El Estado como un bandido estacionario
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Juan Ramón Rallo

Laissez faire

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El Estado como un bandido estacionario

El origen del Estado sí parece estar en el crimen organizado. Y eso no es incompatible con que el Estado pueda prestar funciones socialmente valiosas

Foto: Cálculo de impuestos. (iStock)
Cálculo de impuestos. (iStock)

Cuando los liberales decimos que “los impuestos son un robo”, muchos intelectuales enrocados en el 'statu quo' estatista se escandalizan. A su entender, los impuestos son herramientas para promover la justicia social, para resolver los fallos del mercado o, simplemente, para garantizar la vida pacífica en sociedad. Pero mucho me temo que con semejante réplica están confundiendo la naturaleza de los impuestos con sus presuntas y potenciales consecuencias positivas: que los impuestos se originen como un robo no es incompatible con que el ladrón pueda emplear su botín para promover que sus víctimas se mantengan productivas y, por tanto, sigan generando esa riqueza que este se dedica a robar.

De hecho, esta fue la intuición del gran Mancur Olson en su modelo de “bandidos itinerantes versus bandidos estacionarios”. 'Ceteris paribus', cualquier ladrón prefiere vivir en una sociedad rica antes que en una sociedad pobre, pues así dispone de muchos más objetivos que atracar. Ahora bien, cada vez que un ladrón roba a alguien, la sociedad se empobrece: el ladrón no produce nada valioso mientras está robando, sus víctimas ven reducidas las recompensas que obtuvieron por ser productivas y el gasto en seguridad y justicia tenderá a incrementarse a costa de otros servicios. Ahora bien, por mucho que el ladrón empobrezca la sociedad en la que reside, no tendrá incentivos a dejar de delinquir porque su porcentaje de participación en esa sociedad es muy estrecho: si redujera la magnitud de su robo, solo incrementaría infinitesimalmente la riqueza dentro de la sociedad que puede ser robada.

Tomemos alternativamente el caso de una mafia que monopoliza la exacción criminal dentro de un territorio y, por tanto, posee un porcentaje de participación amplio dentro de esa sociedad. La mafia sí tiene razones para autolimitarse a la hora de robar: imaginemos una sociedad con unos ingresos agregados de 100 unidades monetarias de los cuales la mafia se apropia de 95; en tal caso, a las víctimas solo les restarán cinco unidades monetarias después del atraco. Si, en cambio, los mafiosos reducen su porcentaje de parasitismo al 90%, entonces los ciudadanos verán duplicada su disponibilidad de renta hasta 10 unidades monetarias: si esa mayor disponibilidad les incentiva a volverse más productivos y a incrementar sus ingresos monetarios de antes del atraco hasta 110 unidades monetarias, entonces el botín de los mafiosos se incrementará: robarán más apropiándose del 90% de 110 (99 unidades monetarias) que con el 95% de 100 (95 unidades monetarias). Sí, exacto: esta es la misma lógica que aplican los gobiernos con la curva de Laffer.

Pero la actividad de la mafia no terminará aquí: si puede destinar parte de su botín a efectuar inversiones dentro de la sociedad que incrementen la productividad de sus víctimas, también tendrá incentivos a hacerlo. Por ejemplo, si la mafia determina que el tipo de extracción que maximiza su botín es el 50%, entonces invertirá una unidad monetaria en bienes públicos siempre que la riqueza social atracable aumente en al menos dos unidades monetarias. Por eso las mafias que monopolizan la exacción en un territorio tienen incentivos a proveer servicios de seguridad frente al crimen que no ejerce ella misma (prohibir el asesinato, pues las víctimas dejan de producir riqueza atracable; o prohibir los robos, puesto que los ladrones compiten con la mafia por el botín), a suministrar infraestructuras, educación o sanidad e incluso a redistribuir la renta si con ello consigue consolidar su legitimidad sobre la población atracada.

Es compatible que los impuestos sean un robo y que se destinen en gran medida a actividades que sus víctimas reputan valiosas

Así es como explica Mancur Olson el origen de los Estados: como bandidos itinerantes que se convierten en estacionarios y, por tanto, adquieren un porcentaje de participación muy amplio en el botín de la sociedad que en parte alinea sus intereses. Como vemos, pues, es perfectamente compatible que los impuestos sean un robo y que se destinen en gran medida a actividades que sus víctimas reputan valiosas (y que les incentiven o a aumentar su productividad o a aumentar su lealtad hacia el Estado). Con posterioridad, los intelectuales cortesanos racionalizarán la actividad criminal del Estado jurándonos que tiene un origen divino (y que por tanto posee un derecho natural a gobernar) o que en realidad no surgió de la institucionalización del crimen, sino del consentimiento unánime de las víctimas a través de un contrato social. Pero la realidad es muy otra.

Ahora bien, para que un bandido itinerante decida convertirse en un bandido estacionario (y, en última instancia, en un Estado) no basta con que el bandido itinerante sea capaz de monopolizar temporalmente el derecho de exacción sobre una población, sino que también será necesario que espere mantener a largo plazo ese derecho de exacción. En caso contrario, si se ven perturbados los derechos de parasitismo monopolístico del bandido estacionario, este puede reconvertirse en un bandido itinerante.

Foto: La secretaria del Tesoro de EEUU, Janet Yellen. (Reuters) Opinión

En un reciente estudio titulado 'On the Ends of the State: Stationary Bandits and the Time Horizon in Eastern Congo', la tesis de Olson encuentra un importante respaldo empírico. Los autores analizan el comportamiento de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) durante el periodo en que dominaron una zona en la provincia de Kivu del Sur, dentro de la República Democrática del Congo. Mientras este grupo armado controló sin amenazas externas esta región del país, se dedicó a proporcionar funciones protogubernamentales: cobrar impuestos y proporcionar servicios de seguridad y justicia. Sin embargo, después de que, en 2009, el ejército congolés y miembros de las Naciones Unidas se organizaran para atacar y poner fin al control que ejercían las FDLR dentro de Kivu del Sur, este grupo armado pasó a convertirse en bandidos itinerantes y multiplicaron en un 350% los pillajes con respecto al periodo anterior en el que ejercían de probos gobernantes.

En suma, y a falta de mejor evidencia histórica, el origen del Estado sí parece estar en el crimen organizado. Eso no es incompatible con que el Estado pueda prestar funciones socialmente valiosas (el propio Olson remarcaba que la población tiende a preferir a los bandidos estacionarios sobre los bandidos itinerantes), pero sí debería ponernos en guardia a la hora de otorgar un cheque en blanco de legitimidad a los Estados: su origen no es inmaculado y aun hoy desempeñan funciones que solo son instrumentalmente valiosas para maximizar su rapiña.

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