Cumbre de masones

La conspiración judeo-masónica fue el sacamantecas de nuestra adolescencia política. Aún no sabíamos que Franco, hijo y hermano de masones, había sido rechazo dos veces como aspirante

Foto: Interior del templo masónico en la sede madrileña de la Gran Logia de España. (Pablo López Learte)
Interior del templo masónico en la sede madrileña de la Gran Logia de España. (Pablo López Learte)

Se está celebrando en Madrid una cumbre de la Masonería Española. Reúne a 350 miembros, amén de los integrantes de 34 delegaciones extranjeras y, también como invitados, los máximos representantes de las ocho principales órdenes masónicas del mundo. Por ser rigurosos, se trata de la XXXV Gran Asamblea de la Gran Logia de España, de carácter ordinario, que tiene por objeto hacer balance del año masónico.

La noticia tiene resonancias muy especiales para quienes andamos sobrados de edad y memoria. Dosis de recuerdo de los años sombríos de la Dictadura instaurada por el general Franco después de la Guerra Civil. Nos retrotrae a un tiempo en el que el discurso oficial del régimen abominaba de la masonería como si fuera un pozo negro de la condición humana, sin mezcla de bien alguno. Nido de rojos y furtiva escuela de renegados donde los enemigos de España fraguaban siniestras conjuras.

Con el paso de los años fuimos saciando el hambre atrasada de libertad, lecturas prohibidas y testimonios de primera mano. Así, entre otras cosas, supimos que la masonería era escuela de buenas costumbres, paz, patriotismo, solidaridad, tolerancia y amor a la verdad. Todo lo contrario de lo que se decía en los catecismos franquistas a modo de leyenda negra. Nada de pozo tenebroso sino faro moral que, sin ir más lejos, enseñó “los secretos de la filantropía” al ilustre masón que respondía -responde, querido don Antonio- al nombre de Antonio Machado.

Se celebra en Madrid la XXXV Asamblea de la Gran Logia de España, de carácter ordinario, que tiene por objeto hacer balance del año masónico

Se nos hacía muy cuesta arriba asociar nombres como los de Manuel Azaña, José Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna, Joaquín Sorolla, Francisco Giner de los Rios, Vicente Blasco Ibáñez y tantos otros al satanismo y demás perversiones endosadas a la masonería por la febril propaganda franquista. Pero esa fue una de las pérfidas descalificaciones que los jerarcas del régimen tenían más a mano contra sus enemigos. Tristemente célebre se hizo el recurso a las conspiraciones judeo-masónicas de uso múltiple e imposible comprensión.

La conspiración judeo-masónica fue el sacamantecas de nuestra candorosa adolescencia política. Aún no sabíamos que Franco, hijo y hermano de masones, había sido rechazo dos veces como aspirante. Una, siendo teniente coronel, en la logia 'Lukus' de Larache. Y otra, ya en tiempos de la República, por el veto de su propio padre, Nicolás Franco. Eso explica su odio africano a la masonería y una de sus primeras decisiones como general de todas las fuerzas sublevadas en 1936: “La francmasonería y otras asociaciones clandestinas son declaradas contrarias a la ley. Todo activista que permanezca en ellas tras la publicación del presente edicto será considerado como reo del crimen de rebelión”. Más conocida es la Ley para la represión de la Masonería y el Comunismo, promulgada en marzo de 1940.

En un rápido acercamiento informativo a este cónclave de la francmasonería, que ayer comenzó en Madrid, toparemos con una declaración de principios presidida por un mandamiento libre de toda sospecha: “Ama al próximo como a ti mismo”. Como en la religión católica, salvo en el mandato previo: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, que en el caso de los masones se sustituye por el “Conócete”. Y sin el nombre de Dios, que los masones españoles llaman Gran Arquitecto del Universo.

Se nos hacía cuesta arriba asociar nombres como los de Manuel Azaña y José Ortega y Gasset al satanismo y demás perversiones endosadas a la masonería

Con ocasión de la referida asamblea, que se clausura hoy, la Gran Logia de España nos remite al preámbulo de su constitución. Ahí se explica cómo en sus reuniones “se aprende a amar a la Patria, someterse a sus leyes, respetar a las autoridades legítimamente constituidas; a considerar el trabajo como un deber esencial en el ser humano y, en consecuencia, a honrarlo en todas sus formas”. Además se impone a sus miembros “el respeto a las opiniones ajenas” y la prohibición expresa de “toda discusión política o religiosa, a fin de constituir un centro permanente de unión fraternal”.

Valores necesarios y de escasa circulación los pregonados en estas logias. Pero me temo que en la memoria de los españoles de mi generación la masonería todavía aparece como el hombre del saco de nuestra infancia.

Al Grano

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