Podemos: juego de sillones

La condición de “socio preferente” ha desaparecido del discurso socialista. Por méritos propios de Podemos, que es un partido en descomposición

Foto: Partidos podemosEl líder de Podemos Pablo Iglesias, y Pablo Echenique, secretario de organización de Podemos, en el Consejo Ciudadano Estatal de Podemos este sábado. (EFE)
Partidos podemosEl líder de Podemos Pablo Iglesias, y Pablo Echenique, secretario de organización de Podemos, en el Consejo Ciudadano Estatal de Podemos este sábado. (EFE)

Iglesias Turrión ya no cree en los programas. Solo cree en los sillones. Cómo interpretar de otro modo su pedagogía del fracaso: “Hemos aprendido que las políticas se cambian desde el Gobierno y que los acuerdos programáticos son papel mojado”, dijo este sábado ante la desalentada dirección de Podemos, cuya Ejecutiva (Consejo de Coordinación) ha decidido renovar terapéuticamente en dos tercios de sus sillones.

Los sillones que le interesan son los del Consejo de Ministros. Eso choca con un sector del partido (organizaciones de Andalucía y Aragón, básicamente), más partidario de arrancar medidas sociales al Gobierno desde la oposición. Y choca, sobre todo, con una de los dos interrogantes que, debidamente cruzadas, van a marcar el rumbo de los acontecimientos de cara a la investidura de Sánchez y la gobernabilidad de España.

Una de las preguntas se refiere al poder desbloqueante de Ciudadanos: ¿Estará dispuesto Albert Rivera a ser el garante de la gobernabilidad frente al poder desestabilizador del separatismo catalán? Pero la que nos interesa ahora es la otra: ¿Querrá Pedro Sánchez ser el salvavidas político de Iglesias?

No parece. La condición de “socio preferente” ha desaparecido del discurso socialista. Por méritos propios de Podemos, que es un partido en descomposición. Y también por memoria amarga de aquel arrogante primer Iglesias que se declaraba alternativa única al poder establecido (PP), el del “tic-tac” dirigido a Rajoy, el mangoneo de un Gobierno Sánchez que nunca existió (las urnas malogradas de diciembre de 2015), el asalto a los cielos, el adanismo, el desprecio a la estirpe socialista, el de la “cal viva”, el estilo caudillista, las purgas venideras, la arrogancia televisada del personaje…

Y de pronto…., la humildad, después de haber perdido un millón de votos. Que le hagan ministro, aunque sea de Marina. Sin otra pedagogía del fracaso que la tardía recuperación de lo pregonado hasta la ronquera por uno de los fundadores: “Nos pasamos el tiempo hablando de los problemas del partido y no de los problemas de la gente”. Íñigo Errejón se hartó de decirlo, antes de su derrocamiento y posterior espantada (no fue el único). Ahora Iglesias lo repite mientras el exlíder madrileño de Podemos, Ramón Espinar, no reconoce más pedagogía del fracaso que el borrón y cuenta nueva desde “una relación honesta con la realidad” porque, dice, “el partido está roto”.

A Podemos le sentaba mejor la calle que las instituciones. Y a Iglesias, mucho mejor la tele que el Congreso. Sin una tele que le riese las gracias y una calle deshabitada de aquellos indignados del 15-M, anunciantes de algo nuevo para la década que está a punto de terminar, su estrella se apagó entre errores estratégicos de bulto, purga de dirigentes fundadores, descomposición organizativa y escisiones territoriales.

Pero acertar en el diagnóstico no supuso acertar también en la terapia. No supo hacer el tránsito entre la protesta y la propuesta

Demasiado tarde para contar con el arropamiento político de un Sánchez necesitado de apoyarse en costaleros fuertes, seguros, estables, que no pongan en riesgo la estabilidad reclamada a gritos en este país. Muy lejos queda aquella supuesta envidia por “la belleza de nuestro proyecto”. Lo decía Iglesias, agitador de un chavismo-leninismo a la española menos interesado por los parias de la tierra que por el control de RTVE o el CNI.

Podemos creció sobre el desprestigio de las tres fuerzas en las que se había venido apoyando el régimen de 1978. A saber: PP, PSOE y CiU. Y así lo formuló en un acertado diagnóstico. Pero acertar en el diagnóstico no supuso acertar también en la terapia. No supo hacer el tránsito entre la protesta y la propuesta. Sus dirigentes perdieron un tiempo precioso discutiendo más sobre el quién manda que sobre para qué se manda.

Y hoy, efectivamente, como dice Ramón Espinar, Podemos es un partido roto que a Sánchez no le conviene como costalero.

Al Grano
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