Cuando el Tourmalet solo es el primer puerto y se nota

Asistiremos a una campaña extraña, y no por ser el aperitivo de un atracón. Todos han aceptado sumisamente que solo se discuta sobre lo que sucederá cuando Díaz gane las elecciones

Foto: La líder del PSOE en Andalucía, Susana Díaz, y la de Podemos, Teresa Rodríguez. (EFE)
La líder del PSOE en Andalucía, Susana Díaz, y la de Podemos, Teresa Rodríguez. (EFE)

Como ocurrió en 2015, Andalucía abre una carrera electoral frenética, que nos llevará de estas autonómicas del 2 de diciembre al superdomingo del 25 de mayo (municipales, autonómicas, europeas) y de ahí a las generales en otoño (suponiendo que Sánchez no anticipe las generales o que Torra no reciba una orden de Waterloo para precipitar las catalanas). Pueden abrirse hasta seis urnas en menos de un año.

Este hecho impregna y condiciona en demasía la campaña andaluza. No se sube igual el Tourmalet cuando en su cumbre termina la carrera que visto como el primer puerto de una larga etapa de montaña. Para Susana Díaz y Teresa Rodríguez, el 2-D es la meta final. Para Casado y Rivera, estas elecciones son los cuartos de final (Iglesias y Sánchez se han quitado de en medio preventivamente; si su equipo triunfa, se apuntarán al festejo; si no, perdieron ellas).

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Por si los votantes no notaran todo eso, viene el PP y se lo cuenta. Dice Pablo Casado: “Los actos que estoy haciendo no son solo para una campaña andaluza; también sirven para proyectar las municipales y las generales. Por eso me estoy volcando”. ¿Por eso se está volcando? Ciertamente, pero hay que ser zote para decirlo en voz alta. El electorado andaluz detesta que lo traten como conejillo de indias de batallas ajenas. El intrépido dirigente se lo suelta a la cara, ayudando, una vez más, a afianzar la idea —que el PSOE ha alimentado durante décadas— de que la derecha desprecia a Andalucía. El PP siempre encuentra la forma de colaborar en ello.

A Ciudadanos también se le ve de lejos que encara las elecciones andaluzas como un trampolín. Si logra superar al PP en esta primera escalada, habrá dado un gran paso para quebrarle la moral y soltarlo de rueda en la meta final de las generales, que es lo que importa.

Cuando el Tourmalet solo es el primer puerto y se nota

El partido naranja tiene dos problemas en esta campaña: por un lado, administrar las expectativas para que un resultado que duplicará de sobra sus votos y sus escaños no termine pareciendo un fracaso. Por otro, gestionar el hecho de que Rivera no se tomó en serio el asunto de su candidatura andaluza; y ante las abrumadoras limitaciones de Marín, ahora se ve obligado a opacarlo aún más con su propio protagonismo y el de Arrimadas. Una cosa es que los líderes nacionales acudan a arropar al candidato local y otra que lo suplanten. También eso lo perciben los votantes. La candidatura de Teresa Rodríguez será mejor o peor, pero no es postiza. Y no padece el 'estigma del forastero' que el PSOE ha logrado adjudicar a la derecha en Andalucía.

La candidata de Adelante Andalucía está cómoda en esta campaña porque tiene las manos libres para erosionar al PSOE por la izquierda y se beneficia a la vez de su antagonismo con Susana Díaz y de su distancia con Iglesias. Además, las tácticas cruzadas de los demás hacen que con ella no se meta nadie, lo que le permite desarrollar un discurso lineal, limpio de interferencias. Su reto es igualar o superar lo que sumaron Izquierda Unida y Podemos en 2015, y parece estar a su alcance.

El PSOE gana en Andalucía como el PP lo hace en Galicia, el PNV en el País Vasco o Convergència solía hacerlo en Cataluña

En cuanto al PSOE, la primera impresión es que repite la misma campaña desde hace 40 años. Es la eterna prolongación de aquel referéndum épico de 1980, que cimentó la hegemonía socialista y clavó en la memoria colectiva el pecado original de la derecha. Cuatro décadas más tarde, los socialistas siguen sacando oro de aquella mina y sus oponentes aún expían su culpa.

El PSOE gana en Andalucía como el PP lo hace en Galicia, el PNV en el País Vasco o Convergència solía hacerlo en Cataluña (hasta que la estúpida insensatez de Mas y la difusión de los latrocinios de Pujol destrozaron el invento). Son partidos-nación que, con el ejercicio prolongado del poder y explotando a fondo los mecanismos de control social, consiguen modelar la conciencia colectiva a su imagen y semejanza.

El PSOE de Andalucía es —no en los contenidos, pero sí en la relación que establece con la sociedad— un híbrido del PNV y el peronismo. Recordemos algunos de sus eslóganes históricos: se ha presentado con éxito como 'El gran partido de los andaluces', 'Un gran partido para un gran pueblo', 'La fuerza del sur', y ha llegado a afirmar en sus carteles, con toda naturalidad, que “Andalucía vota… PSOE de Andalucía”. Aparentemente, ahora ofrece otra dosis de lo mismo: Susana Díaz es 'Más Andalucía'.

Cuando el Tourmalet solo es el primer puerto y se nota

Pero en esta ocasión el alma peronista (caudillista) se ha impuesto a la peneuvista (corporativa). En un partido que desde Escuredo nunca presentó candidatos carismáticos, ahora se quiere desplazar la identificación identitaria de la marca a la persona. 'El gran partido de los andaluces' ha cedido su lugar al caudillaje omnipresente de Díaz. Podría ser un error fatal: en esa casa se sobrevalora la potencialidad electoral de su lideresa, que genera más anticuerpos que su marca de referencia. En Andalucía cuesta mucho menos despegarse emocionalmente de Susana Díaz que del PSOE.

Asistiremos a una campaña extraña, y no solo por ser el aperitivo de un atracón. Todos han aceptado sumisamente que solo se discuta sobre lo que sucederá cuando Susana Díaz gane las elecciones. Una candidata conocida compite con tres rivales semianónimos, lo que hace que el debate central se desarrolle entre Díaz y los líderes nacionales del centro-derecha, Casado y Rivera/Arrimadas. Y como sucedió en 2015, la vecindad de las municipales (y el espectro de las generales) hará que la formación de Gobierno resulte un suplicio. De hecho, en los despachos se evalúa ya la hipótesis de una repetición de las elecciones.

Una candidata conocida compite con tres rivales semianónimos, lo que hace que el debate se centre en Díaz y los líderes nacionales del centroderecha

Pervive la leyenda de que en Andalucía las victorias del PSOE son ineluctables. Pero recordemos que en 2011 —hace solo siete años— también hubo un ciclo electoral completo. En aquellas municipales, el PP le sacó siete puntos de ventaja al PSOE y copó las alcaldías de las ocho capitales, con mayoría absoluta en todas ellas. Aplastó a los socialistas en las generales. Y ganó también en las autonómicas, aunque no llegara a gobernar por el pacto del PSOE con IU.

Entonces pudo girar la historia. Puede decirse que la crisis, Zapatero y Griñán entregaron Andalucía al PP; y después, Rajoy y Arenas devolvieron el obsequio. Si interpreto bien los primeros escarceos, la doble lección de aquel precedente está en la base conceptual de la campaña de Ciudadanos, al que, para aspirar a ganar esta carrera, solo le falla… el caballo. Es la importancia de los pequeños detalles.

Diario de campaña
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