El voto de la vaca o la peor campaña del PP

Desde que tengo memoria, no recuerdo una campaña del PP tan desatinada como la que hoy concluye

Foto: El candidato del PP a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, acaricia una vaca durante la visita a una granja. (EFE)
El candidato del PP a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, acaricia una vaca durante la visita a una granja. (EFE)

Cuando uno cree que lo ha visto todo en materia de campañas electorales, aparece un candidato en apuros que, en plena recta final, se muestra públicamente pidiendo el voto a una vaca. “¿Tú vas a votar al PP o no? Sí, hombre”, le dice Moreno a un ejemplar de la especie bovina que mira estupefacto a su alrededor. Habrá quien lo vea como una anécdota desafortunada; a mí me parece que tiene el valor de un síntoma.

Es cierto que ganar la campaña no equivale a ganar las elecciones, y viceversa. La decisión de voto es un plato complejo con muchos ingredientes, y la campaña solo es uno de ellos —no siempre el más importante—.

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Pero la experiencia certifica también que, cuando un partido llega a una elección políticamente desnortado, eso se contagia a todos los elementos de su campaña, incluidos los meramente técnicos. Por alguna extraña conjura astral, a ese partido le falla la megafonía en los mítines, sus carteles se mojan y se caen antes que ninguno, las piezas publicitarias son un churro y los candidatos cometen torpezas en cadena impropias de gente experimentada. Como lo de Moreno con la vaca. O si quieren algo más trascendente, que alguien que aspira a presidir una comunidad autónoma diga que no quiere gestionar la educación y que los niños de su tierra “no saben que existe el Ebro”.

El Partido Popular siempre tuvo una maquinaria electoral eficiente. Incluso en Andalucía, en un contexto habitualmente desfavorable, sus campañas fueron solventes y sus candidatos se desempeñaron con profesionalidad. El propio Moreno Bonilla está lejos de ser un novato: en el primer debate electoral de 2015 le dio un baño completo a Susana Díaz. Nada que ver con su estólida actuación en los dos debates de esta campaña.

Desde que tengo memoria, no recuerdo una campaña del PP tan desatinada como la que hoy concluye. Si finalmente el PP logra adecentar su resultado —a más no puede aspirar—, será más por la fortaleza de sus raíces que por lo hecho en las últimas semanas.

A los pocos días de convocarse las elecciones ya se distinguió con claridad el plan de cada partido. Nadie ha deslumbrado, pero todos se han atenido a un guion. Con una excepción: hoy termina la campaña y aún no es posible discernir cuál ha sido en ella el planteamiento estratégico del Partido Popular.

Si el líder de un partido nacional irrumpe en una elección regional para protagonizar más de 40 actos en dos semanas, corre el riesgo de no ayudar sino aplastar bajo su peso al candidato para el que pide el voto. Pero lo menos que puede esperarse de tan insólito proceder es que sacuda la campaña, marque su desarrollo y obligue a los rivales a seguir su compás.

Hoy termina la campaña y aún no es posible discernir cuál ha sido en ella el planteamiento estratégico del Partido Popular

No ha sido el caso. Han pesado más la escasísimas apariciones de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, o las más abundantes pero bien calculadas de Albert Rivera e Inés Arrimadas, que la presencia exhaustiva de Pablo Casado, que lleva casi un mes en Andalucía ante la indiferencia general de crítica y público.

El PP no ha encontrado en ningún momento una línea eficaz de ataque al PSOE de Susana —y no será porque no presentara flaquezas—. Sigue sin encontrar la vacuna contra la invasión de su territorio por parte de Ciudadanos. Y ante la amenaza emergente de Vox ha reaccionado convulsivamente: primero, paralizado por la sorpresa y el terror; después, lanzando una embestida atolondrada que solo ha servido para nutrir al monstruo.

Cuando en el curso del primer debate Moreno Bonilla osó afirmar que “el PP es el único partido que puede acabar con la corrupción” (literal), por un instante se detuvo el tiempo. Ahora es cuando lo destrozan, pensé. Solo le salvó la falta de reflejos de sus robotizados oponentes, aferrados ciegamente a las fichas que les habían suministrado los equipos respectivos. Con rivales más despiertos, habría salido del plató con los pies por delante.

Lo peor no es fallar en la confrontación con los adversarios, sino carecer de eso que en el lenguaje del 'marketing' llaman la 'reason why' (en este caso, una razón para votar). Casado y Moreno han sido muy activos comentaristas de la actualidad y han dicho una porción de cosas irrelevantes, junto con algunas inverosímiles. Pero uno se pone en la piel de un votante andaluz, indaga en su errático discurso de campaña y no encuentra ni rastro de una respuesta clara y comprensible a la cuestión clave de cualquier elección: deme un motivo convincente para entregarle mi voto. Cuando eso no se tiene, las palabras hacen el mismo efecto que el ruido del tráfico.

Más allá de la torpeza en el planteamiento de una campaña, el PP está mostrando la profundidad de la crisis que padece. Su incapacidad para adaptarse a un escenario competitivo en el que ya no ejerce el monopolio de todo el espacio a la derecha de la izquierda. La pesada mochila heredada de Rajoy, de la que uno no se libra solo por decirlo. La carga tremenda de la corrupción, con varias sentencias en sala de espera. La tendencia irreversiblemente declinante de las dos familias políticas que armaron la política europea en la segunda mitad del siglo pasado. Y la sensación, cada vez más extendida, de que en el congreso de julio se dio un paso en falso, de difícil reparación cuando la carrera está ya lanzada. Por eso creo que el hecho de que esta haya sido la peor campaña de su historia, más que un tropiezo es un síntoma; y, probablemente, un anticipo.

Cuando la UCD entró en su proceso de descomposición, Alfonso Guerra lo retrató así: la mitad de los diputados de UCD —dijo— están fascinados por el discurso de Fraga; y la otra mitad, por el de Felipe González. Salvando todas las distancias, algo así empieza a pasarle al PP. Muchos de sus votantes sienten unas ganas locas de pasarse a Ciudadanos; y a una parte de ellos, el sonido de Vox empieza a hacerles el efecto de una viagra.

Cuando eso sucede, se puede comprender que alguien termine una campaña pidiendo el voto a una vaca. Nos quedamos sin saber a quién votará el dueño del bóvido, que quizás habría sido mejor interlocutor.

Diario de campaña
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