¿Las subidas del salario mínimo siempre perjudican al trabajador?

Necesitamos mercados (también laborales) más libres y competitivos: no corrijamos un fallo del Estado con nuevas intervenciones potencialmente falibles del Estado

Foto: Foto: EFE.
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¿Toda subida del salario mínimo legal da lugar a un incremento del desempleo? Los libros de introducción a la Economía parecen sugerir que sí: cuando los trabajadores perciben una remuneración igual a su productividad marginal, incrementar por ley esa remuneración supondrá que su salario pase a ubicarse por encima de su productividad marginal, lo que inevitablemente los conducirá al paro.

En su momento, ya tuvimos ocasión de aclarar que, aun cuando el salario mínimo se ubicara por encima la productividad marginal del trabajador, la consecuencia no tendría por qué ser necesariamente el desempleo: también cabe la posibilidad de que se intensifique la jornada laboral del trabajador (forzándole a ser más productivo) o de que se recorten otros componentes de su remuneración presente o futura (supresión de beneficios en especie, congelación salarial...). Pero el propósito del presente artículo no es analizar las muy diversas vías en las que un incremento del salario mínimo puede terminar perjudicando a los trabajadores, sino si, en contra de lo que suele manifestarse en los cursos de introducción a la Economía, una subida del salario mínimo podría terminar beneficiando a los trabajadores.

Recordemos cuál era nuestra hipótesis de partida: si los trabajadores perciben un salario igual a su productividad marginal, entonces un incremento legal de sus salarios hará que estos se sitúen por encima de su productividad marginal. En tal caso, el paro (u otros perjuicios equivalentes) sí será inexorable. A la postre, si un trabajador contribuye a generar 100 dentro de una empresa, no cabe esperar que cobre persistentemente 150: al empresario simplemente le saldrá más a cuenta despedirlo que mantenerlo contratado. Pero ¿qué sucede si, desde un comienzo, el trabajador percibía un salario inferior a su productividad marginal, esto es, si producía 150 pero solo cobraba 100?

Que un trabajador cobre un salario por debajo de su productividad marginal es inviable en mercados laborales que son competitivos, es decir, en los que existe una pluralidad de empresarios que demandan trabajadores para sus unidades de negocio. A la postre, si un trabajador produce 150 y un empresario solo le ofrece un salario de 100, aparecerá otro que lo sobrepuje por 110 (dado que, contratándolo, lograría unas ganancias de 40) y todavía habrá otro que sobrepuje al anterior por 120 y otro por 130... hasta llegar a los 150. Con mercados laborales competitivos, pues, los salarios se equiparan a la productividad marginal de los trabajadores. Pero ¿y en mercados laborales no competitivos, es decir, allí donde un único empresario (o unos pocos empresarios) son los únicos que desean contratar a trabajadores?

En los llamados mercados laborales monopsónicos, el salario sí tenderá a ubicarse por debajo de la productividad marginal de los trabajadores

En los llamados mercados laborales monopsónicos, el salario sí tenderá a ubicarse por debajo de la productividad marginal de los trabajadores. La razón es sencilla: cuando un empresario controla la totalidad de la demanda de trabajo, sí le es posible forzar una rebaja del salario restringiendo el volumen de las contrataciones. Al igual que un monopolista puede incrementar (por encima de su coste marginal de producción) los precios de sus mercancías restringiendo las cantidades que oferta en el mercado, un monopsonista puede deprimir (por debajo de la productividad marginal del trabajador) los salarios de sus trabajadores restringiendo las cantidades de trabajo que demanda en el mercado. Y, al revés de lo que pronostica el modelo competitivo convencional, un incremento del salario mínimo dentro de un mercado monopsonista no solo no genera paro sino que puede terminar incrementando el empleo (dado que el monopsonista pierde su capacidad de reducir los salarios restringiendo el número de trabajadores contratados, deja de manipular artificialmente su demanda de obreros a la baja). En suma, dentro de un monopsonio, las subidas del salario mínimo acaban generando mayores salarios y mayores niveles de ocupación.

A tenor de lo expuesto, ¿deberíamos perderle el miedo a aumentar el salario mínimo? ¿Deberíamos proceder a incrementarlo de un modo generalizado y muy sustancial? No tan rápido. Por un lado, en términos agregados existe un riesgo evidente: si subimos demasiado el salario mínimo, puede terminar ubicándose por encima de la productividad marginal del trabajo y, en ese caso, incluso en un mercado laboral monopsonístico, generaría paro (u otros perjuicios asimilables). Pero, por otro, existe un problema desagregado más relevante en la práctica: no todos los mercados laborales exhiben el mismo nivel de concentración y, por consiguiente, implantar un mismo salario mínimo en todos ellos provocará que, en aquellos sectores más competitivos, este sí genere desempleo (es decir, si desagregamos los efectos del salario mínimo en función del nivel de concentración de los distintos mercados laborales, sí podemos detectar efectos negativos en los mercados más competitivos y efectos positivos en los menos competitivos). Para subir sofisticadamente el salario mínimo, deberíamos conocer en cada sector del mercado cuál es el grado de concentración de la demanda de trabajo, cuánto deprime el salario sectorial por debajo de la productividad marginal del trabajo y articular subidas salariales en consecuencia (algo que, por cierto, podría implicar la eliminación de los salarios mínimos en las grandes ciudades y mantenerlos elevados en las zonas rurales, donde la competencia empresarial es menor).

Los monopsonios —al igual que los monopolios— son un problema grave para nuestras economías: no solo distributivo (extracción de rentas) sino de eficiencia productiva (monopsonios y monopolios maximizan sus ganancias a costa se producir cantidades subóptimas de bienes). Pero la mejor forma de contrarrestarlos no es con controles de precios sino mejorando las dinámicas competitivas dentro de los mercados y, subsidiariamente, a través de una negociación sindical (sin privilegios legales de por medio). Necesitamos mercados (también laborales) más libres y competitivos: en lugar de corregir los fallos del Estado (hiperregulación estatal destructora de la competencia) con nuevas intervenciones potencialmente falibles del Estado (controles de precios), subsanemos los fallos del Estado y disfrutemos del progreso inclusivo de los mercados.

Laissez faire
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