa, pero no a las sociedades centroeuropeas. La realidad, empero, es que Alemania fue uno de los países que más vieron caer su PIB durante la recesión de 2009: mucho más que EEUU, Francia o España.

O dicho de otra forma: el buen comportamiento de la economía alemana no se ha debido a haber pasado de puntillas por la crisis, sino a su formidable capacidad de readaptación para hacer frente a la misma. ¿Y a qué se debe tal capacidad de readaptación? Los economistas keynesianos tratan de convencernos de que la única forma de superar rápidamente una crisis pasa por multiplicar los estímulos estatales, muy en especial los de carácter fiscal. Cuando el sector privado no quiere gastar, dicen, ha de ser el sector público quien ocupe su lugar.

Sin embargo, la fortaleza económica de Alemania es difícilmente atribuible a los estímulos keynesianos: desde 2011, el déficit presupuestario del país se ha ubicado por debajo del 1%, y desde 2014 incluso se ha convertido en superávit. En el crítico año 2009, el desequilibrio de sus cuentas públicas apenas alcanzó el 3,2% del PIB, muy por debajo del de otros países como Francia (7,1%), Japón (9,7%), Reino Unido (10,1%), España (10,9%) o EEUU (13,1%). Tan es así, que el endeudamiento de Alemania se ha reducido desde el 65,1% del PIB en 2008 al 64,7% a finales de 2017. Contrasten tal comportamiento con el de Reino Unido (del 50,1% al 88,9%), Francia (del 68% al 97%), España (del 35,5% al 98,5%) o EEUU (del 73,6% al 108,3%). Crecimiento con austeridad, no con déficits manirrotos. Pero si la capacidad de readaptación teutona no procede de los estímulos gubernamentales, ¿de dónde viene entonces?

Primero, de una creíble estabilidad macroeconómica: dado que el sector público alemán no optó por abusar del déficit público, tampoco contribuyó a generar ningún tipo de incertidumbre entre los inversores acerca de su solvencia; más bien al contrario, durante algunos de los episodios más duros de la crisis, sus pasivos se convirtieron en un refugio para el capital global. Ser consciente de que no vas a ser víctima ni de impagos, ni de depreciaciones, ni de mordidas fiscales extraordinarias es clave para mantener calmadas las expectativas de los inversores y para que estos, en consecuencia, sigan apostando por inmovilizar sus capitales dentro del país.

Segundo, de su flexibilidad salarial para evitar perder competitividad en los mercados globales. Tal como han expuesto los economistas Christian Dustmann, Bernd Fitzenberger, Uta Schönberg y Alexandra Spitz-Oener en su artículo "From Sick Man of Europe to Economic Superstar: Germany’s Resurgent Economy" (Del enfermo de Europa a la superestrella económica: el resurgir económico de Alemania), Alemania ha ido ganando sistemáticamente competitividad merced a crecimientos de su productividad por encima de sus salarios. Es decir, el buen comportamiento de la economía alemana tampoco se debe a que haya estimulado artificialmente su consumo interno disparando los salarios: al contrario, el ahorro y la capitalización empresarial han sido la pauta general durante este periodo.

¿De dónde procede semejante grado de flexibilidad laboral? A diferencia de lo que sucede en otros países europeos, el Gobierno alemán no se entromete en la fijación de los salarios, sino que estos se negocian entre los representantes de los trabajadores y de los empresarios, ya sea a escala regional, industrial o de empresa. La clave del asunto, empero, es que las empresas cuentan con plena libertad para adherirse o para salirse de esos convenios colectivos, lo que permite evitar subidas salariales desacopladas de la situación real de cada compañía. Ha sido esta gran flexibilidad salarial, unida al mantenimiento de los flujos inversores dirigidos a mejorar la productividad de sus trabajadores, lo que ha permitido que Alemania capeara la crisis como ninguna otra de las grandes economías mundiales.

Y ha sido esta incontestable prosperidad económica durante los años de la crisis la que ha permitido que Merkel revalide la victoria electoral por cuarta vez consecutiva. Poca de esa incontestable prosperidad es estrictamente atribuible a Merkel, dado que el crecimiento deriva de las reformas laborales implementadas en Alemania desde mediados de los noventa con el objetivo de digerir los enormes costes de la reunificación. Sin embargo, la CDU sí ha mostrado una virtud fundamental durante estos últimos 12 años: no ceder ante los cantos de sirena keynesianos y consolidar una envidiable estabilidad macroeconómica dentro de la cual el sector privado ha podido sanearse y desarrollarse sin miedos. Semejante prudencia en medio de la mayor debacle económica desde la II Guerra Mundial le valdrá a Merkel para revalidar el récord de Adenauer y de Kohl al frente de la cancillería.

Laissez faire

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