El día que el PSOE se desprendió del marxismo

Zapatero, que por aquel entonces tenía 19 años, no muestra mayor interés en evocar el significado de la fecha. Siempre se sintió generacionalmente distinto. Alguien debería

Zapatero, que por aquel entonces tenía 19 años, no muestra mayor interés en evocar el significado de la fecha. Siempre se sintió generacionalmente distinto. Alguien debería recordarle que tal día como hoy, hace treinta años, el PSOE retiró el marxismo de sus señas de identidad y nació un líder decisivo en la consolidación de la Democracia recién parida. Felipe González se convirtió en el presidente del Gobierno que había de personalizar un formidable proceso de modernización en la España con hambre atrasada que nos legó el régimen franquista.

 

El 29 de septiembre de 1979 (congreso extraordinario), cuatro meses después de la teatral espantada de González por no haber logrado retirar el marxismo del ideario socialista en el congreso ordinario, se produjo la espectacular respuesta del partido al órdago del jefe. Fue de apoyo masivo a éste (86 % de los votos) y al texto de la nueva ponencia política, ya sin el anclaje marxista, si bien González y Guerra, cuya bicefalia de poder empezaba a consolidarse, mantendrían que el marxismo seguía siendo válido para los socialistas como método de análisis.

 

Vino a ser como el Bad Godesberg español, en alusión a la ciudad alemana donde los socialistas de Willy Brandt escenificaron su renuncia al marxismo y su conversión a la socialdemocracia (congreso del SPD de 1959). No había ambiente entre los socialistas españoles, liderados por González desde 1974, para acometer una operación similar. Lo hizo posible la enorme capacidad de liderazgo demostrada por aquel abogado sevillano que desde la salida de la clandestinidad subía como la espuma en los índices de conocimiento y valoración, según iba suavizando la intensidad del rojo heredado de Largo Caballero. En un paréntesis de aquellas batallas verbales con los Tierno Galván, Bustelo, Castellano y otros defensores de la estirpe marxista del PSOE, le dijo a Javier Solana: “Tenemos que hacer de este partido una alternativa para gobernar, pero el país no puede esperar a que maduremos. Hemos de hacerlo rápidamente”.

 

La muy fundada posibilidad de que los socialistas asumieran la tarea de gobernar se consolidó con una mejora de posiciones en las elecciones que se acababan de celebrar (121 diputados y 70 senadores). Con esa sobredosis de responsabilidad González asumió con éxito el reto de convencer a su gente de que el marxismo era incompatible con la modernización de España. La doctrina tuvo una fecunda aplicación a lo largo de casi catorce años. Hasta la penosa bancarrota política del PSOE, mediados los noventa, que dio paso a una legítima alternativa de la derecha, encabezada por José María Aznar. La transición, en su sentido más amplio, había terminado.

 

Me parece lamentable que este aniversario pase inadvertido en el PSOE, a pesar de ser una de las dos fechas históricas que acreditan la estirpe democrática del socialismo español. Una es la del no a Lenin (1921), cuando rechaza las famosas 21 condiciones para ingresar en la Internacional Comunista, tras el viaje de Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano. La otra es ésta del no a Marx, del que hoy se cumple el treinta aniversario, tras el órdago de Felipe González, que había puesto esa condición para seguir liderando el partido en medio del drama político nacional, tan abierto, tan abigarrado, tan incierto. Entre la ratificación popular de la Constitución y la posterior de los estatutos catalán y vasco, con unas elecciones generales (1 marzo) y unas elecciones municipales (3 de abril) recientes, amén de salvajadas terroristas como el atentado a la cafetería California 47 de Madrid.

Al Grano

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