Otegi degrada el Parlamento de Cataluña

Con su visita institucional, trata de borrar el rastro de sangre y miseria moral que nos han dejado cuatro décadas de terror para que actuemos como si nada hubiera ocurrido

Foto:  El líder 'abertzale' y secretario general de Sortu, Arnaldo Otegi (c), acompañado por Marian Beitialarrangoitia (d), a su llegada al Parlament. (EFE)
El líder 'abertzale' y secretario general de Sortu, Arnaldo Otegi (c), acompañado por Marian Beitialarrangoitia (d), a su llegada al Parlament. (EFE)

Además de exetarra y expresidiario, Arnaldo Otegi, actual secretario general de Sortu, variante política de una derrotada y no desaparecida banda terrorista, es un político muy calculador. A finales de la primera década del siglo XXI, hizo de la necesidad virtud. Se trataba de sobrevivir al agobiante acoso de un Estado de derecho incompatible con el asesinato, la extorsión y el crimen organizado. Entonces encabezó un movimiento de adhesión a estrategias mucho más rentables y menos antipáticas que el tiro en la nuca.

Y así fue como se convirtió en el paladín del nunca formalizado adiós a las armas, con la complicidad del Gobierno Zapatero. Hasta el punto de que su encarcelamiento en octubre de 2009, por intentar reconstruir la estructura de la ilegal Batasuna (caso Bateragune), fue una contrariedad para quienes estuvieron en la pomada de las “negociaciones de paz” por la parte de Moncloa. Siempre le reconocieron estos el riesgo que tuvo que asumir (“incluso físico”, me cuenta alguien que lo vivió de cerca) para convencer a su entorno 'político-militar' de que había llegado la hora (¡qué remedio!) de ir por vías pacíficas hacia la patria vasca como unidad de destino en lo universal.

Este es el personaje que el miércoles alteró la agenda del Parlamento de Cataluña y los ánimos de sus diputados, respondiendo a una invitación de la CUP secundada por los nacionalistas en el poder (Junts Pel Sí) y la variopinta coalición (SQEP) en la que está empotrado Podemos, precisamente a la luz de la doctrina expuesta por Pablo Manuel Iglesias en un fogonazo digital de síntesis obligada.

A saber: “La libertad de Otegi es una buena noticia para los demócratas. Nadie debería ir a la cárcel por sus ideas”. Toda una declaración de principios que supone tomar por liberticida al régimen del 78 y por demócrata de toda la vida a quien en su día practicó y defendió la violencia terrorista como herramienta política.

Otegi utiliza su paso por el Parlament como caja de resonancia de una abominable operación de blanqueo

Otegi utiliza su paso por el Parlament, y no hace mucho el Parlamento Europeo, como caja de resonancia de una abominable operación de blanqueo. Se trata de borrar el rastro de sangre y miseria moral que nos han dejado cuatro décadas de terror. Y se trata también de que todos, por tener la fiesta en paz, actuemos, digamos, hagamos, pensemos, como si no hubiera pasado nada. O, en todo caso, seamos equidistantes entre los asesinos y los asesinados porque, según los asesinos, al fin y al cabo se trataba de un “conflicto político”.

Me parece indecente que los anfitriones de Otegi presten la institución para el blanqueo de ETA. Por muchas razones. Pero solo una deroga todas las demás: el respeto a la memoria atormentada de quienes perdieron a sus seres queridos porque unos canallas decidieron unilateralmente que la causa del nacionalismo vasco reclamaba sangre y sufrimiento.

Nadie deja de celebrar el apagón de la violencia terrorista para que todos los vascos, por fin, puedan salir a la calle con los hombros más ligeros, como diría Maite Pagaza, que esta tarde presenta en Madrid su libro 'Lluvia de fango'. El libro mantiene vivo el grito de su madre, Pilar Ruiz Albisu (Joseba, el hijo asesinado), en carta abierta al entonces lendakari, Patxi Lopez: “¡Qué solos se han quedado nuestros muertos!, ¡qué solos estamos los que no hemos cerrado los ojos!”.

Y nadie niega a Otegi su derecho a defender pacíficamente lo que le venga en gana. Pero nadie puede ser equidistante entre la causa blanqueada de los que mataron y los que murieron. Al menos mientras aquellos, como el caso de Otegi, lejos del arrepentimiento, la compasión y la solidaridad con las victimas de su locura, siguen hablando del 'conflicto' como la insufrible coartada de una banda de criminales y sus amigos políticos.

Al Grano
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