Tensión ante el 21-D: ¿Insurrección o solo desorden público?

Dos novedades en la valoración del desafío: mejor relación profesional entre los jefes policiales y clara fractura del bloque independentista

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

Soplan aires de insurrección en vísperas del viernes 21 de diciembre, primer aniversario de las últimas elecciones catalanes y fecha elegida por Moncloa para celebrar un Consejo de Ministros en el corazón de la vieja Barcelona.

Al Estado no se le ha perdido nada en Cataluña, sostiene el independentismo furioso. Los ‘escamots’ de Torra preparan las capuchas. No es la primera vez. Pero ahora hay dos vectores nuevos en la valoración del desafío. Uno, mejor relación profesional entre los jefes policiales. Otro, un bloque nacionalista claramente fracturado.

Las cúpulas de los tres cuerpos de seguridad del Estado encargados de garantizar el orden público (Mossos, Guardia Civil y Policía Nacional) se renovaron en verano. Y en estos momentos es muy fluida la comunicación entre sus respectivos jefes. En un plano estrictamente profesional, se entiende. No confundir con los responsables políticos.

Atrás quedaron los roces por los acontecimientos del 1-O y otras jornadas previas que tuvieron consecuencias judiciales. Eso ha cambiado. Con absoluta normalidad, el jefe de los mossos asistió el pasado 27 de noviembre a los actos del patrón de la Policía Nacional. Y otro oportuno ejemplo es el de las buenas relaciones del general de la Guardia Civil, Pedro Garrido, y el dicho jefe de los Mossos, Miquel Esquius, dos catalanes enamorados de su tierra. Cumplidores de la ley por encima de cualquier otra consideración.

Entre ellos la distancia es mucho más corta que la que separa al ministro Grande Marlaska y el consejero Miquel Buch. Y los cuatro están igualmente exigidos por la eventual aplicación del artículo 503 del Código Penal, que prevé penas de prisión de dos a cuatro años para quienes “invadan violentamente o con intimidación el local donde esté constituido el Consejo de Ministros”, y quienes “coarten o pongan obstáculos a la libertad del Gobierno reunido en Consejo”.

La distancia policial entre el general de la Guardia Civil y el jefe de los Mossos es mucho más corta que la distancia política entre Marlaska y Buch

El segundo vector aplicable al desafío del independentismo, encapuchado y no encapuchado, en protesta contra la reunión del Gobierno en Barcelona, es el desmarque de ERC. Al menos verbal. Convencidos de que está más abierta que nunca la lucha por el liderazgo moral de la causa, los seguidores de Oriol Junqueras rechazan los llamamientos a la ‘batalla’ del día 21 y siguen apostando por el repliegue táctico con ensanchamiento de la base popular y diálogo con el Gobierno. “Aun estamos a tiempo”, clamó el miércoles pasado Joan Tardá desde la tribuna del Congreso.

Los dirigentes republicanos no están cómodos. No les interesa la crispación. “Si Cataluña se ulsteriza, estamos perdidos”, dicen en el entorno de Oriol Junqueras. Creen que a su partido le perjudica la deriva de la causa hacia un problema de orden público. Por eso suelen incluir en su discurso el recuerdo de que fue ERC la que desactivó a Terra Llure porque no conectaba con la sed de orden y el proverbial pacifismo de la sociedad catalana. Justo cuando reaparece el fundador de dicho grupo terrorista, Fredi Bentanach, animando a asaltar el Parlament y proclamar la república mientras se reúne el Consejo de Ministros.

A ERC no le interesa la crispación. Sus dirigentes no están cómodos. "Si Cataluña se ulsteriza, estamos perdidos", dicen en el entorno de Oriol Junqueras

“La independencia con se logra con la cara tapada”, dice Roger Torrent, presidente del Parlament. La portavoz de ERC, Marta Villalta, habla de la vía catalana: “el pacifismo, la democracia, y el civismo”. “Nuestro enemigo es la épica y la gesticulación”, le oigo decir a otro dirigente republicano, sabedor de que esa batalla se la gano Puigdemont en las urnas de hace un año. Su lema desde el exilio era imbatible: “Si me votáis, volveré”. “Lo único que podíamos hacer para desactivarlo era decir que mentía, pero nos negamos”, dice mi interlocutor, consciente de que la tensión emocional del momento les hubiera castigado aún más frente al JxCAT del 'expresident'.

No queda claro que estas descargas verbales de ERC vayan a ir más allá como desactivadoras de la crispación alimentada en los entornos de Torra y Puigdemont ante la cita barcelonesa del Gobierno. Al fin y al cabo, Junqueras, Tardá, Villalta y compañía juran que no irán en coalición electoral con los neoconvergentes de Puigdemont. Pero nunca se han apeado con claridad de la unidad de acción con el resto de los independentistas.

Al Grano

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