Calvo Sotelo, el discreto encanto de un político decente

Hoy estarán todos en Ribadeo para despedirle. Ese crisol familiar donde figuran todas las ideologías políticas que han marcado la historia del siglo XX español. A

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    Hoy estarán todos en Ribadeo para despedirle. Ese crisol familiar donde figuran todas las ideologías políticas que han marcado la historia del siglo XX español. A esa saga, asociada por lo general a la derecha de siempre, pertenece el Calvo Sotelo asesinado en la Legislatura del Frente Popular (13 julio 1936), pero también el Francisco Bustelo defensor del marxismo como seña de identidad del PSOE en el famoso XXVIII Congreso.

    Tal vez eso explique el discreto virtuosismo de Leopoldo Calvo Sotelo, un presidente sobrevenido, para dar salida a una explosiva situación política. Entonces los españoles no se jugaban el triunfo de la derecha o de la izquierda, sino la supervivencia del régimen democrático y la definitiva reinserción de España en Europa. Ése era el desafío de Calvo Sotelo entre la asonada golpista del 23-F y la ya imparable irrupción de la izquierda en el Gobierno, casi medio siglo después del asesinato de su tío a manos de pistoleros de izquierdas.

    Desde el asesinato del Calvo Sotelo jefe de la oposición parlamentaria (Bloque Nacional) habían pasado cuarenta y cinco años. Correcto. Pero desde el último intento golpista para desestabilizar la recién nacida Democracia española apenas había pasado un mes cuando los españoles acudieron a las urnas que alumbraron la histórica barrida electoral del PSOE. Me refiero a la conspiración descubierta por el Gobierno Calvo Sotelo a principio de octubre de 1982, cuando ya estaban convocadas las elecciones generales.

    La habilidad, la discreción y la prontitud con las que se detuvo y se controló a los implicados (dos coroneles y un teniente coronel como primeras cabezas visibles) sirvieron para evitar a los españoles el trauma de conocer los detalles de una segunda intentona golpista mejor elaborada y más violenta que la superfilmada del 23-F. A esta especie de convulsión con sordina, que marcó los veinte meses del Gobierno Calvo Sotelo, se refiere, sin dar cuartos al pregonero, su sucesor en Moncloa, Felipe González en su artículo de ayer en El País. El entonces aspirante explica que se veía a menudo con el titular, pero "muchas más veces de las que trascendían a la opinión pública porque eran tiempos difíciles en los que todos remábamos en la misma dirección: consolidar la democracia y procurar que los sectores involucionistas estuviesen controlados".

    El excelente trabajo de los ministros de Interior, Juan José Rosón (ya fallecido), y de Defensa, Alberto Oliart, hicieron el resto para poner fuera de la circulación a los cabecillas, cuyos siniestros planes desestabilizadores se iban a llevar a cabo el 27 de octubre de 1982, en plena jornada de reflexión de unas elecciones cuyo desenlace confirmaría el histórico vuelco de una España recién salida del siglo XIX. En gran medida, gracias al político decente y al hombre sabio que, como decía ayer el ex ministro Oliart, "siempre puso los intereses de la Nación por encima de los suyos propios".

    Por ahí va el sentido agradecimiento que la clase política y los ciudadanos le han rendido en las últimas horas con su paso por la capilla ardiente, instalada hasta primera horas de hoy en el Congreso de los Diputados. Descanse en paz, presidente.

    Al Grano
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