El desprestigio de la política es el elefante del salón

El descrédito de los políticos es el monstruo que quieren convertir en mascota quienes ya se han hecho a la idea de repetir las elecciones

Foto: Vista general del hemiciclo del Congreso. (EFE)
Vista general del hemiciclo del Congreso. (EFE)

Nada existe fuera del texto. Ya lo decía Derrida, el filósofo de la desconstrucción, mucho antes de que posmarxistas como Laclau, pensador de cabecera de Errejón, colocaran en los circuitos políticos y mediáticos un ingrediente que seduce a los finos analistas de la política nacional: el relato.

Desde Platón (el lenguaje distorsiona las ideas) hasta Agustín García Calvo ("el árbol le da sus frutos al que el nombre del fruto diga"), siempre estuvo vivo el debate sobre el papel mediador de las palabras. Pero nunca se había banalizado tanto como en esta infantil pretensión de reducir a una 'batalla por el relato' el grave problema reputacional de los relatores.

En la llamada batalla del relato, los guionistas de Sánchez e Iglesias se han hecho los encontradizos con los periodistas para culpar al otro

O sea, la clase política española, en general. Y, en particular, los dos partidos de la izquierda, incapaces de calmar el hambre atrasada de gobernabilidad que tienen los españoles desde diciembre de 2015. Insisto: desgaste reputacional de nuestra clase política. Ese es realmente 'the elephant in the room', según el conocido modismo inglés alusivo al problema que todos conocen y todos ignoran. Y quienes osan anunciar la venida del elefante a la cacharrería, lo convierten en una mascota a renglón seguido.

En el fragor de la llamada batalla del relato, los guionistas de Sánchez y los de Iglesias se han hecho los encontradizos con los periodistas para ponerlos por testigos privilegiados de cómo la otra parte se convirtió en el obstáculo invencible. Así, hemos sabido que la presidenta de un Parlamento constituido actuaba al dictado de un presidente del Gobierno interino. Que UP es un enemigo declarado del régimen del 78, comprensivo con el independentismo catalán y que pretendía controlar algunos resortes del Estado. Y que, en esta pueril confrontación de versiones sobre la fallida investidura, algunos han transferido la condición de 'hombre de Estado' a Gabriel Rufián.

Por los relatos publicados ayer, hemos sabido que la presidenta de un Parlamento constituido actuaba al dictado del presidente del Gobierno en funciones

En el relato del PSOE y el de UP, aparece el portavoz de ERC como el malogrado relator de un acercamiento entre las partes. No van descaminados quienes constatan el inesperado posibilismo de Rufián, en línea con las tesis de su jefe, Oriol Junqueras. Pero detectar una brizna de sentido de Estado, ni siquiera aparente, en su calculada apuesta por la aportación de la izquierda a la gobernabilidad del Reino de España no deja de ser un contradiós, una fricada, el eructo de algún analista distraído.

El relato nos traerá desgracias si se queda en el intercambio de reproches. O en la descripción de una izquierda desanimada y una derecha crecida ante la eventual repetición de elecciones.

Detectar una brizna de sentido de Estado en Gabriel Rufián, por su interés en la gobernabilidad, no deja de ser el eructo de algún analista distraído

El relato que se echa de menos pasa por reconocer el descrédito de la clase política. Es el elefante en la habitación que quieren convertir en una mascota quienes, a uno y otro lado del arco parlamentario, por distintas razones, ya se han hecho a la idea de volver a las urnas.

Para entonces, el elefante habrá crecido y, como el dinosaurio de Monterroso, todavía seguirá ahí.

Al Grano
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