La crisis (moral) del periodismo
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Javier Pérez de Albéniz

A Quemarropa

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La crisis (moral) del periodismo

Tras dedicar 30 años de tu vida a observar, aprender, leer, madurar y crecer para poder hacer mejor tu trabajo, es un auténtico placer que un

Tras dedicar 30 años de tu vida a observar, aprender, leer, madurar y crecer para poder hacer mejor tu trabajo, es un auténtico placer que un buen día llegue Juan Luis Cebrián y, a sus 67 años, diga que te has quedado viejo. “La tercera edad en el periodismo comienza a los 50 años”, afirma, para sentenciar diciendo que “el tema más preocupante en El País es que la edad media de la plantilla es de 53 años”. El académico de la lengua, presidente del grupo PRISA y autor de libros tan conmovedores como La Rusa, tiene que tener razón: un tipo que gana 13 millones de euros al año no puede estar equivocado. Responsable directo de todos los éxitos de El País, pero de ninguno de sus fracasos, Cebrián aprovechó su discurso de presentación del ERE basura a la redacción de este periódico para recordar la filosofía que le ha convertido en un empresario de leyenda: la culpa siempre es de los demás.

Con esta conclusión sin duda estará de acuerdo Pedro J. Ramírez, otra víctima inocente del envejecimiento y degradación de los profesionales del periodismo. También obligado, pese a su grandiosa gestión, a ejecutar mediante el sistema del  ERE a buen número de profesionales, Pedro J. no ha abierto la boca excepto para beberse un gin tonic de ginebra Geranium con tónica Fever Tree, una loncha de pepino y una miaja de cardamomo. Y para publicar datos sobre el ERE de El País, que previamente había publicado información sobre el ERE de El Mundo.

Existe una gran rivalidad entre ambos periódicos, pero también numerosas coincidencias: si usted se planta un día en la puerta de los garajes de ambas empresas y contempla las marcas y tamaños de los coches de empresa de sus ejecutivos, entenderá que todos están en el mismo barco. Y comprenderá que quienes han estado viviendo por encima de sus posibilidades son redactores, colaboradores y becarios.

El País y El Mundo, hasta hace poco medios de referencia en este país, están en la ruina porque sus responsables han envejecido mal, han despreciado el riesgo y el talento, han marginado a los incómodos y se han rodeado de sumisos y, sobre todas las cosas, se han vuelto previsibles y conservadores

El País y El Mundo quieren poner en la calle a cientos de periodistas. Los responsables de ambos diarios buscan culpabilizar de esta masacre a la crisis de la publicidad, a las nuevas tecnologías, al envejecimiento de las redacciones o a aquellos que se empeñan en seguir trabajando pese a no poseer un  perfil digital. Quienes desde la soberbia han realizado inversiones suicidas, y han gestionado de manera nefasta su patrimonio, pretenden quedar libres de toda culpa. Aquellos que se han estrellado con televisiones ruinosas, radios inaudibles e insensatos proyectos megalómanos están por encima del bien y del mal, y pretenden seguir al mando de las empresas que han hundido. Los que sobran son los periodistas, ¿verdad?

El periodismo consiste en contar historias. Es así de fácil: buscar noticias, confirmar que son ciertas, comprenderlas, analizarlas y trasladárselas a los lectores de la forma más sencilla posible para ayudarles a comprender el mundo. Quizá por eso reducir la plantilla de un periódico supone empobrecerlo y, por tanto, reducir sus posibilidades de supervivencia: un diario vive de la información que genera, no de los editoriales monárquicos de Cebrián o de las conferencias onanistas de Pedro J. El periodismo de saldo es la consecuencia del “capitalismo de casino”, término acuñado por Pere Rusiñol que define perfectamente la ludopatía de los responsables de nuestros principales periódicos.  

La culpa de la crisis es de aquellos que han olvidado que el capital de un periódico son sus periodistas, aquellos que hacen que un periódico resulte atractivo, apetecible, gozoso, imprescindible. 

El País y El Mundo, hasta hace poco medios de referencia en este país, están en la ruina porque sus responsables han envejecido mal, han despreciado el riesgo y el talento, han marginado a los incómodos y se han rodeado de sumisos y, sobre todas las cosas, se han vuelto previsibles y conservadores. Han perdido completamente la independencia, no han evolucionado al ritmo de la sociedad, se han enriquecido sin pudor alguno y han olvidado su verdadera razón de ser. Recuerde: contar grandes historias. Hoy en día, el lector de El País tiene serias dificultades para sumergirse en una crónica de Jacinto Antón o de Enric González, pero ninguna para leer a Karmentxu Marín, Boris Izaguirre o Juan Cruz.  Ésta es la crisis del periodismo. En El Mundo, el lector que haya superado el trauma que le dejaron las crónicas del 11M y quiera disfrutar de Manuel Jabois, tiene que envilecerse con Jiménez Losantos, Sánchez Dragó o Salvador Sostres. Ésta es la crisis del periodismo. Una crisis económica, pero sobre todo moral.

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