La mano negra del capitalismo, primero tomaremos Manhattan

Las ciudades cambian porque son un espejo de sociedades en constante evolución, nuestros referentes culturales ya no están en España, están en el mundo

Foto: 'Skyline' del Bajo Manhattan. (Reuters)
'Skyline' del Bajo Manhattan. (Reuters)
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Hay un libro, 'First we take Manhattan, la destrucción creativa de las ciudades', escrito por Daniel Sorando y Álvaro Ardura, que se está queriendo consolidar poco a poco como el manual de entendimiento de la ciudad moderna. El libro plantea una concepción falsa de la ciudad y de los procesos de regeneración y renovación urbana que están en auge.

La tesis central que defienden es que todos los casos de gentrificación son iguales, ya que cada uno representaría una etapa determinada de un mismo proceso.

Apoyándose, inteligentemente, en ejemplos como la Nueva York de los sesenta, el Barrio Chino de Barcelona o el Cabañal de Valencia, definen un proceso lineal y constante de manipulación urbana, a saber: abandono del barrio, estigmatización, regeneración y mercantilización.

Es cierto que no pretenden hacer pasar esta teoría de cadena de sucesos como propia, y reconocen aceptar como tal la teoría de Erick Clark, geógrafo y teórico americano.

Para poder dar sentido a esta teoría, existe a lo largo de todo el libro la presencia de una mano negra, el capital, que de forma perniciosa ha ido diseñando junto con las administraciones públicas, 'neoliberales' y colaboradoras, un modelo de ciudad que les permita beneficiarse al final de la película (la actualidad) de los frutos de sus pérfidas maquinaciones.

Es la presencia de esta malvada figura la que redime y defiende a los urbanitas contemporáneos que participan de la gentrificación de ser ellos mismos sus propios enemigos. Esto último lo reconocen los autores en sus charlas y conferencias. Mantienen que una de las razones por las que se animaron a escribir el libro fue para que la gente tomara consciencia de que con sus acciones de consumo o emprendimiento gentrifican, pero remarcan que no acusan a nadie, e invitan a los lectores y escuchantes a no pensarse responsables de las consecuencias negativas de sus actos, dado que estas no eran intención suya.

En este sentido, Sorando, Andua y otros tantos llegan a plantear que para evitar el 'pecado' de gentrificar, la mejor solución es la municipalización del parque inmobiliario, o lo que es lo mismo, la eliminación de la opción de negocio y la especulación. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Surgen al menos dos preguntas: ¿qué inversor puede o quiere arriesgar ingentes cantidades de dinero para cambiar el tejido social de una ciudad y 60, 50 o 40 años después revertir el proceso para ganar las plusvalías generadas? Y, ¿cómo calcular los riesgos de una inversión tan compleja y tan a largo plazo? Menos aún teniendo en cuenta la enorme suma necesaria para rehabilitar la ciudad degradada. Esta insinuación parece totalmente inverosímil, especialmente cuando se trata de un proceso existente en todo el mundo. Suenan campanas de contubernio, aunque esta vez la judeomasónica se ponga la careta del 'neoliberalismo'.

La visión que defiende este libro, donde la ciudad no es mas que el patio de juego de unos pocos plutócratas, es falsa. Y sí, señores lectores, ustedes saldrán a la calle y verán cómo sus barrios están cambiando, los locales se vuelven impersonales, las raciones de callos son sustituidas por magdalenas de colorines, y las mercerías por tiendas donde le hacen la pedicura 'low-cost' a cualquiera dispuesto a plantar sus pies desnudos en un escaparate. Pero es que el capitalismo es una anónima e impersonal innovación constante, y como dice Antonio Escohotado: “La innovación es la destrucción de aquello que antes parecía básico”. Aun así, el termino 'innovar' se entiende siempre en positivo, eso sí, como toda destrucción, genera desazón y sensación de orfandad, al menos al principio.

Para entender lo que está pasando en nuestros barrios, no solo usemos a Clark, vayamos a otras fuentes ligeramente más acertadas, dos ejemplos: Damaris Rose y Robert Beauregard. Ya en los ochenta, estos autores denunciaban que la idea mayoritaria sobre gentrificación es en realidad una amalgama de situaciones y procesos, no siempre interconectados, a los que se les ha impuesto, ideológicamente, una única causa y se han arrejuntado bajo un concepto fácilmente criminalizable, algo similar a la elitización. ¿Y quién ha hecho esto? Pues autores de corte marxista como E. Clark, Neil Smith o David Harvey.

Y es que, como dicen algunos, gentrificación no es un nombre de señora, pero tampoco de malo de James Bond.

Las ciudades cambian porque son un espejo de sociedades en constante evolución, nuestros referentes culturales ya no están en España, están en el mundo. El catálogo de Ikea, Pinterest o el Instagram de los famosos americanos son las nuevas biblias de la estética al nivel de la calle y del deseo de los clientes.

En su momento se huyó de los centros urbanos por la promesa de una vida nueva y distinta en los chalés de la periferia, donde criar a los niños de forma segura y saludable. Ahora, con generaciones de jóvenes, y no tan jóvenes, que alargan al máximo las etapas de la vida donde las responsabilidades son con uno mismo y nada más, y que no se plantean formar una familia hasta que hayan consumido todo tipo de 'experiencias' y las hayan publicado en las redes sociales, el péndulo del deseo y la voluntad anónima oscila hacia un ideal urbano y una estética 'low-cost'. Los hípsters solo son la versión más estridente de esta realidad social.

Hay barrios humildes que se están volviendo de lujo, y otros que simplemente reciben un lavado de cara porque la clase trabajadora ahora tiene dos carreras y ve películas en versión original. Hay barrios residenciales y de clase media que están cambiando su carácter familiar a algo juvenil y turístico, y otros donde el consumo de amas de casa y padres de familia respetables lo han heredado exitosos trabajadores de multinacionales que conocen tres continentes y hacen la compra en Carrefour Express. Cada barrio de cada ciudad está sujeto a condicionantes propios de regeneración o renovación, algunos más naturales, otros más diseñados por las administraciones públicas o intereses privados, pero que vienen a responder a una demanda previa y creciente. Cada uno tiene un proceso y una razón de ser particular.

Cada barrio está sujeto a condicionantes propios de regeneración o renovación que responden a una demanda previa y creciente

Seguir el ejemplo de este libro, 'First we take Manhattan', y acusar a la mano negra del capitalismo y sus comprados poderes públicos de abandonar en los centros urbanos a los pobres durante años, para luego robarles la ciudad y dársela a los ricos, puede que redima a algunos de la contradicción en la que viven por participar de una estética que no comulga con la ética que quieren defender, pero decir que la cura es la eliminación de la propiedad privada, al menos en cuanto a lo que inmobiliaria se refiere, es matar moscas a cañonazos.

Unificar todos los casos bajo una única causa y proceso es peligroso porque impide ver las particularidades de cada situación, negándonos la posibilidad de aplicar las recetas apropiadas, y de gestionar correctamente los cambios para garantizar que en el conjunto de la ciudad el bien común prevalezca.

Quizás en este artículo, escrito por la intranquilidad que provoca ver que poco a poco se va imponiendo la visión simplista y maniquea de estos autores, solo exista la intención de hablar con aquellos interesados en entender sus ciudades un poco más a fondo, y rogarles que no se dejen llevar por la desazón de la innovación social, que busquen siempre las causas particulares y si algo creen que no funciona, que pidan regular con inteligencia y sosiego. Las fórmulas definitivas no existen, y la promesa de redención solo garantiza injusticias. De haber una razón común de esta evolución, esta sería la riqueza de oportunidades e influencias que nos llegan de un mundo cada vez mas grande.

*Jaime Caballero es arquitecto.

Tribuna
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