La España inconsistente y otras calamidades

Llegado el momento Zarzuela, ir a las elecciones ya era un mal menor y el modo de impedir el Gobierno malavenido que le hubiera quitado el sueño a Sánchez

Foto: Pedro Sánchez, durante su entrevista con el periodista Antonio García Ferreras en 'Al rojo vivo' (La Sexta). (Borja Puig de la Bellacasa | Moncloa)
Pedro Sánchez, durante su entrevista con el periodista Antonio García Ferreras en 'Al rojo vivo' (La Sexta). (Borja Puig de la Bellacasa | Moncloa)

Entre el tedio y el espanto (se desploma el índice de confianza de los votantes en la política), la España inconsistente se reconoce en el factor Errejón, el temido insomnio de Sánchez y la guerra de las pancartas en el tripartito conservador. Aun así, no mereció la declaración de zona catastrófica en el Consejo de Ministros. Pero no deja de ser una calamidad que se lleva por delante las barreras de la racionalidad y el sentido común.

Los riesgos nacen de la mala calidad de la obra, tras el fracaso del partido alfa en su deber de entenderse con fuerzas fronterizas y acabar con la maldita interinidad. Por la izquierda (UP) podía, pero no debía. Por la derecha (Cs) podía y debía, según la matemática del 28-A, pero no se tomó esa molestia.

En una cosa tiene razón Pedro Sánchez. Llegado el momento Zarzuela, a principios de semana, ir a las elecciones ya era un mal menor y el modo de impedir el Gobierno malavenido que le hubiera quitado el sueño. Tras el paso de los jefes de fila por el confesionario de Felipe VI, volver a las urnas era el camino más sensato hacia la gobernabilidad, cierto, sin haberla procurado en serio durante los cinco meses transcurridos desde las elecciones. Mucho tiempo de juego congelado sin tirar a gol.

Y ese es el reproche que merece el presidente en funciones. No haber convertido la estabilidad en prioridad de prioridades, según los condicionantes de la matemática parlamentaria y a sabiendas de que estamos a punto de frisar el quinto año tonto de nuestra reciente historia democrática.

La España inmadura no mereció ayer la declaración de zona catastrófica. Pero es una calamidad que se lleva por delante las barreras del sentido común

La inexplorada alternativa era Ciudadanos, partido fronterizo del PSOE por la derecha, con el que hubiera tenido mayoría absoluta en el Congreso. Que Rivera hubiera cavado una zanja entre ambas fuerzas no eximía a Sánchez de intentar salvarla. Como ganador de las elecciones y por responsabilidad institucional, estaba obligado a tomar la iniciativa. Y de haber fracasado en el intento la carga de la prueba habría caído por aplastamiento sobre Cs, un partido que presume de compromiso constitucional.

Hubiéramos entendido entonces la toxicidad del encamamiento con UP ahora denunciada por Sánchez. Su tardío reconocimiento del partido de Iglesias como enemigo “preferente”, que además no hubiera aportado los diputados suficientes para dotar de base parlamentaria sólida al nuevo Ejecutivo, ahora resulta contradictorio, incoherente y poco creíble.

Al final, en los marcos mentales de Sánchez, todo se redujo a este dilema: evitar la repetición de elecciones o matar a Iglesias. Optó por lo segundo

Al final, en los marcos mentales de Sánchez todo se redujo a este dilema: evitar la repetición de elecciones o matar a Iglesias. Ha preferido lo segundo, con interesados saludos al disidente, Iñigo Errejón, un inesperado aliado para la caída del otrora arrogante líder de Podemos, cuando trataba a Sánchez como a un subalterno y veía al PSOE manchado de “cal viva”.

Ahora la “arrogancia” vive en Moncloa y el eventual salto de Errejón a la política nacional puede ser letal para las ya menguadas expectativas electorales de Podemos.

Al Grano
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