Constitución, la palabra prohibida en el trato Sánchez-Torra

Moncloa sigue sacralizando el 'diálogo, diálogo y diálogo', como si el método fuera en sí mismo un disolvente del "ataque al corazón del Estado"

Foto: Pedro Sánchez y Quim Torra después de su reunión en Pedralbes. (Reuters)
Pedro Sánchez y Quim Torra después de su reunión en Pedralbes. (Reuters)

En su día el PP de Rajoy acusó a Zapatero de rendirse ante ETA y traicionar a las víctimas. Ahora el PP de Pablo Casado habla de traición a España y debilitamiento del Estado como resortes elegidos por Pedro Sánchez para atornillarse al sillón. La pedrada es injusta, brutal. Pero me temo que conecta con la perplejidad de millones de españoles por el trato dispensado en Cataluña al Gobierno de la Nación.

El independentismo que gobierna y el independentismo que patalea aprovecharon la cita barcelonesa del Consejo de Ministros del 21-D para reencontrarse en su común aversión al Estado represor y su desdén a los 'gestos' prefabricados por la política apaciguadora: 'sectoriales' y 'estéticos', según Elsa Artadi, portavoz de la Generalitat.

Resultado: vandalismo urbano, veinticinco carreteras cortadas, manifestaciones pacíficas y no pacíficas, un periodista agredido en el ejercicio de su trabajo, once detenidos y más de treinta heridos (veinte de ellos, mossos d’esquadra)...

Sin embargo, en Moncloa siguen sacralizado el 'diálogo, diálogo y más diálogo'. Eso dice Sánchez. Como si el método pudiera ser en sí mismo un disolvente del "ataque al corazón del Estado" (posición de la Fiscalía), propuesto hace algo más de un año en el Parlament. Y actualizado como una constante de la narrativa independentista.

Por no ofender al nacionalismo, que va de especie protegida, Sánchez asumió la exigencia de Torra y la palabra Constitución desapareció del mensaje

Verbal, básicamente verbal. Ni un paso adelante en el terreno de los hechos con relevancia jurídica. Eso es cierto. Y el Gobierno Sánchez no deja de recordarlo. Pero las palabras también duelen a millones de españoles perplejos. Las que se dicen para que lo inexistente acabe existiendo a fuerza de ser nombrado muchas veces ("El árbol le da sus frutos al que el nombre del fruto diga", escribió Agustín García Calvo). Y las que se callan para que lo no nombrado deje de existir.

Por no ofender al nacionalismo catalán, que cursa como especie protegida, Pedro Sánchez asumió la exigencia de Torra y la palabra "Constitución" desapareció del comunicado conjunto. Como si fuera una palabra proscrita a la hora de perimetrar "las demandas de la ciudadanía de Cataluña". El marco que se nombra no es la Constitución sino la "seguridad jurídica". Ya estaba hecho el mal cuando horas después la ministra Batet quiso consolarnos con sus tópicas aclaraciones: "No hay seguridad jurídica sin respeto a la Constitución".

El muy distinto calibre de quien gobierna el todo frente a quien gobierna una parte desapareció en aras del 'formato'

Paños calientes desde Moncloa y minimización de costes en el enésimo esfuerzo por "encauzar políticamente el conflicto catalán". Hasta el punto de que el muy distinto calibre de quien gobierna el todo frente a quien gobierna una parte desapareció en aras del 'formato', donde ofician los nuevos brujos de la política de salón.

Esa mano tendida al diálogo, la propia convocatoria de un Consejo de Ministros en Barcelona como "un acto de afecto" y el extemporáneo miramiento del Gobierno a dos figuras históricas del catalanismo (Companys y Tarradellas), han sido excusas malogradas por los 'indepes' y esfumadas en los desafueros cometidos ayer con la única finalidad de recordar al Estado que en Cataluña no se le ha perdido nada.

Desmentirlo es una asignatura pendiente del Gobierno. Con hechos. Pero también con palabras. Sobre todo una: Constitución.

Al Grano

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