Sánchez se comió a Rajoy en un debate de verdad

La cosa fue de menos a más. Lo mejor vino después, cuando Sánchez puso de los nervios al presidente del Gobierno por cuenta de la corrupción. Este acabó perdiendo la calma y el debate

Foto: El candidato del PSOE en las generales, Pedro Sánchez, a su salida del cara a cara. (EFE)
El candidato del PSOE en las generales, Pedro Sánchez, a su salida del cara a cara. (EFE)

Con una audiencia española y latinoamericana sin precedentes, anoche la televisión se puso al servicio de la parte menos banal de la política. En la esgrima de los dos candidatos creíbles a La Moncloa, muy vibrante en algunos momentos, los argumentos desplazaron a las piruetas verbales, las propuestas a los gestos y, como dijo el moderador, las palabras a las imágenes: “Usted ha recortado todo menos la corrupción” (Sánchez). O el enésimo “Ustedes dejaron a España en la ruina” (Rajoy).

La cosa fue de menos a más. Lo mejor vino después, cuando Sánchez puso de los nervios al presidente del Gobierno por cuenta de la corrupción. Este acabó perdiendo la calma y, a mi juicio, el debate. Lo cual impedirá que quienes presentaron lo de anoche como “el debate del bipartidismo” deduzcan que la proverbial indolencia de Rajoy salvó al soldado Sánchez. O que Moncloa se puso al servicio de la remontada socialista. Pronto se vio que nada de eso, aunque la consecuencia sea que el líder socialista se haya ganado el derecho a liderar “el imperioso cambio que necesita España”, según sus propias palabras. [Vea las mejores imágenes del debate entre Rajoy y Sánchez]

El aspirante llevaba corbata roja pero jugó con blancas. Quiero decir que llevó la iniciativa, mientras que el titular jugó con negras, a la defensiva, sin querer arriesgar su ventaja en los sondeos, aunque tuviera que hacerse el desentendido ante los iniciales y desordenados ataques de Sánchez. Pero no lo hizo bien y en muchos momentos dio la impresión de que estaba perdido y sin capacidad de reacción. Ni siquiera puntuó en los contraataques porque siempre fueron muy previsibles.

La ofensiva del candidato socialista resultó de lo más eficaz para sus intereses, hasta el punto de sacar de quicio a su adversario, al que acusó de no ser creíble

Como eso de que “ustedes prometen muchas cosas que luego hemos de pagar los demás”. No era fácil jugar al contraataque cuando se sale de una crisis económica a base de la devaluación salarial, la precariedad en el trabajo o el deterioro de los servicios sociales. O cuando el presidente del Gobierno lo es también de un partido cuyas siglas están asociadas a la corrupción. Por ahí la ofensiva del candidato socialista resultó de lo más eficaz para sus intereses, hasta el punto de sacar de quicio a su adversario, al que acusó de no ser creíble en la lucha contra la corrupción.

Lo malo es que Sánchez llevó el reproche al terreno personal: “Hace falta jun presidente decente y usted no lo es". El sartenazo al bajo vientre de Rajoy provocó la respuesta más airada y las palabras más gruesas que nunca hubiéramos oído en su boca: “Lo que acaba de decirme es ruin, mezquino y deleznable”, replicó el presidente con el rostro desencajado.

Todo eso acabó dejando como claro ganador del cuerpo a cuerpo al candidato socialista. Dosificó bien sus embestidas, de modo que la obligación de diferenciarse (”No somos lo mismo sino todo lo contrario”) no impidiera la de aparecer como el político serio que no se deja llevar por el voluntarismo ni las promesas insostenibles, como la de bajar impuestos en las actuales circunstancias. Y, por otra parte, supo atacar los flancos débiles del adversario. A saber: paro, desigualdad, corrupción y promesas incumplidas. O las “mentiras flagrantes”: “No mienta a los españoles, señor Rajoy”, le espetó varias veces.

Sánchez dosificó bien sus embestidas y supo atacar los flancos débiles del adversario. A saber: paro, desigualdad, corrupción y promesas incumplidas

Contundente en el fondo y agresivo en las formas, Sánchez se quitó las telarañas de su participación en anteriores debates, manejó con solvencia los datos, mientras Rajoy se llegó a hacer un lío con los papeles que tenía sobre la mesa (el exceso de datos le quitó naturalidad), y claveteó con eficacia la idea de que PP y PSOE no son lo mismo, por mucho que los partidos emergentes (Ciudadanos por la derecha y Podemos por la izquierda), situados en la mayoría de las encuestas en el tercero y cuarto puesto del 'ranking' electoral, hayan convertido el bipartidismo de estos años en el chivo expiatorio de su discurso.

En este sentido, también Rajoy puso de su parte a la hora de marcar distancias 'bipartidistas' con Podemos y Ciudadanos. Se notó, sobre todo, en el lenguaje común utilizado en el recuerdo a los dos policías españoles asesinados en Kabul, la adhesión al espíritu y la letra del pacto contra el terrorismo yihadista o la firme voluntad de mantener la unidad de España a salvo de ilegales retos segregacionistas.

Hasta la noche de ayer, el presidente del Gobierno estaba feliz viendo cómo se peleaban sus perseguidores por el segundo puesto. Despedazándose entre sí, las posibilidades del PSOE se reducían. Pero anoche Rajoy tuvo que hacer solo el trabajo de frenar a Sánchez, el único que realmente puede ganarle en las urnas del domingo. Nadie imagina de presidente a ese Pablo Iglesias cuyo modelo es la Venezuela de Maduro y que confiesa tener dificultades para decir la palabra España. Ni a Albert Rivera, cuya creciente exposición pública va acelerando el destape público de sus carencias.

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Al Grano
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