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Sabíamos que esto iba a ocurrir
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Sabíamos que esto iba a ocurrir

Desde los máximos de renta variable de principios de año, grosso modo, los mercados tanto de Equity como de bonos (USA, Eurozona y Japón) han caído en el entorno del 15%

Foto: Foto: EPA
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Sabíamos que iba a pasar. Sabíamos que una situación de dinero gratis tendría, tarde o temprano, consecuencias indeseadas en la economía y en los mercados financieros. Sabíamos que más de diez billones de dólares en “riego” fiscal y monetario casi indiscriminado alterarían substancialmente la estructura de las valoraciones de los activos financieros y reales en relación a sus medias históricas (por lo tanto, a sus valoraciones “normales”). Sabíamos que estábamos inflando de una forma más que preocupante los niveles de deuda pública y privada porque, al añadido del atractivo fiscal en su emisión, se producía el hecho insólito de que el financiador del emisor de renta fija pagaba por endeudarse en una suerte de abono de prima de seguridad. Sabíamos que la política monetaria se había quedado sin margen de maniobra en caso de empeoramiento adicional de expectativas y que la política fiscal estaba dejando exhaustas las arcas de los Estados. Más que sabíamos, lo que es peor, dábamos por hecho, que mientras la liquidez y la financiación fuesen eternas, la actividad económica se recuperaría de forma sólida y sostenible una vez pasado el one off de la pandemia.

Todas estas cosas las sabíamos o intuíamos. ¿Qué hemos hecho cuando nos encontramos ante el peor momento posible para corregir errores o alegrías de política económica previa que, una vez más, nos devolvía a nuestra dialéctica diaria el término de “exuberancia irracional”? Desde un punto de vista de los que tenemos el deber de alertar de estas circunstancias y sobre todo de los peligros para nuestras inversiones y ahorros, sin generalizar por supuesto, yo diría que relativamente poco. No es fácil apostar por una actitud claramente contrarian. ¿Cuál ha sido nuestro posible error como intervinientes en los mercados? Probablemente depender demasiado de ese concepto del “diferencial entre la rentabilidad sin riesgo y la rentabilidad por beneficios” (Earnings Yield Gap) que solo habrá podido coadyuvar a invitar a invertir en un escenario de tipos sin riesgo cero sin solución de continuidad.

Foto: EC.

Desde los máximos de renta variable de principios de año, grosso modo, los mercados tanto de Equity como de bonos (USA, Eurozona y Japón) han caído en el entorno del 15%, si exceptuamos China, que lo está haciendo al doble. Desde mínimos de comienzos de 2021 (en lo peor de la tercera ola de la pandemia) las rentabilidades siguen siendo razonablemente positivas, incluido el mercado chino, con más de un 5% de rentabilidad, o algo así como un 3% en términos anuales.

Si sabíamos que esto tenía que pasar, ¿es este el ajuste descontado y razonable que “todos esperábamos”? Si “la vuelta a la media histórica” es el baremo utilizado, desde luego queda trecho de ajuste en términos de múltiplos. El Earnings Yield Gap comentado se va ajustando, pero todavía invita a la inversión en renta variable.

En todo caso, no es el objetivo de estas líneas el establecer una recomendación de lo que puede pasar y se debe hacer. En ello están enfrascados múltiples estrategas y analistas de inversiones en nuestro país de una calidad profesional reconocida mundialmente. La cuestión importante es dilucidar las cambiantes condiciones para un nuevo paradigma al que no estamos acostumbrados. Sabíamos que iba a pasar y ahora debemos saber responder a los retos del nuevo entorno económico y de los mercados financieros.

*Javier Méndez Llera es Secretario General del Instituto Español de Analistas Financieros.

Sabíamos que iba a pasar. Sabíamos que una situación de dinero gratis tendría, tarde o temprano, consecuencias indeseadas en la economía y en los mercados financieros. Sabíamos que más de diez billones de dólares en “riego” fiscal y monetario casi indiscriminado alterarían substancialmente la estructura de las valoraciones de los activos financieros y reales en relación a sus medias históricas (por lo tanto, a sus valoraciones “normales”). Sabíamos que estábamos inflando de una forma más que preocupante los niveles de deuda pública y privada porque, al añadido del atractivo fiscal en su emisión, se producía el hecho insólito de que el financiador del emisor de renta fija pagaba por endeudarse en una suerte de abono de prima de seguridad. Sabíamos que la política monetaria se había quedado sin margen de maniobra en caso de empeoramiento adicional de expectativas y que la política fiscal estaba dejando exhaustas las arcas de los Estados. Más que sabíamos, lo que es peor, dábamos por hecho, que mientras la liquidez y la financiación fuesen eternas, la actividad económica se recuperaría de forma sólida y sostenible una vez pasado el one off de la pandemia.

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