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Auge y caída de Pablo Casado
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Juan Ramón Rallo

Laissez faire

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Auge y caída de Pablo Casado

Si dedicas más tiempo a prepararte para la derrota que para gobernar, ¿cómo esperar que los ciudadanos te vean como un líder a quien seguir?

Foto: Pablo Casado. (EFE/Raúl Sanchidrián)
Pablo Casado. (EFE/Raúl Sanchidrián)
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El proyecto político de Pablo Casado arrancó con muy mal pie desde el principio. Por un lado, se impuso contra Soraya Sáenz de Santamaría sin contar con una amplia mayoría dentro de su partido, de modo que su liderazgo nacía frágil; por otro lado, menos de un año después de haber sido elegido presidente, concurrió a sus primeras elecciones y sufrió la más estrepitosa de las derrotas experimentadas en toda la historia del Partido Popular, lo cual resquebrajó todavía más su liderazgo dentro y fuera del partido.

A partir de ese momento, pues, Pablo Casado dedicó más tiempo en guardarse las espaldas que en armar un proyecto político coherente y reconocible ante los ciudadanos. Dentro del partido, se dedicó a laminar a todas aquellas personas que no fueran de su más estricta confianza: si careces de 'auctoritas', no te queda otra que recurrir a la 'potestas'; es decir, justamente porque hay mucha gente deseosa de botarte tienes que eliminarlos tú antes a ellos y reemplazarlos por una masa de inanes monaguillos que solo sepan agachar la cabeza y rendir culto al líder, tanto cuando lo merece cuanto, sobre todo, cuando no lo merece. Ahí resultó precisamente crucial el papel de Teodoro García Egea: el dóberman aniquilador de díscolos, como Cascos lo fue para Aznar.

Fuera del partido, Casado tuvo que protegerse primero frente al sorpaso de Ciudadanos y después frente al sorpaso de Vox, dando lugar a un discurso político ambivalente y zigzagueante. Si en ocasiones has de lanzarte a taponar las hemorragias que salen desde tu lado izquierdo y en otras ocasiones has de cubrir las de tu lado derecho, al final te vuelves imprevisible y amorfo ante tus votantes. Mucho se habló de la veleta naranja (precisamente por una similar esquizofrenia: ora rascar votos en el PSOE, ora rascar votos en el PP), pero la veleta azul no se agitó menos que la naranja.

Chantajes, espionajes e instrumentalización en su favor de un posible caso de corrupción. Todo a la desesperada por conservar el poder

En suma, Casado, paranoico por el miedo a ser defenestrado tras cualquier nuevo fracaso electoral, construyó un partido internamente sumiso y externamente vacío. No una maquinaria para ganar elecciones, sino para evitar que lo echaran a él tras perderlas. La lógica era sencilla: Aznar y Rajoy habían llegado a la Moncloa atornillándose en el cargo y esperando a que llegara su momento. ¿Por qué no hacer lo mismo?

Pero hete aquí que todo este castillo de naipes comenzó a desmoronarse cuando dentro del partido (por buenas razones o sin ellas, no es relevante para el presente razonamiento) sí surgió una líder que, precisamente por serlo y por creérselo, no tuvo complejos en armar un cierto discurso ideológico reconocible y propio con el que barrió tanto a Ciudadanos como a Vox. En cierta medida, Ayuso se convirtió en aquello que Casado no pudo llegar a ser y precisamente por eso representaba una amenaza para su continuidad al frente del PP: este era bien consciente de que, ante un nuevo traspié electoral, todo el mundo miraría a Ayuso para reemplazarlo y por eso necesitaba anularla políticamente.

Se extralimitó, sin embargo, en los métodos mafiosos que quiso emplear para lograrlo: chantajes, espionajes e instrumentalización en su favor de un posible caso de corrupción. Todo a la desesperada por conservar el poder. Y cuando Ayuso, que disponía del favor de la calle y probablemente de un relato mediático mejor armado (veremos si a prueba de tribunales), no se achantó ante el envite de la dirección nacional, ahí precisamente fue cuando Casado encontró su propia tumba. Si se airea que estás dispuesto a llegar a esos extremos cuasi delictivos para contrarrestar a una compañera de partido que había sumado votos para la organización y que, al menos de cara a la galería, te había sido leal hasta ese momento, entonces es que no confías en tu endeble liderazgo. Y si no confías en tu liderazgo, ¿cómo vas a pedirles a los demás, dentro y fuera del partido, que lo hagan? Si ni siquiera tú mismo tienes fe en tus posibilidades de derrotar a tus rivales políticos, si dedicas más tiempo a prepararte para la derrota que para gobernar, ¿cómo esperar que los ciudadanos te vean como un líder a quien seguir?

Se atrinchere más o menos tiempo al frente de la presidencia del PP, Casado es hoy un político quemado y amortizado

En este sentido, el carpetazo al expediente informativo de Ayuso solo constituye la última y definitiva evidencia de que la autoridad de Casado dentro y fuera del partido ha quedado definitivamente triturada: Ayuso le ha doblado el pulso ante toda España en apenas 24 horas. Y del ridículo es imposible salir vivo. Si pocos creían hasta entonces en ese liderazgo con pies de barro, basado más en el control endogámico del aparato que en la admiración hacia la persona y en la convicción por sus ideas, después de este circense autorreconocimiento de debilidad, nadie podrá creer en él.

Por eso, se atrinchere más o menos tiempo al frente de la presidencia del PP, Casado es hoy un político quemado y amortizado. Quizá pudo haber sido algo distinto de haber tomado otro camino: un camino que, a mi juicio, intentó seguir hasta que se estrelló en sus primeras elecciones generales, momento en el que la construcción de su proyecto político y de su liderazgo quedó totalmente orillada frente a la necesidad de supervivencia interna. Sus miedos e inseguridades, unidas a la obsesión por el poder que comparte con todo político, le impidieron brillar y ha terminado hundiéndose en la oscuridad del descrédito y de la mediocridad.

El proyecto político de Pablo Casado arrancó con muy mal pie desde el principio. Por un lado, se impuso contra Soraya Sáenz de Santamaría sin contar con una amplia mayoría dentro de su partido, de modo que su liderazgo nacía frágil; por otro lado, menos de un año después de haber sido elegido presidente, concurrió a sus primeras elecciones y sufrió la más estrepitosa de las derrotas experimentadas en toda la historia del Partido Popular, lo cual resquebrajó todavía más su liderazgo dentro y fuera del partido.

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