El imposible gobierno 'a la tramontana'
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Antonio Casado

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El imposible gobierno 'a la tramontana'

Si Pedro Sánchez acaba facilitando la investidura de Rajoy por la vía de una neutralidad pactada, no supondría renunciar al papel institucional de primer partido de la oposición

placeholder Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, junto a Pedro Sánchez, líder del PSOE. (Reuters)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, junto a Pedro Sánchez, líder del PSOE. (Reuters)

Un viento de “tramontana” insufló hace días en el cerebro de unos cuantos barones socialistas (el catalán Miquel Iceta, la balear Francina Armengol, la vasca Idoia Mendia, la madrileña Sara Hernández y Luis Tudanca, de Castilla y León) la idea de un Gobierno de cambio presidido por Pedro Sánchez con Podemos de costalero principal. Va a ser que no. Lo descartó anteayer José Enrique Serrano, jefe de gabinete del secretario general del PSOE y fuente segura sobre los designios de Ferraz, porque “ambos partidos se excluyen entre sí”. Los puentes están rotos.

Ese pacto partiría al PSOE en dos mitades y traicionaría la letra y el espíritu de la resolución del comité federal del 28 de diciembre de 2015 (ni populismo ni separatismo). A Sánchez, que hizo una campaña a cara de perro contra Podemos, ni se le pasa por la cabeza. El PSOE tiene la memoria herida por las humillaciones de Pablo Manuel Iglesias (la cal viva, los sillones, los portazos, las trampas) y ahora lo ve como un impostor. Sánchez no ha dejado de recordarle que pudo haber elegido a un presidente socialista pero prefirió a Rajoy.

Iglesias tampoco ha perdido ocasión de sugerir un gobierno “a la tramontana” (con las fuerzas “catalanas y vascas” daría la suma, según él). So pena de que el PSOE, si acaba encamándose con el PP, pierda su función opositora. Razonamiento malicioso, como todos los suyos, pues confunde interesadamente neutralidad con alineamiento cuando sugiere que la eventual abstención socialista en la investidura de Rajoy dejaría el campo libre a la izquierda mochilera para el ejercicio de la oposición.

Que finalmente Sánchez acabe facilitando la investidura de Rajoy por la vía de una neutralidad pactada y en nombre de los intereses generales, no supondría en ningún caso entrar en el gobierno ni renunciar al papel institucional de primer partido de la oposición. Un escenario previsible. Pero si ocurre que el “sí” de Ciudadanos acaba induciendo la abstención del PSOE, ya sin aparecer como único facilitador, se habrá visualizado el eje de la gobernabilidad del que quedaría excluido el conglomerado Podemos-Etcétera-IU. La matemática y la política los sacan de todas las quinielas, salvo la sugerida por el propio Iglesias y cinco barones socialistas. Y en la cabeza de Pedro Sánchez el gobierno “a la tramontana” ni está ni se le espera.

Véase como la fuerza política acaudillada por Iglesias, aquejada del consabido ruido de muebles y la tendencia a la desconexión de la rama catalana, va camino de ocupar su espacio en el gallinero de la política. El fracaso de la operación 'sorpasso' (liquidar al PSOE con la colaboración del PP) los ha dejado sin credibilidad. Y además han creado las condiciones para que el PSOE se rearme en el ejercicio de una oposición “dialogante y exigente”, en palabras de Felipe González.

La comunicación está cegada entre socialistas y podemistas, lo cual cierra el camino de la izquierda hacia la gobernabilidad

Entre socialistas y podemistas la comunicación está cegada, lo cual cierra el camino de la izquierda hacia la gobernabilidad. Es uno de los dos vectores del bloqueo (creciente aversión socialista al partido de Iglesias y Errejón). Por tanto, las apuestas se centran en la esperanza de que se rompa el otro: aislamiento político del PP, por su incapacidad de entenderse con partidos afines. De todos modos, es mucho más fácil que se recompongan las relaciones entre el PP y Ciudadanos (el PSOE aportaría su neutralidad en la investidura de Rajoy) que entre el PSOE y Podemos. Y puestos a elegir puntales de la estabilidad, siempre será preferible gestionar metas de limpieza y regeneración que asaltar los cielos en mangas de camisa.

Los chicos de Iglesias podían ser descuidados de cuerpo y limpios de alma, como lo era Antonio Machado a los ojos de Unamuno. No es el caso. Aquí el torpe aliño indumentario de esta nueva raza política (nada que ver con Machado, claro) no es más que el espejo de un espíritu malicioso que ya dio la cara. Se empeñaron en reventar la doctrina Mafalda (“Conocerme es quererme”) y lo han conseguido. Sobre todo entre votantes y militantes socialistas, donde el índice de conocimiento de Iglesias ha subido junto al de aversión al personaje.

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